Si entendemos que el fracaso es una oportunidad para elegir, y que después de equivocarnos podemos corregir, entonces vencemos la parálisis y entramos en acción. Pero hay que moverse.

 

Uno de los principales obstáculos que enfrenta el emprendedor del siglo XXI es el miedo al fracaso. Inmersos en la vorágine de la competencia, atacados por dardos de información que se asestan por segundo, ante la inmediatez de los datos y el vértigo que tanta velocidad produce, las palabras éxito y fracaso ganan tamaño y crecen en forma desmesurada. Por ello, tanto el deseo de ganar como el temor a perder están sobrevalorados en estos días, se han convertido en gigantes a los que es difícil dimensionar. Ser exitoso o ser un fracasado son extremos de una recta tan desgastada que cualquiera tiembla ante la posibilidad del deshilvane. Antes de dar el primer paso, ya se siente el hoyo en el estómago del que se precipita al desfiladero profundo.

El miedo al fracaso es un mal común y pocos quieren hablar de ello. Es tan grave que paraliza incluso antes de empezarse a mover. El sentimiento que genera la posibilidad de perder llega a ser tan exagerado que gana un volumen descontrolado, ridículo. Crece como la mala yerba que ensucia el jardín, y se convierte en fobia. Se despierta una sensación intensa y desproporcionada que llega a causar palidez, malestar estomacal, sudoración excesiva, sequedad en la boca y, en fin, interrumpe en la vida hasta dejarnos sin movimiento. No imagino a Marco Polo, Américo Vespucio o Cristóbal Colón sintiéndose derrotados antes de zarpar; seguro dudaron pero encontraron la fuerza para hacerse a la mar.

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Hoy, el término fracaso nos lleva a una anticipación de consecuencias desfavorables, incluso catastróficas de escenarios hipotéticos. Se evalúa de forma negativa y general una situación concreta y se desestiman las propias capacidades. La preocupación lleva a pensamientos de escape y se reacciona evitando aquello que aún no se ha iniciado. No hay un fundamento para anteponer uno u otro escenario, pero se vislumbra con mayor fuerza la catástrofe.

Así, convertimos el miedo al fracaso en el mayor obstáculo de emprendimiento, ya que inmoviliza, disminuye la capacidad de ver con objetividad y de aprovechar ventanas de oportunidad. “El fracaso más grande es nunca haberlo intentado”, reza el proverbio chino y va lleno de verdad. No hay mejor antídoto para contrarrestar un temor que enfrentarlo. Recuerdo que cuando era niña me daba miedo que en la noche se metieran monstruos debajo de la cama. Para acabar con los recelos nocturnos, mi madre me obligó a asomarme y verificar. Al darme cuenta de que no había nada, se acabaron las pesadillas.

El origen del problema está en la desazón que nos provoca pensar en el fracaso. Nos da miedo perder porque hay un efecto de impotencia y no nos gusta sentirnos así. No nos seduce lidiar con la idea de naufragio ni con la incomodidad de una angustia que nos limita la posibilidad de actuar. No nos damos cuenta que al estacionarnos en ese estado, estamos haciendo lo que tanto tememos. Dejamos la razón a un lado, ¿cómo vamos a perder lo que todavía no tenemos? El miedo también nace de la convicción de que el éxito y el fracaso son elementos que nos califican como personas. Si soy exitoso, valgo; si fracaso, carezco de valor. Evidentemente, es una falacia, es decir, un argumento que parece válido pero no lo es. Avanza la confusión.

El análisis racional es el mejor contraveneno para este mal. Para atacarlo necesitamos definiciones y parámetros. Hay que tener un plan estratégico trazado y un proyecto bien prefigurado. El fracaso se debe definir con palabras y con números. Se debe delimitar para no anticiparlo, para no precipitarlo y para no temerlo desmesuradamente. Lo mismo sucede con el éxito: es preciso saber específicamente lo que significa para no dejarlo pasar de largo. Además, hay un secreto que casi nadie quiere compartir: el fracaso es una etapa en el proceso del éxito. En el mapa, la ruta también debe estar acompañada de paciencia y perseverancia. Uno de los mejores ejemplos es el del Thomas Alva Edison, quien antes de llegar a dar luz con un foco, falló 10,000 veces.

Otro secreto valioso es entender que la primera persona que debe definir lo que es el fracaso es uno mismo. Dejarlo en manos de otros es un grave error. Para muchos científicos y colegas de su época, Edison era un necio que sólo perdía tiempo y recursos; recibió críticas durísimas. En una ocasión, un reportero le preguntó por qué no paró en el error número 5,000. Él contestó: sabía bien lo que quería y ésas fueron nada más 5,000 oportunidades para entender que aquellos no eran los resultados esperados. Una serendipia lo llevó a encontrar lo que quería: el foco como hoy lo conocemos. Es decir, el foco fue producto de una casualidad científica. ¿Entonces? Edison supo identificarla al haber prefigurado al detalle qué era su éxito.

Si entendemos que fracasar es una oportunidad para entender y elegir, si sabemos que después de equivocarnos podemos corregir, vencemos la parálisis y entramos en acción. Pero hay que moverse. Cuentan que había un hombre que todos los días iba a la iglesia y se paraba frente a la imagen de San Judas Tadeo, patrono de las causas difíciles. Cada vez llevaba la misma petición: ayúdame a ganar la lotería. Siempre le contaba lo que haría con el dinero y cada ocasión se desesperaba más y le exigía al santo el milagro con peores formas. Hasta que un día la imagen del santo cobró vida y le dijo: ¿También quieres que me baje del altar y vaya a comprar el boleto?

También hay que tener la cara dura. Hay que dejar de lado la vergüenza que nos da la posibilidad de fracasar. Es mejor ser lógicos. Para arruinar un proyecto, hay que intentarlo. No se puede fracasar si no hay acción. El miedo al fracaso empieza antes de tiempo. El pánico nos sube al mito de creer que la inacción nos evita la ruina, y es al revés. La peor de las ruinas es hija del estancamiento. Hace falta recordar la inocencia de los niños. Cuando somos pequeños sabemos lo que queremos hacer y lo resolvemos por medio de juegos. Nada nos avergüenza. En la edad adulta titubeamos al definir una idea, al darle cauce, la dividimos, la volteamos de cabeza y perdemos el toque. Todo se rompe cuando intentamos controlar todas las variables, cuando queremos ordenarle el rumbo al medio ambiente, en vez de fluir con él.

Con miedo a fracasar dejamos de ver que podemos pedir ayuda, que hay profesionales que se dedican a dar consejo. Hay gente que, con mirada objetiva, ayuda a retirar los obstáculos del camino, sean reales o imaginarios. Hay expertos que saben distinguir un peligro de la desesperanza crónica, que saben convertir riesgos en fortalezas y debilidades en escenarios de oportunidad. Es preciso estar preparado a recibir consejos inesperados. Escuchar con atención las opiniones divergentes y en ocasiones novedosas ayuda a avanzar.

Hay un último secreto. El éxito está dotado de mucha publicidad. Todas las universidades nos ofrecen la llave del triunfo, los planes de estudio nos dan alas para tocar el cielo, los libros de autoayuda nos informan que todo aquello que podemos imaginar, lo podemos lograr. Parece tan fácil que da miedo ser el único tonto que no lo puede lograr. ¡Patrañas! Es preciso decir que no hay recetas inmediatas. Hace falta decir que el éxito cuesta mucho, que no responde a fórmulas mágicas ni da resultados inmediatos. Tampoco es eterno. Ése es el secreto. La maravilla es que el fracaso tampoco lo es. Hoy, como nunca antes, la Humanidad cuenta con herramientas para experimentar y corregir más rápido. Hoy es más sencillo caer al suelo, levantarse, limpiarse el polvo y continuar. Éxito y fracaso deben ser dimensionados, definidos y cuantificados. Así les perderemos el miedo.

El miedo al fracaso debe servirnos como mecanismo de defensa ante posibles peligros y riesgos que un proyecto puede y debe enfrentar, no como un inhibidor de creatividad o como un desacelerador del impulso emprendedor. Definir y parametrizar, analizar con objetividad y prefigurar planes alternos de acción nos acerca a conseguir los resultados deseados, en vez de estar imaginando monstruos que nos esperan por la noche debajo de la cama.

 

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Blog: Las ventanas de Cecilia Durán Mena

 

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