Buscar amenazas y vivir con la carne de gallina es agregar un peso que no corresponde y es un agente desmotivador para los equipos de trabajo. Por fortuna, hay un antídoto para este mal…

 

“No exageres, Shrek”, le dice Burro a su inseparable amigo cuando ve que se empieza a acobardar y prefiere abandonar la proeza de salvar a la princesa Fiona de la torre de piedra. El recuerdo de la escena de esta famosa película me hace reflexionar sobre cuántas veces en el mundo real nos achicamos ante problemas que todavía no hemos dimensionado o, peor aún, agobiamos a nuestros equipos de trabajo con inconvenientes que no existen.

Hay ocasiones en las que actuamos como un reflejo contrario al del Quijote de la Mancha, que sin ponderación alguna se lanzó a luchar contra gigantes que al final resultaron ser molinos, situaciones en las que –sin que medie el filtro de la razón ni se pase por el tamiz del análisis– elevamos los brazos al cielo y armamos una tormenta en un perfecto día soleado.

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Esta tendencia se presenta más frecuentemente de lo que nos imaginamos. De alguna forma, los parámetros con los que se deben evaluar ciertas condiciones son justipreciadas de manera exagerada, y esa estridencia nos puede llevar a generar un problema en donde no lo hay. Este modo de actuar puede ser un hábito inconsciente o bien una reacción que tiene un objetivo muy específico: generar una tensión para lucir en medio de una cortina de humo.

Se trata de una costumbre de elevar el volumen de los hechos, que puede llevar, dado el extremo, a tirar por la borda un plan, sin siquiera haberlo valorado, sin dar crédito a su factibilidad, sin haber tenido tiempo para evaluarlo. Es darle carpetazo a un proyecto en la etapa de prefiguración por una actitud de autosabotaje. En cualquier condición, sea que se trate de un acto reflejo o una estrategia para sacar ventaja, lo mejor es no actuar en forma precipitada y darle espacio a la reflexión.

Ver problemas donde no los hay puede tratarse de una manifestación de miedo. El miedo es una sensación inherente a la naturaleza humana, que nos sirve de alerta ante peligros inminentes. Sin embargo, cuando una señal está activada permanentemente, en vez de dar aviso de un riesgo, se convierte en parte del escenario y deja de cumplir su función. El aviso deja de tener efecto y el resultado, después de un tiempo, es justo el contrario: ya nadie lo toma en cuenta.

El preludio al estancamiento es vivir como un radar permanente que quiere detectar, a como dé lugar, inconvenientes. Buscar amenazas y vivir con la carne de gallina es agregar un peso que no corresponde y es un agente desmotivador para los equipos de trabajo. En ocasiones, los ejecutivos se preguntan ¿por qué estará tan desmotivada mi gente si tenemos condiciones dignas para trabajar, un sueldo competitivo y un proyecto interesante? Uno de los disparadores más importantes de la desmotivación es que el personal se tope con que las iniciativas propuestas, en vez de ser tomadas en cuenta, sirvan de pretexto para hacer brotar una serie de complicaciones fantásticas. Si innovar se transforma en un foco purulento de líos y buscar mejoras es fuente de conflictos, ¿para qué hacer el intento?

Por supuesto, si el ambiente está preñado de esa actitud en la que se busca el prietito en el arroz, se dan las condiciones para matar la creatividad. Tina Seeling, profesora de la Universidad de Stanford, dice que la creatividad no es cara, es gratis. Es verdad, pero las musas son celosas: les gusta aparecer en lugares donde se privilegie el trabajo en equipo, exista reconocimiento y se impulsen las formas nuevas de hacer las cosas. La inspiración se destierra si no se le acoge con agradecimiento y afirmación. Las hadas son esquivas ante la hostilidad y se asustan frente a las voces de catástrofe.

Evidentemente, una persona que únicamente ve el lado problemático de las cosas y se enfoca en la actitud de cómo no hacer que las cosas funcionen, crea mucho estrés. Sintonizarse en el modo de espanto perpetuo crea falsas expectativas y enrarece el ambiente. El desempeño se ralentiza y se exalta el miedo a ser juzgado. Nadie se atreve a mover un dedo por miedo a equivocarse y enfrentar las imágenes apocalípticas que tanto se han advertido.

La forma más dañina de ver problemas donde no los hay es cuando ésta se constituye en una estrategia que pretende anular a los demás para ganarse las fanfarrias. Es una de las formas más obtusas de protagonismo; sin embargo, es una de las más efectivas. Por lo general, aquellos que tienen la osadía de ponerla en marcha, son tan astutos como los encantadores de serpientes y tienden el hechizo sobre los que les prestan atención.

Ver problemas donde no los hay evidencia una capacidad de análisis limitada. Es necesario estar pendientes de estas actitudes y eliminarlas lo antes posible. Sea que las detectemos en un miembro del equipo de trabajo o que las hayamos albergado nosotros mismos.

Por suerte, para este mal tan dañino existe un antídoto fácil de aplicar: se llama análisis.

Es importante analizar acciones propias y de subalternos, abrir bien los oídos y desmenuzar las razones que se presentan. Es no dejarse acobardar por situaciones aún desconocidas y considerar objetivamente los derroteros que se argumentan. Es tomar una prudente distancia y atreverse a ver el escenario desde otra perspectiva.

Por fin, Burro animó a Shrek a seguir adelante: Fiona fue salvada, y lo que parecía una gran amenaza resultó ser una gran oportunidad. Antes de dar marcha atrás, antes de echar al barranco un proyecto, la serenidad y la cordura marcan el camino de la ponderación objetiva. Sí, cambiar el switch y buscar formas para alcanzar objetivos, en vez de ver en forma automática los riesgos, puede resultar en una fortaleza que sea la base de una ventaja competitiva, puede ser el generador de múltiples ventanas de oportunidad que lleven a proyectos fructíferos y rentables.

 

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Blog: Las ventanas de Cecilia Durán Mena

 

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