En diciembre, no es extraño ver a gente alegre por las fiestas y las vacaciones que están por venir, sin embargo, tampoco es raro ver a gente apresurada, con muchos temas que se están barajeando, desde las cuentas que no quieren salir hasta los planes operativos para el próximo año. En el menú de asuntos pendientes se encuentran lo mismo la lista de regalos que el plan presupuestal de la compañía. Y, aunque quisiéramos pensar que nada tiene de particular lo que está pasando esta temporada, la verdad es que el quedarse en casa nos está sumando un tema que empieza a desbordar a los seres humanos en varios rincones del planeta.

Este año hemos estado sometidos a los avatares de un virus que nos cambió la vida. Nos confinamos y nos hicimos dependientes de la tecnología para seguir viviendo. Ya lo éramos, no podemos culpar a la pandemia de todo lo que pasa, pero las circunstancias nos hicieron migrar a formas de convivencia que no eran las que teníamos por costumbre. Ni modo, el show tuvo que continuar. Trabajamos frente a una pantalla, pedimos lo que necesitamos por computadora, nos reunimos en plataformas digitales y cambiamos muchos de nuestras actividades de lo físico a lo virtual. Tuvimos que hacerlo, no quedó de otra.

Fue una gran ventaja, no cabe duda. Gracias a los adelantos tecnológicos, pudimos hacer que la vida siguiera, en otra dimensión, pero que siguiera. También, hemos pagado el precio. Muchos trabajos se han complicado, lo que era fácil se volvió difícil. Nos llenaron de reportes y exigencias. Se inventaron posiciones que vigilan a la gente, es importante que no se les ocurra dejar de lado lo que les toca. Tuvimos que justificar lo que antes era evidente. Se multiplicó el trabajo, se pulverizó el tiempo, nos pusimos nerviosos. De repente, los horarios fueron lo de menos: llamadas institucionales a horas personales, correos que exigen respuestas en momentos en los que estamos comiendo, durmiendo, amando. En medio del sueño, se oye una campanita que anuncia un mensaje que hay que responder. Tal vez, lo que nos quieren comunicar es irrelevante o pudo esperar, pero ya nos despertaron: la calma se perturbó.

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Perdidos en los entresijos de la digitalización y la hipervelocidad, surge el tecnoestrés. Es una mezcla de agotamiento físico y psicológico que generan todos los malos hábitos de trabajo, todos los abusos a los que sometemos al ser humano. Nos duele el estómago, padecemos cefaleas, migrañas, perdemos la vista, nos ponemos ansiosos, tristes, nos jorobamos y se nos amarga la boca.

Los cierres de ejercicio, los exámenes finales, las exigencias de los últimos alientos del año nos invaden y se expanden como una mancha de tinta sobre una hoja de papel de china. Es mucho, es tanto que nos desborda, parecemos tazas que están al tope y alguien sigue sirviendo sin importar que hay evidencia de que ya el café se está derramando.

Y, a las exigencias se suman otras; si la tarea se acabó, inventan una nueva. El tecnoestrés se padece cuando la ansiedad de otro brinca a tu cancha y te atosiga sin dejarte descansar. Y, hace falta valor para apagar la computadora en el momento que vas a comer, para dejar en visto ese mensaje que no tiene importancia, para no atender esa llamada que llegó a deshoras, para no contestar esos correos que sólo te llenan la bandeja de entrada con tonterías. Es tarea de valientes.

Pero, sin duda, hay que recuperar nuestros espacios de privacidad. Es preciso rescatar nuestra intimidad, luchar para que dejemos de ser públicos en todo momento y en cada lugar. Hay que respirar, comer, dormir, soñar antes de que el tecnoestrés nos marchite. Todas estas exigencias típicas de nuestros puestos de trabajo pueden dar lugar a que este desarrollen actitudes y sentimientos negativos. Es frecuente que presentemos síntomas fisiológicos y emocionales típicos del estrés, pero también de otros característicos en concreto del tecnoestrés laboral, como el aislamiento social, la ansiedad ante el uso de las nuevas tecnologías o el agotamiento y la excesiva dependencia de estas. Se trata de un problema real y cada vez más preocupante, que es necesario atajar.

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Lo apremiante es enterarnos si somos parte del problema o si estamos abonando a esta causa. Es triste padecerlo y es terrible ser la causa de estas sensaciones en nuestros semejantes. Para frenar esta carrera absurda que tiene como acompañante y como destino al tecnoestrés podríamos:

  1. Organizar nuestras tareas y nuestras jornadas de trabajo.
  2. Separar nuestra vida personal de la laboral y esto incluye tener una distancia sana de la tecnología.
  3. Distinguir lo que es urgente de la inmediatez con la que nos están exigiendo respuestas. Si podemos apartar esas exigencias absurdas de lo que realmente importa, estaremos en una mejor posición.
  4. Respetar nuestra intimidad: hay un momento para cada cosa y cada cosa se debe hacer en su momento. Hay tiempos para trabajar y para descansar, hay momentos para convivir y otros para concentrarse en las labores profesionales, hay que respetar la necesidad de comer, dormir, hacer ejercicio y hacerle caso a la persona más importante de este planeta: nosotros mismos.

La imposibilidad para desconectarnos es la principal causa para explicar por qué las nuevas tecnologías incrementan nuestros niveles de estrés. La necesidad de respuesta inmediata que implican las nuevas formas de estos tiempos y la angustia que generan. Es importante que la tecnología debe ser una herramienta que nosotros controlemos y no al revés. El tecnoestrés nos chupa, nos marchita si y sólo si se lo permitimos.

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