Por Jacobo Pombo García*

Los acontecimientos políticos vividos esta semana en Europa nos recuerdan que la volatilidad es el valor fundamental que rige el escenario político en nuestros días y ponen de manifiesto la importancia de contar con un proyecto comunitario sólido frente a los desafíos que afrontan nuestras sociedades.

Esta semana, dos de las principales economías europeas (en torno al 20% del PIB de la zona euro) han estrenado gobierno con la incertidumbre como denominador común.

Italia, tras un largo periodo de interinidad, fue capaz de articular un ejecutivo en torno al movimiento 5 Estrellas (izquierda) y la Liga Norte (derecha).

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España, por su parte, tras un año de legislatura en el que el Ejecutivo de Rajoy había conseguido consolidar su Gobierno sobre una exigua mayoría parlamentaria, ha visto como una moción de censura, cimentada en una sentencia judicial por corrupción, ha catapultado al socialista Pedro Sánchez hacia la Presidencia del Gobierno.

Estos dos ejemplos, tremendamente significativos de la incertidumbre que invade al proyecto comunitario, son una muestra de la necesidad de reforzar un proyecto político asumido como la mayor historia de éxito político y económico reciente.

El germen de lo que se conoce como Unión Europea lo encontramos tras las 2ª Guerra Mundial. Asolados por los estragos bélicos, las principales potencias continentales se pusieron de acuerdo para evitar que se repitiera una experiencia como la vivida. Por ello, sus élites llegaron a la conclusión de la necesidad de construir una red de intereses (inicialmente económicos) que desterrara la idea de futuras confrontaciones.

Así, Francia, Alemania, Italia y el Benelux pusieron en marcha la Comunidad Económica del Carbón y del Acero (CECA), germen de lo que posteriormente sería la UE.

Desde entonces, las adhesiones al proyecto impulsado desde Berlín y París (posteriormente Bruselas) fueron una constante y la idea generalizada posicionaba a la UE como el mayor experimento de éxito, paz, prosperidad y libertad de cuantos existían.

De manera consistente, las solicitudes para formar parte del club comunitario fueron una constante y la mejora de los países que pasaban a formar parte de la UE la tónica habitual.

Poco a poco los ciudadanos europeos fueron olvidando las circunstancias que llevaron a los padres fundadores a proyectar una idea común de Europa y centraron las alabanzas en el bienestar obtenido y derechos consolidados. El Bréxit en el Reino Unido nos recordó que las tendencias pueden romperse y que los logros obtenidos deben consolidarse día a día.

La crisis económica global vivida en el año 2008, fue el desencadenante que azotó las conciencias europeas y nos hizo conscientes del nuevo contexto global en el que nos tocaba vivir.

El nuevo modelo económico devenido del proceso de globalización (con nuevos actores emergentes y un giro evidente del epicentro geopolítico y económico hacia el Pacífico) y la revolución tecnológica que afectaba a todos los ámbitos de nuestra convivencia hizo que el despertar fuera mucho más doloroso y accidentado.

La desconfianza en las instituciones (reflejado especialmente en los partidos políticos tradicionales) y la percepción en amplias capas de la sociedad (especialmente bajas y medias empobrecidas) de que habían quedado desprotegidas ante el caos vivido en 2008, distorsionó completamente el panorama institucional imperante en el viejo continente (y en otras zonas del mundo) y favoreció la emergencia de nuevos movimientos políticos de corte populista (izquierda y derecha) y nacionalista cuyas reivindicaciones trataron de romper los principales consensos en torno al modelo político que rige nuestra convivencia.

La percepción de una Europa burocratizada, lenta, poco democrática e incapaz de dar respuesta a las demandas ciudadanas probablemente es errónea, pero se ha asentado con fuerza en el imaginario colectivo.

Pocos países europeos han podido esquivar el impacto de estos movimientos (generalmente euroescépticos) que tratan de dinamitar la agenda que rige la política y la economía en nuestros días.

Movimientos como el Frente Nacional en Francia, Amanecer Dorado en Grecia, UKIP en el Reino Unido o Alternativa por Alemania son solo algunos de los ejemplos que ponen en jaque nuestro sistema y hacen imprescindible una respuesta fuerte de los grandes líderes europeístas y del propio sistema político y económico europeo.

Tras el enorme golpe sufrido, Europa debe decidir que rol quiere jugar en los próximos años. Considero que la única vía es la profundización en su proceso de integración, la apuesta por la democracia liberal, el libre mercado y el refuerzo de los mecanismos que permitan el fortalecimiento de su estado del bienestar para poder seguir siendo la principal referencia de softpower en nuestro planeta.

Nuestro futuro está en juego.

*Presidente del Global Youth Leadership Forum.

 

 Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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