Por Iain Martin

Freddy Heineken llegó a ser uno de los hombres más ricos en Europa al convertir a la cervecería de su familia en un emporio multimillonario. El 9 de noviembre de 1983, un grupo de pistoleros lo capturó a él y a su conductor afuera de la sede de Heineken en Ámsterdam, detonando una cacería global en búsqueda del multimillonario desaparecido, sus secuestradores y el rescate de 11 millones de dólares.

La voz de Freddy Heineken se quebraba en la grabadora que alguien colocó en la bocina de un teléfono de monedas: “Este es el Búho… Está listo el rescate… y el Ratón está listo para su salida inmediata”.

Las palabras de Heineken detonaron una operación sin precedentes a la vez que su familia se alistó para transferir uno de los pagos de rescate más elevados en la historia, equivalente a 30 millones de dólares en cuatro diferentes monedas y con un peso de más de más de 90 kilos. En tanto, la policía holandesa preparaba el arresto de los secuestradores, quienes se habían adueñado semanas atrás de los titulares de la prensa de todo el mundo, junto con uno de los los hombres de negocios más ricos y famosos de Europa.

Alfred “Freddy” Heineken, en un bar al interior de la fábrica de cerveza en Ámsterdam. FOTO: The Heineken Company.

Alfred “Freddy” Heineken, nieto del fundador de la cervecería Heineken, y el genio de mercadotecnia y negociaciones que convirtió a la empresa en una marca global, salió de su oficina en el centro de Ámsterdam una fría noche de 1983. Se suponía que se encontraría con Ab Doderer, su chofer de muchos años, pero en lugar de él lo confrontaron hombres armados quienes, luego de un breve enfrentamiento, lo arrojaron a él y a su conductor en una camioneta de carga.

OPERACIÓN ROLLS ROYCE

Lo que Heineken no sabía entonces es que su mansión, su oficina y su rutina diaria habían estado varios meses bajo la vigilancia de cinco hombres quienes habían planificado, con precisión militar, un crimen que se suponía les dejaría un rescate digno de un rey. Los hombres que acecharon al multimillonario: Con van Hout, Willem Holleeder, Frans Meijer, Jan Boellaard y Martin Erkamps, se conocieron de adolescentes y adultos jóvenes en un miserable barrio de la capital holandesa.

El Ámsterdam tosco del joven y carismático van Houth, líder de la banda, contrasta con la modernidad que se observa en los Países Bajos, en la cual se han cerrado prisiones, pues las tasas de criminalidad han caído a cifras récord. En su relato del secuestro, como lo contó al periodista holandés Peter R. de Vries, Van Hout describe una imagen de éxitos añejos derivados de un negocio legítimo de construcción. Le cuenta de contratos por propiedades en los que utilizó prácticas de puño duro contra los precaristas que vivían en edificios, así como  otras acciones que resultaban en roces con la ley. Van Hout asegura que la banda comenzó a buscar un golpe de más alto perfil cuando una crisis económica le pegó a sus pasiones por los autos de lujo, los caballos de carreras y sus juergas.

Thomas van Hout y Willem Holleeder en el juicio por el secuestro de Freddy Heineken. FOTO: Wikimedia/Rob Bogaerts (ANEFO)

La policía holandesa, sin embargo, sospechaba que los contratos comerciales de Van Hout eran una fachada para el involucramiento de la banda en una serie de robos a mano armada no resueltos.

Antes del secuestro de Heineken, Holanda había casi escapado de una epidemia que azotó Europa, en la década previa de secuestros de alto nivel motivados por el lucro y la política. Pero van Hout y su banda comenzaron a peinar la sociedad y las páginas financieras de la prensa en búsqueda de blancos.

“Habíamos establecido algunos principios. En primer lugar, todo este golpe tenía que ser… un jonrón con la casa llena. Era algo que nos tenía que rendir para toda la vida—y con ello no quiero decir una vida en la cárcel—. La víctima tenía que ser alguien por quien se pagara rápido un elevado rescate”, dijo Van Hout.

Heineken, un capitán de industria holandés, estaba en el radar de la banda por varias razones, más allá de ser un “sucio millonario”, refirió van Hout. El criminal narró de cómo el Mercedes-Benz del magnate robaba sus miradas cuando era niño y que el padre de Holleeder había sido un empleado por muchos años de la cervecería (antes de que lo corrieran por mal comportamiento).

Ámsterdam es una ciudad pequeña, con una población que, incluso ahora, no sobrepasa los 800,000, y Van Hout recordaba toparse al magnate sin equipo de seguridad cuando hacía algunas diligencias en las calles y canales de la capital holandesa. En otra coincidencia, una de las testigos en el secuestro era una amiga, tanto de Heineken como la la madre de Holleeder. En una señal de la ruta de violencia que la banda tomaría, Holleeder la empujó y uno de sus cómplices le echó gas pimienta en el rostro.

Luego de decidir que el Rey de la Cerveza sería su blanco, los hombres brindaron con champaña Dom Pérignon en una fiesta de Año Nuevo y pusieron en marcha su plan para abducir al magnate. Van Hout luego hablaría sobre la concienzuda preparación para el secuestro; de cómo la banda se hizo de un arsenal de pistolas y metralletas tipo Uzi, una flota de seis vehículos robados, y una serie de pistas falsas para engañar a los detectives.

Freddy Heineken y Ab Doderer al ser liberados de su secuestro. FOTO: Wikimedia/Croes, Rob C. (Anefo)

LOS REHENES

Heineken y Doderer fueron conducidos a una bodega en la parte oeste de Ámsterdam en donde construyeron un falso muro que resguardaba dos celdas a prueba de sonido. El secuestro en teoría duraría 48 horas, pero se extendió a 21 días.

Los secuestradores quitaron al chofer y al multimillonarios sus ropas y pertenencias y los encadenaron dentro de los cuartuchos, aislados del mundo y entre ellos. Heineken luego dijo que temía que lo hubiese secuestrado la infame facción germano occidental del Ejército Rojo, y que también le preocupaba que las pipas de aire de la celda pudieran fallar.

La banda celebró el golpe y luego regresaron a sus rutinas habituales a fin de evitar sospechas de amigos, familiares o la policía antes de hacer la exigencia del pago por rescate.

Heineken, quien manejaba la compañía con puño de hierro, no parecía avasallado por su secuestro, a pesar de que su abducción se alargó por semanas. Van Hout contó que a los secuestradores les impresionó el ánimo y el humor del empresario. “Ese hombre tenía un carácter muy fuerte. Es como si fuera una especie de psicólogo”, afirmó.

A sus 60 años, Heineken reclamó a sus captores los términos de su comida y condición en su estancia. A los secuestradores les confundió su exigencia de consomé y otras vidas, además de que intentó sobornar a uno de ellos para que lo liberara. Heineken, encadenado a un muro en su fría y húmeda celda, luego describió una imagen lúgubre de su situación: “Siempre guardé una rebanada de pan para comer la siguiente mañana puesto que uno nunca sabe si vas a tener algo que llevarte a la boca cada nuevo día”.

La terrible experiencia le pasó la factura a Doderer, quien llevaba 40 años trabajando con Heineken. Los propios secuestradores manifestaron su remordimiento por el sufrimiento del chofer. “No perdí mi juicio; debía mantenerme ocupado para sobrevivir. A los pocos días diseñé un programa para mantenerme ocupado. Trataba de ejercitarme a pesar de todo. Tenía que ocuparme”, dijo Doderer a los reporteros tras su liberación”.

Heineken y Doderer tuvieron que posar a fuerzas para una serie de fotografías de prueba de vida durante su cautiverio, pero nunca vieron los rostros de sus captores y se les obligaba a comunicarse sólo mediante notas escritas.

EL PAGO

Águila. Liebre. Ratón. Búho. Los secuestradores habían puesto gran atención al detalle en su plan de comunicación para el rescate y en el intercambio de mensajes codificados, así como señuelos, para confundir a los investigadores. La banda hizo contacto al dejar un sobre con el reloj de Heineken, los documentos de Doderer, y una nota pidiendo el rescate, en una pequeña estación de policía.

El exterior de la casa donde vivió Freddy Heineken en Ámsterdam. FOTO: Reuters

A la policía le ordenaron indicar que el rescate estaba listo mediante un anunció en la sección de personales de un diario holandés con la siguiente leyenda: “La pradera está verde para la liebre”.

La banda había estudiado cuidadosamente secuestros famosos, como los de Getty y Lindbergh, y elaboraron un plan igual de detallado para la entrega del rescate. Un mensaje grabado de Heineken y Doderer se reprodujo desde un teléfono de monedas para dirigir a la policía al primero de una serie de mensajes enterrados que llevaría a los detectives a un sendero en un campo de este pequeño país. El penúltimo paso era un vehículo con un walkie-talkie a ser usado para guiarlos a un puente en una autopista, en donde se dejaría el rescate en un desagüe.

Era un plan casi perfecto. Pero lo frustró una serie de eventos fuera del control de la banda o la policía. Los secuestradores exigían que un oficial de la policía llevara el rescate en una camioneta con marcas de la casa de Heineken en Noordwijk, pero la presencia de los reporteros imposibilitó eso.

Varios días de silencio siguieron antes de que la banda y los negociadores restablecieran el contacto a través de anuncios codificados en periódicos. Mientras tanto, la policía, tras un tip anónimo, había puesto a la banda bajo vigilancia y los siguió hasta llegar a la bodega cuando los secuestradores ordenaron comida china para dos.

Los planes para una segunda entrega del rescate continuaron y la preocupación por seguridad de los rehenes aumentó. La policía determinó seguir el botín con una cámara de visión nocturna desde un helicóptero, pero el plan se arruinó debido a una falla técnica.

Con los helicópteros zumbando, la banda le indicó por el walkie-talkie al Ratón—el policía que manejaba la camioneta con el rescate—que se detuviera en el cruce elevado de una autopista y que depositara el dinero en un desagüe marcado con un cono de tráfico. De acuerdo con el plan, los cinco sacos del correo se deslizaron por el desagüe hasta caer en la plataforma de una pickup, tras lo cual la banda escapó sin ser vista.

Así condujeron a una área boscosa al sureste de Ámsterdam, en donde escondieron el dinero en barriles que luego enterraron. En un giro totalmente a la holandesa, hicieron su posterior escape en bicicletas.

El día posterior al pago por el rescate, la banda se dio cuenta de que estaban bajo vigilancia policial y organizaron un encuentro para discutir sus siguientes acciones. Había una división entre ellos: salir de los Países Bajos o quedarse. Meijer estaba decidido a quedarse y van Hout y Holleeder optaron por volar a París. Ellos dos estuvieron prófugos o quedaron en un limbo legal en Francia y el Caribe francés hasta que fueron extraditados y sentenciados por el secuestro en 1987.

La policía holandesa, habiendo entregado el rescate y sin una palabra de los secuestradores, allanaron la bodega y, tras una confusión debido al falso muro, descubrieron las celdas escondidas. “¿No podían haber llegado un poco antes?”, reclamó Heineken a sus rescatadores.

La banda se había llevado unos 2.5 millones—casi una cuarta parte del botín—del lugar donde lo ocultaron y luego se salieron del radar. El resto del botín lo encontraron las autoridades luego de que unos caminantes se tropezaron con él.

“FREDDY HEINEKEN ME TIENE ATRAPADO”

Años después de su liberación, el autor intelectual, van Hout, bromeaba con su cuñada Astrid Holleeder que por el secuestro de Heineken le había caído una maldición. Sus palabras pudieron haber sido una advertencia para sus cómplices.

  • Jan Boellaard fue sentenciado a 12 años de prisión por su participación en el secuestro y pasó una década más en la cárcel por el asesinato de un agente de aduana holandés.
  • Frans Meijer se entregó a la policía tras afirmar que había quemado su tajada en una playa. Escapó de una clínica tras fingir un desorden mental y se fugó a Paraguay. Tras una prolongada batalla legal fue extraditado a Holanda en 2002. Meijer recibió un disparo de la policía en un intento de robo a una camioneta de transporte de valores y se le juzgó y sentenció a tres años en prisión a principios de 2019.
  • El miembro más joven de la banda, Martin Erkamps, de 21 años al momento del secuestro, fue sentenciado a nueve años por su participación. A él lo arrestaron en 1996 por tráfico de drogas en España y desapareció del ojo público por una década hasta que una disputa con los inversionistas de su propiedad en Panamá se filtró a la prensa local.

HONOR ENTRE LADRONES

En 2003 van Hout salió en medio de una lluvia de balas de un restaurante en Ámsterdam. Al momento de su muerte, él era una especie de celebridad debido al secuestro y a su vistoso estilo de vida como líder de la Penose, la mafia holandesa, y por haber sobrevivido dos intentos de asesinato. Si bien él escribió sobre su “camaradería única, omnipresente y eterna”, entre él y los otros secuestradores de Heineken, al final lo traicionó uno que alguna vez fue uno de sus mejores amigos en la banda.

Wim Holleeder (derecha) y su hermana (retratada de niña), quien lo delató por su participación en crímenes como el secuestro de Freddy Heineken (sosteniendo un periódico). FOTO: Wikimedia/ Familia Holleeder

Holleeder y van Hout eran cuñados y amigos desde la niñez. Habían pasado años huyendo y aguantaron la dura prisión de Sante juntos. Pero Willem “Wim” Holleeder planearía el asesinato de su excómplice. Astrid Holleeder describió en su libro Judas cómo su hermano aterrorizó a la familia por años y cómo él intentó obligarla a ella y a su hermana, la esposa de Van Hout, a revelar la ubicación de su cuñado luego de que sus golpes anteriores fracasaron.

Holleeder, alias “La Nariz”, fue condenado por organizar el asesinato de Van Hout en julio de 2019 en un juicio extraordinario en el que se escucharon grabaciones secretas realizadas por Astrid en las que Wim confesó docenas de crímenes. En ese juicio, Holleeder también fue condenado por los asesinatos de Thomas van Der Bijl (sospechoso de ayudar a lavar el dinero restante del rescate de Heineken en bienes raíces y burdeles), y de otros tres tipos ligados al crimen organizado en Holanda. Holleeder siempre ha negado los cargos y sus abogados apelaron en agosto su condena y la sentencia de prisión vitalicia.

EL LEGADO DE HEINEKEN

La reputación de Heineken como narrador superó su fama por el secuestro. Como una vez bromeó con un amigo: “¡Me torturaron… me hicieron beber Carlsberg!” Su astucia empresarial también resultó ilesa y continuó manejando la cervecería como su presidente hasta 1989. Luego fue presidente del holding que controla la marca de la cerveza hasta 2001, poco antes de su muerte en 2002. Sin embargo, en las pocas entrevistas que dio a los periodistas tras su secuestro hay una imagen de Heineken que difiere de la del empresario de vida alocada quien departía con la realeza y encantaba a los medios con frases como: “Yo no vendo cerveza… vendo calidez”.

La periodista Barbara Smith describe haberse encontrado con un “nervioso” Heineken en un café de Ámsterdam bajo la mirada de sus guardaespaldas en su libro sobre la marca de cerveza y la familia que lleva su nombre. Heineken montó una firma de seguridad personal luego del incidente, integrada por expolicías, con el fin de proteger a su familia y cazar a los secuestradores prófugos. Fortificó su casa y viajaba en un auto blindado. Frente a Smith él bromeó: “Lo mejor de ser rico es que puedes volar al Caribe cuando quieras… pero yo ni siquiera puedo ir a un cine en Ámsterdam”.

Dark Capital es una serie de Forbes que explora las intersecciones entre los negocios, las fortunas y el crimen.

 

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