A unas horas de que termine el que ha sido calificado como el peor sexenio de la historia moderna de México, se asoma intensa la luz de la incertidumbre y la especulación.

Muchas son las realidades que se perciben hoy en México, desde las más promisorias hasta las más oscuras, y desde las más radicales hasta las más conservadoras; pero sabemos que todas apuntan a una transición forzadamente tersa.

Entre acciones y mensajes, el presidente electo y su futuro Gabinete han desatado una alta e innecesaria especulación.

Muchos son los temas que han generado el sobresalto en los mercados, pero el doble mensaje que arrojan las consultas es un llamado a la sensatez y a la certeza. En menos de un mes, la Bolsa Mexicana de Valores ha sufrido el embate de la salida de capital extranjero que ante la errática discursiva del próximo gobierno de México, ha preferido no refrendar la confianza en el país.

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No obstante, parece que nuestras realidades disímbolas, están tan polarizadas como la misma población. Ante la respuesta de los mercados, Andrés Manuel López Obrador llega con una aprobación sólida y la confianza de los 30 millones que votaron por él.

De los cincuenta puntos de austeridad y para erradicar la corrupción propuestos para iniciar el 1 de diciembre, llama la atención el punto cuarenta y nueve: “en las relaciones comerciales o financieras con empresas internacionales se dará preferencia a las originarias de países cuyos gobiernos se caractericen por su honestidad y castiguen, no toleren las prácticas de sobornos o de corrupción”; por la falta de mecanismos para poder sancionar la falta de regulación de ciertos acuerdos ya contraídos. Si bien los cincuenta puntos no son malos, medidas como ésta se antoja poco viable pues México no puede ser un filtro de las prácticas regulatorias aplicadas por sus socios comerciales, los mecanismos de verificación podrían atentar contra la soberanía y el interés nacional de algunas naciones y quizás, los principales socios comerciales podrían incluso someter a nuestro país a un escrutinio similar.

La incertidumbre que está trastocando el sistema bancario y financiero en México se fundamenta en la poca transformación que hemos visto del eterno candidato hacia el presidente electo. Es hora de pasar de la retórica a la realidad, de las promesas a las acciones y de las consignas a la operatividad.

Seguimos escuchando el qué sin importar el cómo, y preocupa que, de acuerdo con la experiencia previa, el siglo pasado se fue entre la simulación de la democracia y una vasta retórica; y, hoy parece que empezamos con una vasta retórica y con ejercicios de simulación que ponen en riesgo la promesa de la tan anhelada democracia.

Se tienen sólo unas horas para dejar el discurso y emprender hacia la verdadera transformación. Y no se piensa únicamente en el próximo gobierno, se piensa también en uno; en la ciudadanía.

En los más de 120 millones de habitantes con talento y amplio potencial que habitamos este país. La transformación no viene de un hombre, de un poder o del poder. La transformación, la austeridad y la eliminación de la corrupción son responsabilidad de nosotros, del pueblo bueno y sabio que merece un trabajo digno, condiciones óptimas de seguridad y de educación.

Porque el pueblo bueno y sabio no es el que dice que sí a todo; sino el que cada día aporta desde su trinchera lo mejor de sí para hacer de este país un lugar mejor.

Las prácticas de antaño no se eliminan con nuevas prácticas, ni con el ejemplo solo; se eliminan con ciudadanos responsables que conozcan el valor de las instituciones y de la democracia que a este país mucho le ha costado construir.

El dilema ético no genera reflexión y crecimiento si solo se presenta a quien está en el poder, el dilema ético del siglo XXI se resuelve desde el ciudadano, para el ciudadano y por el ciudadano. El próximo presidente necesita ciudadanos responsables, críticos y proactivos; no complacientes ni pasivos (esos ya quedaron como corresponsables de los errores más graves de nuestra historia).

Con Enrique Peña se cierra un capítulo en la vida de México, uno que prometía ser motor de cambio y desarrollo y terminó siendo de altos costos políticos y decepción. Con el paso del tiempo, la historia acomodará nuevamente las piezas, ojalá que al cabo de los años veamos este parteaguas como el impás que antecedió nuestra verdadera transformación.

 

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