En los primeros años del milenio se ha desatado un debate entre lo virtual y lo físico. Entre lo que circula en el espacio que se forma por bits y bytes y lo que tiene tres dimensiones. Se elevan las voces que vaticinan la desaparición del libro impreso en favor del electrónico, de la cátedra presencial se sustituirá por los cursos en línea, de las conversaciones por los mensajes de texto, las palabras por los emoticones. Sin duda, estamos viviendo tiempos revolucionarios.

Los que están a favor del mundo virtual ensalzan las ventajas de la inmediatez, de la accesibilidad, de la reducción de costos y de los impactos favorables para el medio ambiente. Los que están en contra dicen que no es lo mismo publicar un libro impreso que uno en línea y prefieren el prestigio del aula que un certificado digital. Las apologías en un sentido y en otro me recuerdan las viejas discusiones entre lo tradicional y lo revolucionario. Son tan antiguas como la humanidad misma. Es la lucha entre la nostalgia que entrañan las formas típicas de hacer las cosas y la curiosidad que causan las novedades.

Los esfuerzos por detener las revoluciones son inútiles, así lo prueban los anales la historia. Las voces apocalípticas que anuncian la destrucción están tomando el rábano por las hojas y los que se niegan a subirse al carro de la modernidad se condenan a sí mismos a la obsolescencia. Aquellos que pronosticaron la desaparición de la pintura por la aparición de la fotografía se equivocaron. Los que dijeron que después del cine, el teatro moriría, cometieron un error. ¿Qué fue lo que sucedió? Hubo un reacomodo y cada quién tomó su lugar. En este mundo tan extenso, hay lugar para todo. Cada cuál elegirá según sus preferencias. Habrá muchos que opten por ambas posibilidades.

El vértigo de Cronos pone su granito de arena para reordenar las cosas; hace que lo que antes era poca cosa ahora sea valorado y viceversa. El símbolo, joya poco valorada en los tiempos en los que se rechazaba todo cuanto no corresponde al racionalismo puro, hoy se vuelve a apreciar. Los antiguos aplauden desde sus palestras al ver que los jóvenes vuelven al uso de signos en vez de palabras. Los emoticones toman relevancia. No hay por motivos para temer. El símbolo es una forma de decir cosas ya sabidas.

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La visión simbólica del mundo, hoy como en la antigüedad, supera las barreras culturales, por más que la cultura o la distancia influyan. Tienen a su favor la facilidad de ser interpretados. Los que se encasillan en una forma de hacer las cosas, se anquilosan y empiezan a aislarse posibilidades. Los que desestiman las maneras tradicionales, se arriesgan a cometer errores costosos.

Un gorrito de papel es un símbolo, es una señal que identifica al que entrega las noticias. La papiroflexia al servicio del oficio. Los repartidores de periódico suelen doblar las hojas del periódico a la mitad, meter las esquinas y ajustarlas al tamaño de su cabeza. Es la corona que le confiere significado a su labor. Participa del inventario de signos de los quehaceres cotidianos. Funciona como la pluma del escritor, la guadaña del segador, el telar de la tejedora, la balanza del juez.

Hubo quienes anticiparon la desaparición del gorrito de papel cuando apareció la gorra. Evidentemente, muchos migraron y dejaron de usar el viejo signo para adaptarse al nuevo. Pero muchos conservan la costumbre de salir a entregar el periódico con un gorrito de papel. Los niños siguen jugando a los piratas y usan un papel doblado como corona del juego.

Tal vez el miedo que genera el cambio tan rápido causa miedo, la resistencia a acreditar lo los movimientos tan vertiginosos nos han llevado a hacer juicios duros y pronósticos errados. Es verdad que apenas nos estamos acostumbrando a algo cuando ya cambió, salió una versión mejorada o de plano ya es obsolescente.

Quejarse de los vaivenes del mercado, ponerle freno a la obsolescencia programada, ser indiferente ante las tendencias que se marcan, desestimar los gustos y las preferencias de clientes es correr el riesgo de quedarse fuera del terreno de juego. Adaptarse a las nuevas formas, aunque es complicado, es lo más recomendable. Además, puede ser divertido.

Al reflexionar sobre la discusión entre lo virtual y lo real, valoro más la capacidad de adaptación del gorrito de papel y su capacidad de sobrevivencia. Al final, todo se resume a una cuestión de gustos. A mí me gustan las facilidades que da la modernidad, he tenido que subir y bajar en los terrenos vacilantes de las nuevas formas. Me ha tocado dar clases presenciales y virtuales, he trabajado en oficinas físicas y remotas, me ha tocado pagar con monedas y con transferencias electrónicas. Unas veces me gustan más los nuevos modos y otras los tradicionales. Sin embargo, si me dan a escoger, prefiero un abrazo físico que uno electrónico. ¿Y, tú?

 

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Blog: Las ventanas de Cecilia Durán Mena

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