¿Puede haber democracia sin partidos políticos? ¿La sociedad, el Estado, el gobierno, la economía y la convivencia pueden ser viables sin estructuras partidistas? Veamos.

 

En las pasadas elecciones, las notas más relevantes, las que más lectores y comentarios generaron, fueron aquellas relacionadas con los triunfos de candidatos independientes. Que los ciudadanos tuvieran su atención puesta en ello sirvió para disminuir el impacto de un hecho evidente: los principales partidos políticos obtuvieron las votaciones más bajas en los últimos años.

Las reacciones locales e internacionales pasaron por la sorpresa, el desconcierto, la cerrazón y las expresiones de hartazgo ciudadano. Sin embargo, existe el consenso de que las expectativas de grandes grupos de ciudadanos apuntan ya hacia el 2016, cuando se elegirán 12 gobernadores y algunos otros ya armando escenarios hacia la sucesión presidencial del 2018. Algunos analistas y académicos han planteado, incluso, que más temprano que tarde, comenzará el declive de los partidos políticos, al menos en las formas y estructuras que tienen actualmente. Más aún, funcionarios, personajes y figuras públicas relacionadas con los partidos se han pronunciado ya por ir construyendo proyectos y candidaturas ciudadanas e independientes.

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¿Es esto posible? ¿Puede haber democracia sin partidos políticos? ¿Pueden la sociedad, el Estado, el gobierno, la economía y la convivencia ser viables sin estructuras partidistas?

  1. En la vida moderna, los ciudadanos están más hechos a tomar decisiones por sí mismos; no les gusta el intermediarismo. A la sociedad le gusta sentirse libre, flexible, crítica y fiscalizadora. Cada vez las organizaciones civiles se muestran más firmes y sólidas; existe un amplio catálogo de grupos que, al margen del gobierno y los partidos, han sabido afrontar los problemas de su comunidad sin burocracia ni complicaciones.
  2. La tendencia es que los electores buscan incidir, comentar, influir en los temas a debate. Evidentemente, no están satisfechos con los resultados que ofrecen los partidos políticos; esperan más y ya no se conforman con la demagogia de siempre.
  3. Muchas formas de comunicación actual permiten la interacción y retroalimentación de los ciudadanos en tiempo real. Los debates y discusiones de los partidos políticos se ven muy lejanos de la vida cotidiana; los problemas de la agenda social están muy lejos de los intereses y prioridades de los partidos, o al menos ésa es la percepción generalizada.
  4. La democracia partidista siempre fue una forma indirecta y representativa de democracia, cierto, pero pierde sustento cuando se aprecia como una forma de representación directa y perpetuación de intereses de grupo, cuando el canal para legitimar dichos intereses se establece como un instrumento de control y alineamiento ciudadano.
  5. Para forjar el triunfo de los candidatos independientes y de los partidos políticos se requiere siempre de movilización ciudadana, hombres y mujeres hablando, comentando, transmitiendo una idea, organizando, ganando la calle casa por casa, convenciendo, compartiendo, apoyando una causa y un liderazgo en que creen, se sienten identificados y están dispuestos a depositar su confianza mediante el voto. La representatividad radica en ese vínculo de reciprocidad, cercanía y adhesión que faltó construir en los meses previos a las elecciones.
  6. Los movimientos sociales que han logrado grandes transformaciones surgieron en la calle, se basan en la fe pura, la motivación, el compromiso mutuo y el sometimiento del interés particular en favor del bien común superior. Hay un déficit creciente de estos insumos en los partidos políticos.
  7. La apertura y diversificación de los medios y canales de comunicación facilita la creación de corrientes de opinión, de organización, fondeo y contacto ciudadano. Al ser flexibles e inmediatos actúan con ventaja sobre las estructuras partidistas.
  8. La credibilidad y la buena fe están del lado ciudadano. Los partidos no marcaron diferencias; sus propuestas se volvieron banales y superficiales. Asociados siempre a la corrupción por acción y omisión, por escándalo y silencio, por pasividad y complicidad, los políticos tienen ante sí un largo camino para quitarse los estigmas que pesan sobre ellos.
  9. Cuando no hay contrapeso partidista, el voto de castigo, el utilitario, el divergente, el cambiante, similares y conexos encuentran un vehículo de expresión, y todos los elementos de la evaluación negativa ciudadana explotan a favor de quienes se presentan como opciones ciudadanas. El triunfo de algunos candidatos independientes –sin demerito alguno– también se benefició de este fenómeno.
  10. En los ciudadanos, el efecto ¡sí se puede! es muy atractivo y estimulante. Quienes ganaron de forma independiente tienen ahora la gran responsabilidad de demostrar que valió la pena, deben hacer un ejercicio ejemplar de gobierno, generar condiciones de cambio, cumplir a cabalidad, demostrar que la voluntad ciudadana es innegociable, el castigo ejemplar para los corruptos, resultados concretos; en suma, corresponder a la expectativa ciudadana.
  11. En las siguientes elecciones, seguramente vendrá un gran número de prospectos, sin duda, con sus aspiraciones y méritos, de todos niveles, sectores, preferencias e ideologías; hay tiempo para prepararse, para forjarse una trayectoria que lleve dignidad a la política, que enriquezca y sirva para enaltecer la democracia. Ahí hay una asignatura de calidad y calificación que nos conviene a todos.
  12. Lo que menos se vio en las campañas del 2015 fueron los programas y las propuestas; los partidos y sus candidatos se centraron en los bailes, canciones, demostraciones ridículas de talento y sucumbieron al dispendio de recursos en medios que ni siquiera fue rentable. No sería extraño que consideraran una vuelta a lo básico, el trabajo constante, la recuperación de los principios, la ejemplaridad y la lucha permanente del lado de la sociedad.

 

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