Chismear no es un acto tan inocente como parece ni es una práctica profesional. No lo es porque favorece la cultura del no le digas a Fulanito, pero… y va en contra de la transparencia.

 

El tema es viejo y sabroso. Cualquiera que se haya aventurado en el terreno laboral sabe que existe, y aunque nos dé vergüenza reconocerlo, también hemos participado en ello. A veces llega en forma tangencial, en ocasiones somos víctimas y en otras tantas la participación es como un estornudo: llega sin anunciarse. Los chismes en el pasillo son tan antiguos como la existencia de las empresas.

Pero la cuestión no se centra en el misterio de su existencia, sino en la forma en la que se da y las consecuencias que eso trae a las corporaciones. Lo cierto es que, aunque sabemos que es una práctica que mancha la imagen profesional de quien la ejerce, que mina la productividad y quita el tiempo a los empleados, la gente de todos los niveles sigue dedicándose a chismear con inusitada alegría.

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Hay estudios que hablan de las bondades del chisme en las empresas. Travis J. Grosser y Virgina López Kindwell, doctorantes por la Universidad de Harvard en administración, sostienen que las redes que se tienden entre los chismosos pueden convertirse en una herramienta de comunicación que facilita las tareas y propicia un ambiente de confianza y camaradería. Yo difiero.

Desde mi punto de vista, los chismes sirven para dar cauce a conductas contrarias a las mejores prácticas:

  1. Los chismes sirven para abonar el terreno de la ansiedad y el miedo colectivo. Es el vehículo favorito del bullying corporativo y es una forma de comunicación que, al carecer de reglas, se desenvuelve en formas poco sanas y alejadas de las prácticas éticas. El chismoso emite mensajes poco claros y mientras más ambiguos son, mejor. El resultado es ruido en el lugar de trabajo que puede devenir en falta de productividad y enrarecimiento del clima laboral.
  2. Los chismes son opiniones que no necesitan de sustento. Ésa es parte de su naturaleza. Cualquiera puede decir lo que sea sin necesidad de justificar o comprobar nada. Puede ser una mentira sin que nadie se ocupe de demostrar su falsedad. Son un cáncer que mata las células sanas de buen comportamiento y de etiqueta en la comunicación. Al decir las cosas por lo bajo, no hay necesidad de dar bases de comprobación, y eso resta calidad y seriedad.
  3. Los chismes suelen ser un intercambio de información injusta. Cuando encontramos a un grupo de personas hablando entre susurros, generalmente lo están haciendo de un tercero que no está presente. Es cierto, resulta muy sabroso comentar los defectos y reírse de algo que sucedió a alguien que no está ahí. Lo malo es que, tarde o temprano, la víctima se convertirá en victimario.
  4. Los chismes contribuyen a la generación de conflictos. Eso, por sí mismo, merma el rendimiento y genera subgrupos contrarios que retrasan la labor y acaban con el trabajo en equipo y destruyen el compromiso.
  5. Los chismes parecen ser un elemento democratizador que aplana la curva jerárquica de las instituciones. No lo son. Toda organización debe tener estructuras que respeten los diferentes niveles de autoridad y subordinación. El chismoso vende espejismos que buscan y logran confundir sin respetar categorías.

Grosser y López piensan que chismear no es necesariamente un síntoma de bajo perfil profesional. Sostienen que en medio de la emoción de estar hablando de forma informal, se puede filtrar información valiosa que de otra forma no encontraría un flujo de salida. Puede ser. Sin embargo, sigo sin estar de acuerdo. Por algo, cuando alguien escucha los pasos del jefe en el pasillo, el chismoso guarda silencio y se hace el desentendido.

Chismear no es una buena práctica que nos acerque a la excelencia profesional. Si alguien quiere enterarse de algo, la mejor forma es preguntar. La distancia más corta entre dos puntos sigue siendo la línea recta. ¿Qué necesidad hay de vericuetos y de susurros en los rincones? Si alguien sabe que no debe preguntar sobre algún tema, que no lo haga. Si alguien quiere expresar una inconformidad, que dé la cara.

Según Giuseppe Labiaca, profesor en la Universidad de Kentucky, el chisme florece más en los niveles intermedios de gerencia. Es decir, las posiciones que tienen contacto con la alta dirección y con los operativos son los que caen más frecuentemente en la tentación de chismear. Son los que pueden llevar novedades de arriba hacia abajo y viceversa.

La peor clasificación de chisme es la grilla. Es ese canto que endulza el oído y que tiene el propósito cobarde de perjudicar a un tercero. Es la forma cobarde de esconderse detrás de una cortina de humo y que, amparado en una supuesta figura anónima, daña a otro. Es el mejor riel sobre el que corre la envidia, la mala voluntad y que prepara el terreno de la traición. Así, en una metáfora espléndida, Shakespeare nos cuenta que el padre de Hamlet murió envenenado. La ponzoña le entró por el oído.

El chisme de pasillo no es tan inocente como parece. Si bien Grosser y López recomiendan una política cuidadosa para abordar el tema, y si, como sabemos, al chismoso no se le para por decreto, no hay que confundirnos. Chismear no es una práctica profesional. No lo es porque favorece la cultura del no le digas a Fulanito, pero… y va en contra de la transparencia.

Sí, el tema es viejo y sabroso. Pero no es tan complejo como nos lo quieren hacer creer. Para detener al chismoso, la mejor práctica es no prestarle oídos. Intentar parar el cotilleo que se da entre la gente de forma informal, es tanto como intentar meter el mar entero en un hoyito excavado en la playa. Pero se puede.

 

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Blog: Las ventanas de Cecilia Durán Mena

 

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