El Primer Informe de Gobierno de AMLO tuvo pocas sorpresas. Efectivamente, se trató de un evento en el que se habló al escuchar de la base votante y simpatizante, así como del cumplimiento de promesas de campaña, de los enemigos comunes, el cambio de régimen y las razones de su gobierno. Fue un excelente resumen de lo que han sido las mañaneras, pero en un formato de largo alcance, no exento de polémica por aquello de llamarse tercer informe y mezclar una obligación constitucional con el estilo personal de gobernar y las ocurrencias.

Apelar a este cambio de régimen, al desmantelamiento de muchas de las instituciones existentes y a los enemigos comunes, así como a que se le acabó el impulso moral a sus detractores y a los neoliberales es, sin duda, lo que mejor ejemplifica la gran oportunidad perdida que representó su informe al no usarlo como una ocasión para causar la concordia y la tan necesaria reconciliación nacional. La polarización que vive el país como resultado de las elecciones y de muchas de las acciones, políticas, decisiones y revanchismo de su régimen, hace necesaria la concordia para impulsar el progreso y la unidad.

Así, la oportunidad que se fue este domingo empezaba por admitir lo que estaba funcionando y lo que no estaba funcionando para México y su gobierno. No como algo externo o heredado del pasado sino como algo causado por su propia administración y sus acciones. Los días de ser oposición o de referirse al pasado como la causa de todos los males ya pasaron. En este sentido, admitir que hay tareas pendientes en seguridad y economía fue un buen intento, de avanzar, aunque sin tocar las verdaderas causas de la falta de funcionalidad. Asumir 100% la responsabilidad por lo que pasa en el país no es una debilidad o vulnerabilidad, sino un punto muy poderoso para pedir apoyo y ser contribuido. Aquí se quedó muy corto.

El planteamiento definitivo que no estuvo fue el de preguntarse no que, y quien estaba mal con México, sino que era lo que estaba faltando para hacer un diferencia. Eso que, si en determinado momento estuviese ahí, haría que todo cambiara. Sin personalizar y buscar culpables, sin ver lo que está mal, sino que se puede agregar a lo que tenemos para transformar las situaciones que enfrentamos y en las que no hay resultados por falta de funcionalidad. Esta pregunta y sus respuestas es lo que el planteamiento del Informe, o mensaje, mejor dicho, no abordó. Al ver lo que falta despersonalizamos y vemos quien puede proveerlo, creando la oportunidad para el liderazgo de alguien y para rendir cuentas por algo.

Al Informe le faltó ser auténtico respecto a lo que se ha logrado, lo que funciona y lo que no funciona. En este sentido, el Informe era la oportunidad para cerrar con la base votante las promesas de campaña y agarrar el toro por los cuernos respecto a lo que está pasando. Recordemos que el país y su marcha son responsabilidad de todos y cada uno, pero alguien rinde cuentas por el estado que guarda la administración pública, y eso le corresponde a AMLO. La reconciliación nacional y el rendir cuentas es lo que nos llevará al México del futuro. Habrá que esperar al cuarto informe, por lo menos.

 

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