Desde fábricas, hoteles, el bar de la esquina, hasta los grandes fondos de Wall Street y los gigantes tecnológicos de Silicon Valley, el mensaje que se lee en Estados Unidos es claro: se necesitan trabajadores y se necesitan ya. Nuestro principal socio comercial enfrenta un impasse; actualmente hay más vacantes que en cualquier otro momento de la historia y, sin embargo, más de 10 millones de estadounidenses están desempleados. Si el desequilibrio entre oferta y demanda laboral persiste, la escasez de trabajadores podría desatar una espiral inflacionaria, paralizar los grandes proyectos de emprendimiento e infraestructura del país y, como consecuencia, acabar con las esperanzas de recuperación económica post-2020, incluidas también las de México.

Este fenómeno sin precedentes es explicado principalmente por tres factores. Primero, una revaluación del actual modelo de trabajo. Contrario a la opinión de algunos medios, estudios sugieren que la entrega de estímulos fiscales individuales y el pago de seguros de desempleo durante la pandemia no son la principal causa detrás de la falta de trabajadores. Por ejemplo, un reporte de BTIG señala que, solamente en tres estados de la unión, los seguros de desempleo federales y estatales superaron el salario promedio en los mismos y, a nivel país, sólo 3% de los beneficiarios de éstos recibía lo suficiente del desempleo como para no necesitar volver al trabajo. Si no han sido cancelados ya, la mayoría de estos beneficios tienen como fecha de caducidad el próximo 6 de septiembre y, sin embargo, es muy poco  probable que con esto se resuelva el desajuste entre oferta y demanda.

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La realidad es que salarios estancados durante años, poder adquisitivo en declive, largas jornadas con clientes exigentes, costos prohibitivos para el cuidado infantil y preocupaciones de salud derivadas por la pandemia, entre otras, han disminuido la importancia del empleo en la lista de prioridades de la gente. Cuando en el fondo lo que se está repensando es el modelo de trabajo en su totalidad, la actual estrategia de incrementos temporales en salarios o de nuevos bonos por contratación difícilmente va a convencer a los empacadores de carne de Kansas, cangrejeros de Maine, o a los meseros de DC para regresar a trabajar en plena pandemia. Sobre este punto, una encuesta del Pew Research Center encontró que 66% de los desempleados había “considerado seriamente” cambiar su campo de trabajo, un porcentaje mucho mayor que el experimentado durante la Gran Recesión de los 30s.

En resumen, lo que los trabajadores de Estados Unidos exigen son mejores condiciones laborales, mayores garantías y más flexibilidad. Frente a este nuevo dilema, los desempleados ahora cuentan con una mano mucho más valiosa en el póquer de las negociaciones laborales de cara a potenciales empleadores.

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Segundo, cambios estructurales y destrucción creativa en la economía. La pandemia obligó a empresas y trabajadores a adaptarse a una economía parcialmente remota y automatizada para disminuir contagios. Un proceso de reestructuración económica que se esperaba que sucediera en un plazo de 20 a 30 años ocurrió en menos de seis meses y millones de trabajadores no contaban con el conocimiento ni las habilidades técnicas para ajustarse a las dinámicas del nuevo mercado laboral. Reflejo de cambios en la demanda interna, empresas tecnológicas y de logística crecieron de forma exponencial mientras que el sector servicios y las manufacturas enfrentaron grandes pérdidas y despidos masivos. Es decir, además de exponer los puntos débiles de nuestras cadenas de suministro regionales, la pandemia también puso de manifiesto las brechas de habilidades y entre sectores de la economía.

La pandemia desató importantes cambios migratorios desde las grandes ciudades del país hacia afuera. Una instructora de yoga o un barista de Seattle que dejó la ciudad el año pasado ahora enfrenta serias dificultades para encontrar trabajos que se ajusten a su perfil en partes menos expuestas al virus pero más remotas del país. De acuerdo a un estudio de The Economist, la disparidad en el crecimiento del empleo en las áreas más dinámicas de la economía y en las empresas que luchan por sobrevivir es el doble que antes de la pandemia.

En tercer lugar y quizás el factor más relevante para México se encuentra en el cierre de fronteras. Estados Unidos es un país construido y sostenido por migrantes. En este sentido, las fronteras cerradas a la migración tienen un costo altísimo para el país. La economía del turismo, salud, alimentación, agricultura y los centros de investigación requieren de cientos de miles de trabajadores y especialistas extranjeros. Lo mismo puede decirse del sector minorista donde, según datos de la Border Trade Alliance, los cierres de fronteras están relacionados con una disminución del 40% en el comercio minorista en ciudades fronterizas de Estados Unidos.

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La administración de Biden hizo bien al eliminar las suspensiones al programa J-1 de visas para estudiantes y al subir la cuota de las visas H-2B para trabajadores temporales, pero se necesita mucho más para llenar las vacantes que sostienen a la economía de nuestro vecino del norte. El desarrollo de sistemas para compartir información de vacantes laborales en ambos países, la expansión de categorías de trabajadores que coinciden con las necesidades laborales inmediatas de Estados Unidos en las “visas NAFTA” dentro del nuevo T-MEC, el desarrollo conjunto de certificaciones técnicas, la formalización de alianzas con asociaciones laborales en ambos países, y la eliminación de loterías para visas de trabajo son objetivos realizables si tomadores de decisiones en ambos lados del Río Bravo quieren resolver este problema y al mismo tiempo preparar a las futuras generaciones de trabajadores de Norteamérica. 

Una de las soluciones a este dilema se encuentra en Tokio. Como si fuese una carrera olímpica de relevos, México tiene tanto el potencial, como una oportunidad única para ayudar a resolver el acalambramiento laboral de Estados Unidos, tomar la estafeta e impulsar una visión común de una economía regional dinámica y competitiva frente a otros bloques comerciales. Mientras Estados Unidos atraviesa importantes cambios en su mercado laboral, el gobierno y la iniciativa privada en México deben aprovechar el momento y tomar el liderazgo para ayudar a resolver el desequilibrio laboral de Estados Unidos, particularmente en el sector de servicios, agricultura, construcción y transporte. Sólo el tiempo y las políticas correctas dirán si México es capaz de ganar la carrera global de relevos en favor de Norteamérica.

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Contacto:

Diego Marroquín Bitar, Fellow en la US-Mexico Foundation MPP por la Universidad de Georgetown*

Enrique Perret, Director de la US-Mexico Foundation*

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