En un ambiente que incita a la sumisión y la violencia, muchas mexicanas ni siquiera tienen derecho sobre su propio cuerpo.

 

 

Por Garance Zappini

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La determinación de los estudios se encuentra marcada en las creencias de la población. Desgraciadamente, las afirmaciones de que la mujer no está hecha para estudiar cosas muy complejas, que no debe ser ambiciosa, que no tiene la capacidad de llegar a los niveles altos del mundo profesional, que debe consagrarse a la construcción de un hogar, de una familia, etcétera, siguen siendo aceptadas por una mayoría de la sociedad, tanto femenina como masculina.

¿Por qué las materias científicas siguen monopolizadas por los hombres? ¿Cuántas son las mujeres en los estudios de ingeniería, por ejemplo? ¿De matemáticas? El número es insignificante, y eso no viene de una discriminación directa, sino de una cultural que sigue rezagando a las mujeres, condenadas a una vida en el hogar.

Directamente vinculada con la clase social y el nivel de ingreso, la educación es primordial en la prevención de la violencia de género, y es la cura de esta plaga porque es la única que puede cambiar las mentes de los seres humanos. Desgraciadamente, la desigualdad de género se hace sentir también en este aspecto. Con cifras más altas que Kazajistán y con el lugar número 70 en la clasificación de equidad educativa (The Gender Gap Report 2013), el país tiene una brecha importante en el nivel de educación entre hombres y mujeres.

Educar a la población es primordial, porque por una parte permite ofrecer una visión más abierta y verdadera sobre la mujer, evitando ver al género femenino como débil y maleable, reconociéndolo como igual al hombre y con capacidad de autonomía. Esto permitiría reducir la discriminación (tanto laboral como social) de la mujer, pero también las violencias que son engendradas por la relación de poder desigual que existe entre los géneros.

La educación de las mujeres les permite darse cuenta que no son inferiores, que pueden ser autónomas, que no necesitan de un esposo para tener recursos económicos, que son capaz de lograr una vida profesional brillante y de tener recursos intelectuales para realizarla.

Distribución porcentual del tipo de violencia según el nivel de instrucción (Fuente: INEGI)

Distribución porcentual del tipo de violencia según el nivel de instrucción (Fuente: INEGI)

Lamentablemente, la educación es un factor muy variable en México, y es una ventaja que no tienen las poblaciones pobres del país porque educarse es un privilegio ofrecido a los más ricos, aunque sea un factor clave como solución ante la desigualdad y el machismo entre los mexicanos. En este contexto es importante subrayar la doble vulnerabilidad que sufren las mujeres indígenas: aunado a su situación, el contexto sociocultural en que viven les impone un menor acceso a la educación y servicios, con todos los aspectos negativos que esto conlleva.

En un ambiente que incita a la sumisión y a la violencia, muchas mexicanas ni siquiera tienen derecho sobre su propio cuerpo. La contracepción no es una elección de la pareja, sino una imposición, como muchas otras, del hombre. En consecuencia, en México más de 1.600 millones de embarazos, principalmente en los sectores más pobres, terminan cada año en abortos realizados en la clandestinidad, en condiciones insalubres, con procedimientos rudimentarios, muchos de los cuales afectan la salud de las mujeres, e incluso les causan la muerte. Un mejoramiento del nivel de educación, principalmente para las mujeres que pertenecen a los segmentos pobres de la población, es primordial para que tomen conciencia de sus derechos.

 

Garance Zappini es colaboradora de TECHO para Paradigmas.

 

 

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Página web: Paradigmas

 

 

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