Las empresas fabricantes de transgénicos argumentan una y otra vez que están aquí para salvar al mundo del hambre, de las plagas y de la ignorancia de las asociaciones que gritan que ellos son como una maldición para los agricultores. ¿Cómo justifican su negocio?

 

Por Adrián Araiza 

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El sol se encuen­tra en el punto más alto y el termómetro marca 32 grados centígrados, subes­timando la sensación de calor que se percibe en la Granja Experiemental de Protección de Cultivos de DuPont, ubicada en la localidad de Yecapixtla, Morelos. “Tráe­me una que tenga lo que ya sabes. ¿Sí hay o todavía no llega?”, pregunta José Refugio Muñoz, gerente de Investigación y Desarrollo de Campo. “¿Aquí ya está aplicado lo que tú sabes?”, cuestiona nuevamente a su compañero, evitando dar más información. “Están hablando en clave”, bromea Jennifer Uribe, directora de Protección de Cultivos, también de DuPont.

La discreción de Muñoz se debe a que actualmente se prueba la eficiencia de una molécula descubierta hace tiempo. Se es­pera que ésta se convierta en un producto comercial que estaría en el mercado en los próximos tres o cuatro años.

El gerente de Investigación y Desarrollo de Campo de DuPont muestra dos tomatillos, uno al que se le ha aplicado la molécula bajo investigación, y otro que funciona como “control”, el cual no tiene alguna aplicación. “La plaga que buscamos combatir ataca solamente a este fruto”, explica. “Esta plaga tarda cinco días en incubar el hue­vecillo de la larva y las altas temperaturas favorecen su crecimiento. Una vez que éste eclosiona, la larva busca la forma de entrar al fruto para alimentarse y si el agricultor no hace un manejo adecuado, se puede perder hasta 30% del cultivo”.

Muñoz comenta que cuan­do el agricultor ve afectado su cultivo, éste empieza a utilizar grandes cantidades de productos químicos para eliminar la plaga, causando daños al medio ambiente. Lo que se busca lograr en estas granjas de experimentación es ofrecer una herramienta para combatir plagas de una forma eficaz y con un menor impacto ambiental.

El daño causado por este tipo de plagas es uno de los más grandes desafíos que los agricultores debe enfrentar en la etapa de producción. Por ejemplo, se estima que el costo a la agricultura ocasionado por el gusa­no ostrinia nubilalis, mejor conocido como “taladro de maíz”, se encuentra arriba de los 1,000 millones de dóla­res (mdd) anuales en todo el mundo, debido a la pérdida de producto y al costo de insecticidas que se utilizan.

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Foto: Fernando Luna Arce.

La clave

En la Granja Experimental de DuPont se evalúa la efectividad de la molécula en situaciones semejantes a las que el agricultor enfrentaría en su cosecha. Los resultados son enviados al Laboratorio de Investigación en Estados Unidos, donde se descubren las moléculas. Estos pasos son tan sólo una pequeña parte del riguroso y largo camino que tienen que pasar las nuevas tecnologías agrícolas antes de ser comercializadas, el cual puede durar entre cinco y nueve años.

“El propósito de las semillas híbridas es, primero, garantizar una alta productividad y, segundo, hacerlas menos dependientes del uso de agroquímicos”, comenta Luis Rafael Herrera Estrella, director del Laboratorio Nacional de Genómica para la Biodiversidad (Langebio).

Miembro de la Academia de Cien­cias de los Estados Unidos, Herrera Estrella recibió en 1987 el premio Ja­ved Husain, otorgado por la Unesco, como el investigador más destacado en ciencias naturales. Posteriormen­te, se hizo acreedor a la Medalla de Oro otorgada por la Organización Mundial de la Propiedad Intelec­tual (OMPI), por ser uno de los tres investigadores más destacados de México, y recientemente fue recono­cido como una de las 100 figuras más influyentes en biotecnología, por la revista Scientific American.

Herrera Estrella destaca que el proceso de desarrollo, investigación y regulatorio por el cual las semillas genéticamente avanzadas son someti­das es muy largo y costoso.

“Estos procesos de investigación llegan a costar de 10 a 80 mdd. Por eso, solamente las grandes empresas transnacionales pueden pagarlos”.

Actualmente, Langebio ofrece biotecnología que podría ayudar a so­lucionar los problemas de seguridad alimentaria y autosuficiencia de maíz en México, comenta el investigador durante una charla vía telefónica, pero ésta no llega a las manos de los productores porque no reciben el apoyo económico que los productos comerciales sí tienen. “Las plantas utilizan normalmente el fosfato como fuente de fósforo, pero el caso es que al aplicarse al cultivo hay pérdida de 80% debido a que es consumido por los mi­croorganismos del suelo”, explica el investigador. “Lo que hemos logrado es modificar las plantas para que uti­licen fosfito, en lugar de fosfato, para que solamente lo aproveche el cultivo y no las malezas ni los microorganis­mos del suelo”.

El director de Langebio señala que de esta forma no sólo es posible re­ducir la cantidad de fertilizantes que  son utilizados, sino además el fosfito permite al cultivo ser más compe­titivo en relación con las malezas, por lo que ya no se requiere aplicar herbicidas.

“La pérdida de alimentos en la cadena de valor es mayor durante la etapa productiva en países en desa­rrollo, como México, mientras que en países más desarrollados es en la etapa de consumo”, comenta Gustavo Lara, gerente de Mercadotecnia de DuPont para México y Latinoamé­rica. “Nuestro trabajo en el área de Protección de Cultivos es ofrecer al agricultor mexicano una herramienta más para tener un cultivo con mayor rendimiento, más rentabilidad y más amigable con el medio ambiente”.

La empresa estadounidense, que en 2015 celebra 90 años en México, está dividida en tres pilares principales: energía, protección y alimentación. De estos tres rubros, el tercero representa una participación porcentual que hace apenas 10 años no hubiera sido posible: 30% de las ventas totales a escala global.

“Actualmente, 62% de todo lo que invierte la compañía en Investigación y Desarrollo (i+d) está en agricultura y nutrición”, dice Jennifer Uribe. En los últimos dos años, DuPont ha invertido 2,500 mdd en i+d en este segmento. “A lo mejor en 10 años éste será el pilar más importante, porque ahí es donde estamos invirtiendo la mayor parte de nuestro recursos”.

Por medio de la venta de viejos negocios y la adquisición de empresas científicas con más experiencia en ali­mentación y agricultura, DuPont busca adquirir un nuevo enfoque, dejando atrás su pasado químico para convertir­se en una empresa de innovación.

Una de estas compañías fue Pioneer. DuPont la adquirió en 1999 por 7,700 mdd. “El crecimiento que Pioneer ha tenido en México se debe principalmente a la confianza que el agricultor mexicano tiene en nuestros productos”, comenta Ricardo García de Alba, director de DuPont Pioneer para Latinoamérica y México.

Desde 1924, Pioneer ha desarro­llado, producido y comercializado las semillas de maíz mejoradas o semillas híbridas, biotecnología que DuPont buscó adquirir para ampliar su pre­sencia en el campo.

“Queremos ofrecer la mejor semilla híbrida para cada una de las distintas regiones de nuestro país. Gracias a la biotecnología con la que contamos, que es donde DuPont está más involucrado, no sólo podemos llevar cada vez más semillas a los campos mexicanos, sino también es­tamos desarrollando nuevas semillas y productos que mejor se adaptan a las necesidades del productor”, comentó García.

Ricardo explica que el proceso de cruza para las semillas mejoradas puede llegar a durar hasta siete años y se involucran miles de semillas pa­rentales, en el que se busca obtener la característica genética más apropiada para cada cultivo.

“Hemos progresado mucho tecnológicamente. Ahora podemos ver a nivel molecular las cualidades que deseamos obtener en cada uno de nuestros productos. Si tenemos una semilla que cuenta con una resisten­cia a alguna plaga, podemos cruzarla con una que le dará al productor más rendimiento de su cultivo”.

—¿Son más caras las semillas hí­bridas? —le preguntamos a García.

Un productor emplea, por lo general, 10% de su inversión total en semillas convencionales. Si esta aumenta a 20% con semillas hibridas, el productor podrá aumentar su ganancia hasta 50%—, responde.

—Una vez que los productores compran semillas mejoradas, ¿estos se ven forzados a seguir comprando híbridos?

Debido a que las características genéticas de las semillas se disminu­yen en las siguientes generaciones, no es recomendable reutilizarlas. A final de cuentas, el agricultor lo que busca es obtener un mayor rendimiento y él sabe que terminará perdiendo dinero si vuelve a usar las semillas, porque tendrá que utilizar más insecticidas o tendrá un menor rendimiento o expondrá más su cultivo a todos los factores que puedan llegar a afectarlo.

La respuesta es sí. El directivo también comenta que a pesar de los beneficios de las semillas genética­mente avanzadas, algunos produc­tores optan por semillas criollas cuando los cultivos no son para altas producciones.

 

Los hombres de maíz

México está muy apegado al maíz. Es la cuna de la semilla y cuenta con 59 razas nativas y 209 variedades, pero estas no han sido suficientes para sostener la demanda actual.

“Las semillas criollas han sido desplazadas tanto por las semillas mejoradas de polinización como por los híbridos porque producen más; son semillas más homogéneas, son semillas que han sido seleccionadas para que produzcan más toneladas por hectárea”, comenta el director de Langebio.

Actualmente, los mexicanos consumen más de 30 millones de toneladas de maíz por año, de éstas, la tercera parte es de importación y en su gran mayoría proviene de Estados Unidos. Si México lograra ser auto­suficiente en el consumo de maíz, la derrama económica del campo sería de casi 4,500 mdd.

“La superficie cultivada en México se ha incrementado entre 10 y 15% en los últimos 20 años, pero estamos llegando a un límite donde ya no se puede incrementar porque se afectarían bosques, selvas, reservas de la biosfera, aún más de lo que ya se ha hecho”, comenta Herrera Estrella.

Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimen­tación y la Agricultura (FAO), 7.3 millones de hectáreas de bosque se pierden anualmente y la agricultura se encuentra dentro de las principales causas.

El director de Lange­bio dice que la agricultura contribuye con alrededor de 28% de los gases de efecto invernadero (GEI) en el mun­do, es decir, más de la cuarta parte del cambio climático se le atribuye a la agricultura. Este porcentaje de GEI se espera que aumente a 30% para 2050.

Las mayores fuentes de emisiones de GEI, produci­das por la agricultura, son la fermentación entérica (metano producido por el ganado durante la diges­tión) y aquellas producidas durante la aplicación de fertilizantes sintéticos.

“Tenemos la biotecnología necesaria para combatir muchos de los retos de la agricultura. Existen muchas características que no se han podido lograr con los procedimientos tradicionales de mejoramiento de se­millas genéticamente avanzadas y es aquí donde entran los transgénicos”, resalta Herrera Estrella.

En 2013, el Juzgado Décimo Segundo de Distrito en Materia Civil determinó la suspensión de permisos para el maíz transgénico en etapa piloto, experimental y co­mercial tras una demanda colectiva presentada por 53 personas y 20 asociaciones civiles. lo que detuvo la comercialización de los organismos genéticamente modificados (OGM), mas no el consumo, debido a que la mayoría se importa.

“Esta demanda estuvo sostenida por distintos factores, entre ellos la presión social, pero principalmente el principio precautorio”, explica Ma­risol Anglés Hernández, del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM, especialista en conflictividad socioambiental y bioseguridad. “Este principio, proveniente del derecho internacional, nos dice que ante la falta de certeza científica se deben de tomar medidas de precautorias. Evidente­mente, detrás las cuestiones legales existen muchas otras cuestiones económicas y políticas, que son las que más peso tienen. Por eso seguimos consumiendo maíz transgénico en México”.

El 19 de agosto de este año fue levantada la medida precautoria, permitiendo a la Secretaría de Agricultura, Ganadería, Desarrollo Rural, Pesca y Alimentación (Sagar­pa) y a la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Natu­rales (Semarnat) continuar otorgando permisos para la siembra de maíz transgénico en el país.

El Juzgado Décimo Segundo de Distrito en Materia Civil resolvió que la demanda era contraria a la Ley de Bioseguridad de Organismos Genéticamente Modificados, cuyo objetivo principal es evitar riesgos a la salud y al medio ambiente por la introducción de OGM en México. También destacó que los demandantes no pudieron comprobar daño alguno que diere lugar a la medida precautoria.

Empresas e instituciones desa­rrolladoras de biotecnología podrán seguir solicitando permisos para las tres etapas —piloto, experimental y comercial— del maíz genéticamen­te modificado, lo cual permitirá a los agricultores mexicanos seguir obteniendo las semillas de la misma manera que hace dos años, antes de la demanda colectiva.

“Se espera que la autoridad admi­nistrativa federal retome de inmedia­to la evaluación de solicitudes de per­misos de siembra en sus tres etapas, a fin de no seguir perdiendo ciclos de siembra e impulsar con esta tecnolo­gía la productividad y competitividad en la siembra de maíz en México”, comenta Alejandro Monteagudo, pre­sidente ejecutivo y director general de AgroBIO, organización que agrupa a empresas desarrolladoras de bio­tecnología agrícola como Monsanto, Syngenta y DuPont Pioneer.

Con respecto al cambio en la reglamentación, Ricardo de Alba comenta: “Celebramos que las autoridades judiciales hayan escucha­do en un ambiente de imparcialidad absoluta nuestros argumentos basa­dos en evidencia científica sobre la adopción de la biotecnología agrícola. Estamos muy claros que el proceso todavía continúa y respetamos los tiempos de las autoridades para que tomen las decisiones adecuadas”.

El maíz transgénico que México importa, al igual que otros productos transgénicos como la soya, proviene principalmente de Argentina, Brasil y Estados Unidos. Hoy, el maíz ge­néticamente modificado se siembra comercialmente en más de 55 millo­nes de hectáreas y su consumo está autorizado en 65 países.

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Foto: Fernando Luna Arce. 

Un dilema

La biotecnología actual, a pesar de ser controversial, ha ayudado a comba­tir los desafíos enfrentados por los gobiernos respecto a la seguridad alimentaria: producir más alimentos, incrementar el valor nutricional y dar acceso universal.

Según información de la FAO, el crecimiento de las áreas de cultivo ha incrementado 9%, pero la demanda y el consumo en 23% a nivel mundial.

La seguridad alimentaria es la bandera que ha enarbolado DuPont para promover nuevos produc­tos y tecnologías, usando como instrumento el Índice Global de Seguridad Alimentaria, realizado por la unidad de inteligencia de The Eco­nomist con patrocinio de la empresa.

El enfoque del índice es ofrecer una herramienta comprensible que muestre los avances en acceso y calidad de los alimentos en todo el mundo. En este estudio, se evalúan 109 países y se toman en cuenta 28 indicadores que monitorean el impacto de las inversiones, colabo­raciones y políticas orientadas a la agricultura a nivel global. La lista está encabezada por Estados Unidos y Singapur en primero y segundo lugar, respectivamente.

México se encentra en el lugar 35. Aspectos como estándares nutri­mentales y financiamiento para los agricultores son en los que el país se encuentra mejor evaluado; sin embar­go, temas como el PIB per cápita, el gasto público en I+D y la corrupción son los puntos en los que peor le va.

“El índice de la unidad de inteligencia de The Economist es una herramienta que observamos, pero también generamos nuestros propios índices”, comenta Daniel Ramírez, director general de Alimentación y Desarrollo Comunita­rio del DIF Nacional.

“Buscamos el acceso físico y económico de todas las personas a alimentos inocuos y nutritivos y contamos con distintos planes alimenta­rios para llevar a cabo nuestra labor”, dice Ramírez. No obstante, acota: “Siempre va a hacer falta, porque la necesidad es muy grande”, comenta.

El artículo 4o de la Constitución establece como derecho una alimen­tación nutritiva, suficiente y de calidad, siendo el Estado el garante de su cumplimiento. La falta de definición legal, ya sea en contra o a favor de los OGM, parece ser insuficiente para cu­brir este derecho de los 27 millones de mexicanos que actualmente viven en pobreza alimentaria y del 12.5% de la población que sufre desnutri­ción crónica.

 

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