Las cintas sobre Wall Street, incluyendo a la protagonizada por Leonardo DiCaprio, han fallado en retratar de forma veraz el mundo de las finanzas, la realidad es mucho muy distinta, pero distinto no necesariamente significa mejor.

 

Por Robert Lenzner

 

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Los grandes estudios cinematográficos nunca entienden de verdad a Wall Street, simplemente se apegan a un mundo de fantasía de cruda amoralidad y codicia que inevitablemente lleva a cumplir una pena en prisión.

En la desconcertantemente larga El lobo de Wall Street, de Paramount, se supone que debemos creer que una oficina de corretaje de valores dirigida por un puñado de payasos puede explotar fácilmente la credulidad y la codicia de los estadounidenses comunes, y así, encontrar la fórmula para el acceso instantáneo a dinero, desfiles de prostitutas bellas y desnudas, montañas de cocaína y Quaalude que estimulan los “espíritus animales” de Keynes en una vista primitiva de Sodoma y Gomorra. El lobo de Wall Street es más una fantasía orgiástica que una vistazo real al verdadero Wall Street. Como tal, es una especie de pornografía primitiva.

Es una vida de fantasía que poco o nada tiene que ver con Wall Street como lo conocemos hoy en día, donde las sofisticadas transacciones son observadas de cerca por egresados de cursos de maestría en las escuelas de negocios de Harvard, Penn y Stanford, quienes saben cómo explotar las complicadas transacciones que 300 millones de inversionistas no tienen capacidad de dominar. Hasta donde sabemos, la sórdida historia de Paramount está en el Hades y de ninguna manera es comparable a las travesuras de 2007-08 que causaron la quiebra de Lehman Brothers, el matrimonio a la fuerza de Merrill Lynch y Bear Stearns o la necesidad de rescatar a los insolventes Citigroup, Bank of America y otros de largo linaje pero manejo imprudente.

No hay un desarrollo del personaje en El lobo de Wall Street, sólo un hombre capturado en una sola toma que sólo puede pensar en hacerse rico y vivir rápido antes de que el FBI vaya por él. Por lo menos las películas Wall Street y especialmente Margin Call, con su héroe en conflicto, no exageran las drogas y el sexo como motivaciones para el hambre de dinero. Aún así, la línea cliché de Gordon Gekko “la codicia es buena”, y el clímax de Margin Call, donde la empresa se deshace de sus acciones para salvar su vida también ponen de relieve la crudeza de Wall Street. En su mayoría es una imagen anti-civilización. No creo que los 25,000 estudiantes universitarios que solicitaron pasantías de verano en Goldman Sachs creen que su sueño requiere ser máquinas de dinero en una selva donde sólo los mentirosos patológicos y los estafadores sobreviven y tienen éxito.

Así como Hollywood ha visto a Wall Street como un mundo de dibujos animados sin ningún valor moral ni civilización, los novelistas han tenido la misma dificultad en hacerse de una perspectiva realista y fiel a la cultura del dinero. Sí, La hoguera de las vanidades de Tom Wolfe era una sátira más realista de las costumbres de una casa de comercio de bonos grande cuyos habitantes en general tienen poco conocimiento real de la comunidad en la que viven y trabajan. Usando una ironía perversa, Wolfe hace caer al vendedor no por un escándalo de información privilegiada o una manipulación del mercado, sino por un descuido: arrollar a un joven afroamericano mientras manejaba por Harlem. Así, también se trata de bufones frente a quienes podemos sentirnos moralmente superiores.

No, la forma de adentrarse en Wall Street no es a través de la ficción, sino de la no-ficción. Como por ejemplo a través de un documental como Inside Job, que ganó el Oscar al mejor largometraje documental hace tres años. Aquí puede verse a personas reales, a privilegiados petulantes que creen que tienen derecho a atropellar el sistema y evadir la justicia por enormes recompensas de dinero. En mi opinión, Inside Job fue más devastador que todas las invenciones de Hollywood sobre las finanzas. Es una verdadera pieza de la historia, no una invención. Es un cuento moral, no un retrato de deprimente sordidez.

 

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