Ellas son impulsoras de un cambio cada vez más importante que se está gestando en Centroamérica y en el resto del mundo. Periodista, farmacéutica, documentalista y servidora pública, ellas demuestran que el poder no está restringido a ninguna profesión.

 

Victoria Marina Velásquez, Marcela Zamora, Érika Bernal y Amelia Rueda son cuatro mujeres que demuestran el empoderamiento en Centroamérica.

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Periodista, farmacéutica, documentalista y servidora pública, ellas cuatro demuestran que el poder de la mujer no está restringido a ninguna profesión y que su talento y liderazgo no tiene límites.

La visión y el liderazgo de estas cuatro mujeres es un fiel reflejo de lo que está ocurriendo alrededor del mundo.

Conoce la visión, desde sus trincheras, de estas cuatro mujeres.

 

La responsable del sueño centroamericano

“Mi paso por la Procuraduría de la Defensa de los Derechos Humanos” es el título que le gustaría a Victoria Marina Velásquez, secretaria general del Sistema de la Integración Centroamericana (Sica), que llevara un libro escrito por ella en el futuro, ya que ése es el tema que le ha permitido trascender no sólo en Centroamérica, sino incluso en el continente europeo como embajadora de El Salvador en Ginebra, Suiza, y como presidenta del Consejo de Administración de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) en 2013.

El primer encuentro frontal de la secretaria del Sica con estos temas lo tuvo a los 36 años, en 1979, cuando en un contexto de alta tensión social en El Salvador fue nombrada viceministra de Trabajo y Previsión Social, formando parte activa en el gabinete de gobierno de la Junta Revolucionaria, donde era la única mujer entre 13 ministros y cinco personas más que fungían como presidentes de ese órgano institucional.

En los albores de la guerra, Victoria propuso a la Junta Revolucionaria de Gobierno que se modificara el periodo posnatal no laboral de las mujeres para que pasara de 40 a 90 días. “Siendo un espacio dominado por hombres y dentro de un contexto de agitación social, hubo quien dijo que esos no eran temas de una Junta Revolucionaria, sin embargo, asumí el liderazgo para convencerlos”.

Lo que la secretaria del Sica no sabía en ese momento es que no sería la única vez que le tocaría abrir brecha para las mujeres de El Salvador desde las altas esferas de la política, ni tampoco que este tipo de confrontaciones por los derechos de las mujeres, los trabajadores y los niños tendría lugar de manera constante en el futuro.

Como procuradora de Derechos Humanos —años antes fue la primera procuradora para la Defensa de los Derechos de los Niños—, institución que se fundó en su país poco después de firmados los Acuerdos de Paz entre el gobierno de El Salvador y el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, en 1992, Victoria tuvo que negociar con los trabajadores del Ministerio de Obras Públicas, en el marco de un paro histórico que ocurría en el país debido a despidos injustificados, para que salieran de la Catedral de San Salvador antes de que las fuerzas públicas entraran con armas a liberarla.

“Con ellos estaban esposas, niños, vecinos apoyándoles, pero yo me enteré que en cuestión de horas la fuerza policiaca los sacaría de ahí. En principio los trabajadores acordaron no salirse y yo tomé la decisión de mantenerme con ellos dentro de la Catedral pasara lo que pasara. En la madrugada de ese oscuro día consensaron salirse, y se evitó una catástrofe en etapa de postguerra”, recuerda Victoria.

En su paso por la Sala de lo Constitucional, en los años 2000, la secretaria del Sica también dejó huella. Influyó en la instalación de la Oficina de Género y en la política de género que en la actualidad rige esta institución; para ello, tuvo que presentar tres veces a los magistrados en distintos momentos la importancia de integrar a su trabajo cotidiano este tema. Fueron la insistencia y la perseverancia las que en 2006 permitieron que se aprobaran estas iniciativas.

“Mi conocimiento del tema de género a lo largo de los años (y esto es un consejo para todas las mujeres) me ha permitido ser tolerante frente a las imposiciones de los hombres y entender cómo fueron educados muchos de ellos, lo que se refleja en su actuar cotidiano y en la forma en que ejercen el poder. No me enfrento a esas actitudes machistas, patriarcales, sino que veo a esa persona como alguien que necesita inducción en el tema, y es ahí donde me avoco”, dice Victoria.

Y como su vida ha estado llena de retos importantes en momentos históricos relevantes, el actual no es la excepción. El Sica encarna el sueño anhelado por siglos de una Centroamérica integrada y desarrollada, y ella encabeza, por el momento, ese sueño.

“Reconozco —dice la secretaria del Sica—, la diferencia entre los países de la región, las disparidades, pero también reconozco su espíritu integracionista. Nacimos unidos, los movimientos políticos nos separaron, pero hoy queremos estar unidos de nuevo, un reto nada fácil, pero no imposible”.

Para ella, en los retos a mediano plazo del Sica está el de profundizar la dimensión social de la integración, teniendo a la persona como el eje del desarrollo, generar las reglas de una mayor movilidad migratoria en la región que abata el desempleo, entrar de lleno a la sociedad del conocimiento, modernizar la estructura del pensamiento laboral para que esté acorde con las necesidades de los millennials, los mercados y las nuevas tecnologías, y darle a los niños de la región el valor que se merecen como factor de cambio, así como a las mujeres.

Por cierto, el título que le gustaría a la secretaria del Sica que llevara un posible segundo libro escrito por ella sería “La administración de justicia desde la perspectiva de una mujer”, por supuesto que sería la suya.

 

Una voz para que las mujeres sean escuchadas

Cuando Marcela Zamora está detrás de una cámara de video se transforma en acompañante de migrantes centroamericanas, en cómplice de juegos de un grupo niños que vive en un barrio controlado por la ley de las pandillas o simplemente en la voz de madres que buscan a sus hijos desaparecidos, pero una vez que termina de filmar, de “masticar” tantas sensaciones de rabia y dolor, su cuerpo la deja tan indefensa, que una simple gripe puede tumbarla en la cama por días.

Siempre es la misma historia. Terminar un documental es condenarse a días en pijama rodeada de antigripales, “así me pasa siempre. Cuando termino de filmar siempre me da cualquier cosa”, contesta con resignación del otro lado del teléfono entre tos, estornudos y una voz nasal.

Marcela acaba de concluir un largometraje sobre la tortura en la época de la Guerra civil salvadoreña, tema que decidió investigar tras el fallecimiento de su mamá, María Esther Chamorro, catedrática de la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas” (UCA) y esposa del expolítico y exembajador de El Salvador en Estados Unidos, Rubén Zamora. “Nunca tuve el valor de preguntarle a mi mamá sobre la historia de la guerra, pero ahora que murió descubrí que lo tenía que hacer”, explica.

De los 35 años de edad que Marcela tiene, como documentalista ha dedicado más de 12 a la exploración de temas relacionados con la violencia, un fenómeno en el cual ni si quiera las mujeres tenían voz propia a pesar de ser las principales perjudicadas por sus efectos.

Cuando inició en 2010 la filmación de María en tierra de nadie, su primer documental coproducido con diario digital El Faro —el primer periódico virtual de América Latina—, Marcela descubrió que en los albergues de migrantes tanto medios de comunicación como investigadores y académicos sólo platicaban con los hombres, mientras que las mujeres se quedaban “calladitas y sentadas”, ahí supo que tenían que ser visibles, pues la migración, lamentablemente, también tiene rostro femenino.

Así fue como se animó a documentar la construcción en paralelo de la historia de tres mujeres centroamericanas que viajaron por territorio mexicano rumbo a Estados Unidos, “la migración es como un mutante. Cambia cada cierto tiempo. Los peligros, las rutas. Todo”, lamenta Zamora.

Desde la Guerra civil (1980- 1992), donde hubo más de 75,000 muertos y más de 8,000 desaparecidos, en El Salvador es común que las familias estén rotas. Huérfanos, hijos de algún migrante desaparecido o de algún pandillero preso. Los niños crecen sin padres, mientras que las mujeres cargan con las etiquetas de divorciadas, viudas o madres solteras.

Ante ese panorama, en 2014 Marcela decidió rodar “El espejo roto”, en el que se cuenta la historia de una docena de niños que sólo salen de su casa para ir a la escuela, y en algunas ocasiones, a la iglesia, debido a que viven en un barrio controlado por el Barrio 18.

Como estrategia para establecer contacto entre los padres de los niños —muchos de ellos pandilleros—. Durante tres meses Marcela se convirtió en maestra de danza contemporánea, una disciplina que practicó durante su adolescencia, “al principio los pobres pequeños se aburrían, así que les pedí que llevaran a clase la música que más les gustaba ¡Y Todos llevaron reggaetón! Así que me la pase bailando al ritmo de Daddy Yankee”, dice entre risas.

Para Marcela Zamora, lo más gratificante de su trabajo, sin duda, es concientizar a la gente que se aferra a vivir encerrada en una burbuja. Desde hace doce años, poner en primera línea a las mujeres ha sido una prioridad como documentalista.

Recientemente estrenó “El Cuarto de los huesos”, una historia que inicia en el Instituto de Medicina Legal, donde acuden varias madres salvadoreñas en la búsqueda de los restos de sus hijos desaparecidos. Una morgue repleta de huesos sin nombre, cuerpos que se volvieron cadáveres por riñas entre pandillas, por la migración.

Marcela, ¿por qué siempre es la mujer es quien inicia la búsqueda de un familiar desaparecido?

Mi respuesta para esto es que los hombres o están metidos en las pandillas, están muertos o en Estados Unidos. En El Salvador hay una gran cantidad de madres solteras. También hay muchas abuelitas que llevan a cuestas la incertidumbre por desconocer el paradero de sus hijos o hijas que se fueron de ilegales.

Muchas de esas madres buscan a sus hijos que no fueron víctimas, sino victimarios ¿Cómo sensibilizar ante una sociedad que piensa que se es bueno o malo y ya?

A nadie. Ni a la mamá de Hitler le deberían hacerle lo que le hacen a esas madres. No importa lo que su hijo hizo, que una madre tenga un hijo desaparecido es condenarla al limbo. No están ni vivas ni muertas, son un alma en pena. No duermen, no comen. Todo gira alrededor de la búsqueda de su hijo. Muchas de ellas terminan en la calle, comiendo del basurero porque se quedan sin un centavo. Al final de cuentas, el sistema es el único responsable.

Los niños no nacen pandilleros, ni asesinos ni ladrones. El niño se forma cuando crece, y ahí todos somos responsables. Marcela Zamora, forma parte del equipo de Sala Negra de El Faro, un periódico digital fundado en 1998 en El Salvador, una sección en la que siete reporteros, un documentalista y un fotógrafo se enfocan en aristas como normalización de la violencia, memoria histórica, narcotráfico y pandillas.

Cinco años después de presentar “María en tierra de nadie” ha sido utilizado como referencia documental en universidades como Stanford y Harvard como herramienta de estudio en materias de estudios latinoamericanos y migración. Esta es la forma en que las actividades de Marcela traspasan las fronteras de Centroamérica.

 

“La globalización llegó para las mujeres”

Érika desembarcó en Centroamérica apenas hace año y medio. Antes estuvo en Argentina, Alemania y México desempeñando distintos roles ejecutivos dentro del sector farmacéutico, nunca sin estar atenta a lo que sucedía con el negocio en Latinoamérica.

Su llegada al istmo fue como directora de Farma, pero apenas hace unas semanas fue nombrada presidenta de Bayer para Centroamérica y el Caribe, tarea que la lleva a reportarle a dos mujeres en la casa matriz de Alemania y tratar con 1,700 empleados, 1,300 más que cuando llegó a Costa Rica.

Uno de los grandes retos de Érika ha sido entender cómo funcionan los negocios en la región, donde conviven diferentes países que si bien comparten un lenguaje y costumbres comunes, cada uno de ellos tiene políticas públicas y contextos socioeconómicos diferentes.

La forma en que la ejecutiva afronta en la actualidad esa situación es con el apoyo de su equipo ubicado en distintos puntos de la región, pero sobre todo con las herramientas que le permiten comunicarse con sus gerentes gracias a los avances tecnológicos de la última década y el acceso que la globalización permite, por ejemplo, las videoconferencias a distancia.

Ella considera que el hecho de involucrarse desde los 21 años en la industria farmacéutica, uno de los sectores más dinámicos a nivel global, le ha permitido traspasar fronteras y tener una visión de los negocios de avanzada con respecto a los ejecutivos que solamente se han desarrollado en organizaciones locales, una ventaja que, observa, deben apropiarse las mujeres en el futuro para contar con habilidades gerenciales y prácticas mundiales que les permitan competir de tú a tú con los hombres en puestos directivos.

Pero, ¿qué hace una mujer con esposo e hijos para aventurarse a viajar por el mundo asumiendo tareas importantes en una organización global? “Lo más relevante en estos casos —dice la ejecutiva— es tomar la decisión en familia y complementarse en las expectativas de cada uno. Por ejemplo, mi esposo tiene un ADN emprendedor y yo soy más corporativa. De esta forma, yo me concentro en las tareas que me encomiendan en diferentes países o regiones y él en ver una oportunidad para nuevos proyectos emprendedores. Así, todos crecemos profesionalmente y nos sentimos realizados”.

Pero no es el único factor que ha llevado a Érika a asumir posiciones estratégicas a nivel global. Las políticas de equidad en su empresa también han tenido mucha influencia, así como la formación que le inculcaron sus padres desde niña para sobresalir en entornos tradicionalmente dominados por los hombres.

“Mi madre, que era de ascendencia alemana, siempre me pedía dar el extra y no sentirme menos entre los hombres por ser mujer. Me felicitaba por mis buenas calificaciones, pero me decía que no esperara un premio, que era mi obligación. El equilibrio lo daba mi padre, quien me inculcó el respecto hacia los demás y el trabajo en equipo”, dice la ejecutiva.

Érika asegura que el liderazgo que ejerce está basado en ese respeto a las personas, pues “en la actualidad es el recurso humano el que le da valor a las organizaciones y los resultados de negocio sólo se consiguen con un equipo comprometido; son tendencias modernas que dan resultado”.

Es esta filosofía la que la lleva a comprometerse con los empleados bajo una política de gestión de puertas abiertas, basada en la apertura al diálogo con cualquier trabajador de la organización.

“A mi equipo de trabajo le suelo decir que si el día lunes uno de ellos al despertar no quiere venir a trabajar, que de inmediato me lo comunique, pues es una señal de que algo ya no está bien en su entorno laboral y hay que diagnosticarlo para modificarlo”, menciona la directiva.

Pero si bien Érika es afable y cercana a su personal, lo cual en su momento se lo llegaron a criticar en algunos países de Latinoamérica, reconociéndole después la importancia de este tipo de liderazgo para la organización, hay un tema que puede hacer que enfurezca: los mandos medios y altos que tienen un buen discurso del trabajo en equipo, pero en la realidad tienen prácticas que contradicen lo que expresan en público.

“En casa decimos a este tipo de actuar de algunos que ‘el audio no checa con el video’; es decir, el decir y el hacer están desfasados. A mí en lo personal me gusta transmitir lo que se está haciendo, no lo que se va a hacer”, señala Érika.

Y así es como ha venido trabajando la ejecutiva en Centroamérica, haciendo que su discurso se refleje en realidades. Cuando llegó a la región entre 30 y 40% de las gerencias de Bayer estaban ocupadas por mujeres, en la actualidad la mitad la ocupan hombres y la otra mujeres.

“Las mujeres en general, y las ejecutivas en particular, por su rol en la empresa, debemos enfocarnos en nuestras fortalezas; no debemos desenfocarnos ni buscar emular a los hombres en nuestro estilo de gestión. Hay que ser nosotras mismas, que esa es nuestra aportación”, concluye la presidenta de Bayer.

 

“Me considero una revolucionaria”

“Las grasas trans no son seguras y serán retiradas del mercado de EU en tres años. Se usan a menudo en palomitas, pizzas, galletas, alimentos procesados en general, aceites vegetales. Pero, ¿cómo está el tema en Costa Rica? ¿Qué lejos estamos de prohibir el uso de ellas aquí? Porque a veces se prohíbe algo, pero siguen a la venta”, comentó el pasado 17 de julio Amelia Rueda, directora del programa radiofónico en Costa Rica Nuestra Voz, que se transmite en el 93.5 FM todos los días de 7:00 a 9:00 de la mañana.

Este tipo de cuestionamientos en diversos temas son los que han caracterizado a la periodista costarricense en sus 40 años de profesión frente a los micrófonos y últimamente con más fuerza en plataformas digitales, logrando una importante influencia en la población de su país y convertir muchos de los temas que trata en su programa en tópicos de la agenda política nacional.

Amelia considera que a la antigua generación de periodistas le gustaba más la acción y estaba más comprometida con la revolución y la transformación social. Sin embargo, dice apreciar las ventajas que hoy dan al periodismo los nuevos medios de comunicación y la inmediatez de las redes sociales, razón por la que ella misma ha llevado a cabo una reingeniería en la forma de comunicarse con sus seguidores.

En 2015 su portal AmeliaRueda. com dio a luz un proyecto que lleva por nombre DataBase, basado en herramientas de periodismo de datos. A meses de haber iniciado operaciones, esta propuesta de información ya tuvo sus primeras repercusiones.

Después de dar a conocer en DataBase cuánto gastaba el poder ejecutivo de Costa Rica en el alquiler de inmuebles y quiénes eran las principales familias beneficiadas con ello, las autoridades comenzaron un análisis para estudiar la viabilidad de comprar inmuebles estratégicos en lugar de arrendarlos, para evitar con ello posibles actos de corrupción.

“Las nuevas plataformas digitales abren nuevas perspectivas para transformar la sociedad. Nunca imaginé que se iba a abrir esa ventana que permite la denuncia inmediata. Lo multimedia nos da la oportunidad de hacer investigaciones desde mucho ángulos y fuentes diversas”, comenta la directora de Nuestra Voz.

Pero poco saben que Amelia llegó a esta profesión casi por casualidad. En realidad durante su juventud su interés estaba puesto en temas de derechos humanos, movimientos sociales, equidad e igualdad de la mujer. Esto la acercó a la sociología y ésta a su vez a la comunicación como una forma de promover, desde la trinchera del periodismo, todos esos temas que la inquietaban.

“Desde el inicio tuve que abrirme espacio en la comunicación, vengo de una época donde las mujeres periodistas no eran muchas, y las que había, los diarios y revistas las tenían cubriendo la nota rosa, no los temas profundos sobre corrupción y transparencia, por ejemplo”, comenta la periodista.

Amelia dice estar consciente de que la sociedad costarricense se ha transformado en las últimas décadas y avanzó en temas como la democracia y, por lo tanto, la agenda de temas para los periodistas también deben readecuarse a los nuevos tiempos.

En su caso, aunque no deja de tratar en su programa de radio aspectos como la homofobia y la violencia de género, hoy también ocupa tiempo de radio en aspectos como la sustentabilidad y las energías verdes.

“Y es que no podemos cerrar los ojos a lo que sucede. Hay que ver cómo usar de mejor manera lo poco que nos queda, y eso tiene que venir de cada persona”, comenta la conductora.

Amelia recuerda que cuando abordó por primera vez el tema de las mujeres que sufren de violencia familiar en su programa de radio, una mujer de 60 años se comunicó con ella para agradecerle por haberle hecho ver que muchas de las situaciones que había vivido en su casa en los últimos años tenían que ver justo con violencia familiar, un tema que en esos años era una especia de tabú en los espacios noticiosos de radio y televisión de Costa Rica. Este fue uno de los hechos que llevaron a la periodista a tocar más este tema.

Cuando se le pregunta sobre sus planes a futuro, Amelia hace una pausa de cinco segundos para pensar en ello, tal vez porque su trayectoria le ha permitido alcanzar todos los objetivos que se ha propuesto, pero responde diciendo que abrazar con más fuerza la era digital es lo que viene para ella. “En el periodismo de datos todavía hay mucho que explorar en beneficio de la transparencia y la democracia”, comenta.

De lo que está plenamente segura es que una mujer que está tras su crecimiento personal debe atreverse a soñar en grande sabiendo con claridad qué es lo que tiene para lograr sus objetivos y ser persistente en ello. “Pero también debe ser solidaria con la sociedad, porque esto permite que otras personas que vibran en tu misma sintonía te ayuden a desarrollar ese sueño”, asegura la voz de Nuestra Voz.

 

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