Hablar de Charlottesville es hablar de un fenómeno multi factorial, que nos presenta una realidad social que creíamos disipada en la tierra de los hombres libres y valientes. Sin embargo, no solo han llegado las preguntas acerca del origen de una tragedia como la ocurrida en Virginia, o la incapacidad (u otra de las incapacidades del presidente Trump) para estructurar una posición contundente que le permita a America salir de la crisis institucional en la que se encuentra; sino que ha traído a las mesas de análisis un problema antropológico que es inherente a las sociedades alrededor del mundo y de manera sistemática de presenta tarde o temprano en países desarrollados o en vías de desarrollo.

Desde el origen de las sociedades la necesidad de generar sentido de pertenencia o nacionalismo ha detonado las justificaciones más descabelladas respecto a lo válido que es, por ejemplo, la segregación racial como el apartheid o el sistema de castas.

El etnocentrismo es un fenómeno social que puede manifestarse en cualquier grupo de individuos e implica el desarrollo de un sentido de pertenencia; así pues, el etnocentrismo en un enfoque positivo mantiene la cohesión social y la lealtad a los principios del grupo, constituye el punto de referencia para conservar la cultura, las instituciones y hasta la seguridad del grupo. Mientras que en un enfoque negativo el etnocentrismo desvía el sentido de pertenencia en exclusión y discriminación hacia los que al ser diferentes amenazan la existencia del grupo.

Así entonces surge el racismo, definido tradicionalmente como unas acciones para marginalizar, excluir y discriminar contra aquellos definidos como diferentes sobre la base de un color de piel o pertenencia grupal étnica, generalmente los migrantes o los grupos minoritarios son quienes “amenazan” los códigos culturales, ideológicos, económicos y hasta institucionales al transformarlos y hacerlos suyos mediante los procesos de mestizaje o sincretismo.

PUBLICIDAD

De estas transformaciones culturales puede surgir la xenofobia como una consecuencia del cambio social, en una perspectiva antropológica como la de Lévi–Strauss el etnocentrismo se presenta como algo natural y consustancial a la especie humana, resultante del “deseo de cada cultura de resistirse a las culturas que la rodean, de distinguirse de ellas. Las culturas para no perecer frente a los otros deben permanecer de alguna manera impermeables”.

En este contexto, no se justifica, pero se entiende el surgimiento de movimientos ultra nacionalistas, racistas, extremistas y hasta xenófobos. La intolerancia política y social que es alimentada por figuras de liderazgo negativo en los que además de sembrar la semilla del odio hacia lo diferente se siembra la semilla del terrorismo etnocentrista, que por su naturaleza conlleva la violencia contra grupos raciales o étnicos diferentes al grupo mayoritario (en número, bajo ninguna condición superior).

Un discurso generador de violencia y que en constancia alimenta la idea de la superioridad no solo está fuera de contexto, es en sí un atentado hacia los derechos humanos.

Los fenómenos actuales de intolerancia religiosa, racial, ideológica y política son reflejo de una sociedad polarizada; de instituciones que necesitan ser replanteadas para dar pie a un esquema de convivencia congruente con el vertiginoso desarrollo de las sociedades del siglo XXI.

Las nuevas tecnologías han ayudado a dispersar patrones culturales y conductuales que refuerzan los nacionalismos de la actualidad y aquellos patrones que viajan de una sociedad a otra lo hacen, a veces, con una carga distorsionada de información que solo incita a la violencia, la intolerancia y el odio racial.

Si bien es cierto que los fenómenos de integración regional alrededor del mundo dieron pie a la nueva generación de grupos radicales (como consecuencia de la brecha económica que ha generado la crisis de la clase media; es decir, la polarización de la riqueza y la afluencia de migrantes producto del proceso de integración económica ha generado resentimiento social y racial más en países desarrollados que en países en vías de desarrollo); no podemos perder de vista que el problema de las sociedades del siglo XXI es un problema de ética.

Donald Trump, Vladimir Putin, Kim Yong, Nicolás Maduro, tienen un problema de concepción ética, de valores y de responsabilidad social. Problema que expanden a la comunidad internacional para alentar un clima de miedo e incertidumbre que sirve a muchos intereses, menos al de la humanidad.

Es cierto que los miembros de los grupos que participaban en el rally a favor de la supremacía blanca el pasado sábado en Charlottesville tienen derecho a expresarse e incluso tienen derecho a reclamarle a su presidente Trump que no les haya cumplido hasta ahora muchas de las promesas que hizo en campaña. Incluso tienen derecho a cuestionar por qué America sigue sin ser Grande de nuevo; sin embargo, no tienen derecho a reavivar la llama del odio racial que tanto dolor ha causado alrededor del mundo (no solo en los Estados Unidos) y mucho menos tienen derecho a ser justificados por un presidente que hoy ha sentado otro precedente negativo en lo que respecta a justicia, libertad y equidad; pero que va por el mundo queriendo intervenir en Venezuela o hacer guerra contra Corea del Norte con el Destino Manifiesto en la mano.

 

Contacto:

Correo: [email protected]

Twitter: @ArleneRU

Linkedin: Arlene Ramírez-Uresti

Google+: Arlene Ramírez

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

Siguientes artículos

SICA apoya plan maestro para Golfo de Fonseca
Por

Los gobiernos de Honduras, El Salvador y Nicaragua presentarán un plan maestro de inversiones para potenciar esta región...