Para lograr el desarrollo económico es clave el proceso de “autodescubrimiento”, esto es, el proceso de aprendizaje de cuáles son las cosas en las que uno es realmente bueno produciendo.

 

 

Por Isidro Soloaga*

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En un trabajo realizado en la década pasada, Dani Rodrik y Ricardo Hausmann, investigadores de la Universidad de Harvard, mostraron que para lograr el desarrollo económico es clave el proceso de “autodescubrimiento”, esto es, el proceso de aprendizaje de cuáles son las cosas en las que uno es realmente bueno produciendo (donde “bueno” significa producir más eficientemente que otros países).

El proceso de autodescubrimiento es un determinante del cambio estructural y está caracterizado por la existencia de procesos de prueba y error para una exitosa adaptación local de tecnologías ya disponibles en el mundo, o para el desarrollo de nuevas. Los rendimientos sociales de tal actividad son en general más grandes que los rendimientos privados, ya que una vez que en el país “se descubrió” qué cosa se puede producir a bajo costo, esta actividad puede ser fácilmente imitada. Esto da motivo entonces para la intervención del estado como un elemento que catalice y potencie las decisiones privadas. Un ejemplo de esto es el programa Start-Up Chile (o “Chilecon Valley“) que ofrece fondos a costo perdido y por seis meses a emprendedores de alto-potencial de todo el mundo, para que vayan a Chile y utilicen al país como plataforma para salir al mundo.

¿Cuál es el truco? Se les requiere a los participantes que ofrezcan seminarios, charlas, clases en universidades locales y apoyen efectivamente a potenciales emprendedores chilenos. Este es claramente un ejemplo de cómo encauzar el proceso de autodescubrimiento.

Otro ejemplo es el requerimiento que se hace en China de que un determinado porcentaje de cada Inversión Extranjera Directa (IED) se derrame al resto de la economía con requerimientos de que exista traspaso efectivo del know-how de las empresas transnacionales a investigadores y técnicos locales.

Investigaciones recientes muestran que en México por cada 100 puestos de empleo generados en el sector formal de la economía se generan otros 100 en el sector informal (en general en servicios de bajísima productividad). Así, la (en promedio) ineficiente estructura productiva se reproduce a sí misma: las inversiones en, digamos, el sector automotor, o el electrónico terminan siendo una suerte de enclaves, sin capacidad transformadora de sus entornos. Los ejemplos de Chile y de China podrían servirnos para cambiar esto.

 

 

 

Contacto:

*Isidro Soloaga es profesor del departamento de Economía Universidad Iberoamericana. E-mail: [email protected] Isidro Soloaga

 

 

 

 

*Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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