Al pensar en familia, generalmente evocamos una comida dominical en la que abuelos, tíos, primos, hermanos y padres conviven alegremente. También asociamos a la familia con un lugar de seguridad en el que nos sentimos protegidos, apapachados, seguros: amados. Esto es y debiera ser así, pero, las peores pesadillas, las mayores tragedias se dan en los senos familiares. ¿No fue el tío de Hamlet el que lo asesinó? Su propio hermano instiló las gotas de veneno en el oído del Rey de Dinamarca para acceder al trono. Y, efectivamente, la realidad supera a la ficción.

El espacio familiar debe ser preservado, se le debe de tener un máximo cuidado. Ningún padre en su sano juicio dejaría la puerta de su casa abierta mientras sus hijos duermen. No hay madre que le daría a un hijo una piedra cuando le está pidiendo un pan porque tiene hambre. En general, buscamos proteger a los nuestros, a los cariños y quisiéramos poner un campo de fuerza en torno a la familia para protegerla, cuidarla y que nada les haga daño.

No obstante, algunas veces, nos distraemos. Olvidamos la importancia de cuidarnos, damos por hecho el equilibrio familiar y creemos que el cariño viene blindado a prueba de todo. Tristemente, no es así. Peor, cuando se mezclan intereses financieros, corporativos, de emprendimiento. El lenguaje familiar y el de los negocios es distinto. El amor es ciego y el mundo empresarial no. Es al revés, para tener éxito, hay que tener los ojos abiertos. En casa el cariño basta, en la oficina no. El mercado no perdona, la competencia es ruda y el mundo no se detiene.

Hay un hecho incontrovertible: las empresas familiares son el principal motor de la economía. Por eso mismo, debemos cuidarlas y también porque cuando no lo hacemos se pierde mucho más que cuando se cierra un negocio y ya. Los lazos familiares se rompen con facilidad. El cariño se rasga a la menor dificultad. Por eso, es necesario fortalecerlos y la mejor forma de hacerlo es profesionalizar a las empresas familiares.

Hoy por hoy, si analizamos las empresas que cotizan en la Bolsa Mexicana de Valores, nos daremos cuenta de que un gran porcentaje de ellas tienen altas representaciones familiares. Muchas de ellas son controladas por una familia. Asimismo, gran un alto índice de proyectos de emprendimiento se llevan a cabo por padres e hijos, hermanos, y gente con lazos sanguíneos. Sin embargo, para prosperar, enfrentan grandes retos y una alta mortalidad. La mayoría nace con el fin de generar trabajos y patrimonio, pero necesitan fortalecerse para sobrevivir.

De hecho, sólo una pequeña proporción consigue llegar a la segunda generación y pasar a la siguiente. Aun así, los riesgos pueden reducirse con planeación estratégica y estructuras de Gobierno Corporativo que apuntalen mejores decisiones. Para cumplir estas metas, existen programas públicos y privados que pueden encauzarlas y contribuir a su continuidad.

Lo primero que tenemos que hacer es tomar distancia y poner a la empresa en el escenario y analizar junto con la familia. Es necesario entender que empresa y familia no son lo mismo y que los impulsos que se tienen de la puerta de la casa hacia adentro son diferentes e incluso divergentes de los que rodean de los perímetros de la empresa.

He visto grandes descalabros empresariales porque el padre le retira el control de una empresa exitosa a su hija para dárselo al varón que termina destrozando un proyecto en marcha, he visto a una hermana confabularse con su cuñada para arrebatarle el control de la dirección general de una empresa con porcentajes de utilidad después de impuestos de doble dígito que cuando consiguieron concretar su empeño, no supieron que hacer y despeñaron el negocio. Conspiraciones de padres contra hijos, de madres que quieren favorecer a un hijo por encima del otro, ¿recuerdan el plato de lentejas del Génesis?

Sí, desde Caín y Abel hasta nuestros días, existen historias en las que asuntos extra corporativos tienden a convertirse en un plato de lentejas. Por eso digo, necesitamos tener capacidad de análisis y objetividad. Ver a la familia y a la empresa en su justa dimensión. Valorar qué roles le tocará jugar a cada quien y respetar los límites entre el negocio y la casa. Las combinaciones perversas pueden darle al traste a un negocio prospero.

¿Qué pasa cuando el fundador se retira? A veces, hay alguien dentro de la familia que parece ser el candidato ideal, pero ¿y si ese candidato no está interesado o si no está preparado? ¿Qué pasa cuando un heredero no quiere trabajar dentro de la empresa y tiene una tenencia accionaria mayoritaria? He visto casos en los que el viudo heredó un negocio de su esposa y no tenía idea de cómo operarlo ni intenciones de hacerlo, ¿debía perder esa empresa que sería para sus hijos al llegar a la edad adulta? O, casos más sencillos: todos tenemos sabemos del caso del tío que no quiere trabajar, pero quiere aparecer en la nómina, de la familia política que interviene y quiere opinar, de pleitos que se originan por antipatías entre concuños y terminan en la corte porque se mezcló la magnesia con la gimnasia.

El tema merece una reflexión a fondo, una empresa familiar es diferente a cualquier otro negocio por muchas razones, empezando por el hecho de que enfrenta el desafío de alinear los intereses de la familia, la propiedad y los objetivos de negocio. Tarde o temprano, tienen que enfrentar decisiones para balancear estos temas, incluyendo el delicado reto de diseñar una cadena de mandos y un plan de promociones. ¿Quién será el próximo gerente: el hijo del dueño o un profesional graduado y con experiencia?

Aunque haya empresas y familias que respondan que ya habrá tiempo para ocuparse de esos asuntos, postergarlos no es buena idea; es útil construir los caminos por los que comenzará a desplazarse y formarse el personal –hijos, sobrinos, empleados competentes–, destinado a pasar a la siguiente generación. De esta manera, se diseña un plan de sucesión que ayuda a fortalecer el futuro del negocio.

También es importante pensar cuál es el futuro de empleados competentes en una empresa familiar. Cualquier trabajador quiere progresar y todo ejecutivo tiene aspiraciones. ¿Se debe perder talento para favorecer a una persona de la familia? ¿Cuál es el futuro de una persona profesional y competente, podrá llegar a la junta de administración, ser parte del consejo directivo?

El papel de los asesores y consultores en estas empresas es muy importante. Es curioso cómo, en ocasiones, las familias escuchan más a un tercero que entre ellos mismos. La responsabilidad de quien asesora a miembros de un consejo familiar o a una junta directiva es muy relevante y tiene efectos de amplio espectro. No cualquiera puede ser consejero familiar, es preciso entender las peculiaridades de estos negocios ya que, como se estableció anteriormente, son corporaciones diferentes y estas distinciones marcan su operación, su planeación y su control.

 

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