Durante por lo menos dos décadas, cada gobierno mexicano ha intentado sacar los ahorros de debajo de los colchones, de las tandas del vecindario o la oficina, y llevarlos a las instituciones financieras formales. Los teléfonos móviles lo están logrando.

 

Por Jennifer Juárez

 

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Las familias de escasos recursos utilizan un promedio de 10 instrumentos financieros, desde el crédito que tienen con la tienda de abarrotes hasta el préstamo que reci­bieron de sus familiares o amigos. Eso demuestran Daryl Collins y otros economistas en el libro Las finanzas de los pobres (Penguin Random House Grupo Editorial, 2014).

“Actualmente el efectivo todavía repre­senta 85% de las transacciones de pago en punto de venta a nivel global”, indicó en julio la Asociación Internacional de Cajeros Automáticos (Atmia). En México, 96% de las transacciones de pago que rea­lizan los consumidores (desde comprar un chicle hasta un auto) se hacen en efectivo, mientras que en economías desarrolla­das como Francia, Holanda o Singapur este indicador es de 40%, según datos de Mastercard publicados en 2013.

Durante ya dos décadas, cada gobierno mexicano ha intentado sacar esos billetes de debajo del colchón, de las tandas del vecindario o la oficina y de las libretas de tienditas de la esquina y llevarlos a las instituciones financieras formales. Es una lucha que también se lleva a cabo en todo el mundo en vías de desarrollo, en la que participan organismos internacionales como el Banco Mundial y organizaciones no lucrativas como la Fundación Bill & Melinda Gates.

¿Y para qué? El sistema financiero formal puede ayudar a reducir la pobre­za, crear nuevos empleos y desarrollar la economía al proveer instrumentos confiables para cumplir con las necesida­des de ahorro, crédito e inversión, según especialistas. Con el ahorro las familias pueden crear un patrimonio y enfrentar las emergencias sin que estas impliquen un desfalco; con el crédito mantener un ni­vel de consumo estable y con la inversión generar crecimiento o nuevos empleos, entre otros beneficios. Por ello, la inclu­sión financiera se considera una vía hacia el empoderamiento, según dijo la directora del Fondo Monetario Internacional (FMI), Christine Lagarde, en el Foro Internacio­nal de Inclusión Financiera que tuvo lugar en México en el mes de junio.

La inclusión financiera también ayuda a reducir los gastos por el uso de efecti­vo. De hecho, desde 2012, el gobierno mexi­cano se ahorra al menos 1,270 millones de pesos (mdp) anuales por haber intercam­biado, de efectivo a electrónico, el pago de sus nóminas, pensiones y parte de los bene­ficios sociales, según un informe publicado en 2013 por la organización internacional The Better than Cash Alliance, que cuenta con financiamiento de instituciones como la Fundación Ford y Visa, y es supervisada por el Fondo de Desarrollo de Naciones Unidas.

Así que, ¿cómo se planea lograr la inclu­sión financiera en México? El gobierno de Enrique Peña Nieto presentará la Estrategia Nacional de Inclusión Financiera, la cual se centra en sustituir el uso de dinero en efectivo por el de dinero electrónico; utilizar nuevas tec­nologías para ampliar el acceso a servicios financieros, bancarizar totalmente los pro­gramas sociales y la nómina del gobierno, fomentar el crédito a personas que no han tenido acceso a este y ampliar la infraes­tructura financiera para abarcar todos los municipios del sur y sureste del país.

A este esfuerzo se suman los intere­ses de bancarización de las entidades tradicionales, las sociedades de inversión y crédito, así como jugadores relativa­mente nuevos que prestan servicios de pago móvil.

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Las bases están puestas

“Las bases para la inclusión financiera están puestas”, dice el socio líder de la Industria de Servicios Financieros de la consultora Deloitte, Rony García.

“No veo que falte algo. Sólo es cues­tión de tiempo; todo está ahí: la situación política está ahí, las reformas de gobierno, los jugadores, el apetito interna­cional de entidades y los productos están ahí, así que básicamente lo que falta justo ahora es el punto de inflexión en el mercado mexicano”, coincide César Espi­noza, encargado de desarrollo de nuevos negocios de Mastercard.

Sin embargo, hay dos pequeños abis­mos sobre los cuales construir puentes antes de cantar victoria: en primer lugar, brindar acceso a servicios financieros a la parte más marginada de la población y, en segundo, consolidar el uso eficiente de los productos financieros formales que ya se encuentran en el mercado.

Tres de cada diez municipios en Méxi­co carecen de al menos un punto de acceso para hacer retiros y depósitos bancarios y solamente hay un punto de acceso por cada 1,000 adultos en el país, según el más reciente Reporte de la Comisión Nacional de Inclusión Financiera (Conaif), con datos de hasta diciembre de 2012. Seis de cada diez municipios en Puebla, Oaxaca y Yucatán no tienen ni siquiera un punto de acceso financiero, según el informe.

El éxito del programa de corresponsa­lías, que arrancó en el tercer trimestre de 2010 y ya es utilizado por tres de cada 10 mexicanos, es una de las mejores opciones tanto del gobierno como de las entidades financieras para ampliar la cobertura en zonas donde todavía es precaria o no existe, y donde los bancos y las entidades financieras populares no tienen suficientes incentivos para invertir en infraestructura.

Prácticamente cualquier changarro tie­ne el potencial de convertirse en un punto de acceso financiero, ya que una terminal les permite aceptar pagos electrónicos con tarjeta o móvil, pago de servicios como luz y teléfono, recargar saldo en teléfonos celulares y dependiendo del programa al que se afilien, acceder a créditos y aceptar pagos de tarjetas de subvenciones.

“Lo que se promueve es que haya agregadores que vayan a estos pequeños establecimientos, el transporte, o estos giros de médicos, abogados, etcétera, y les instalen terminales puntos de venta para que la gente pueda utilizar estas tarjetas ahí y se utilice menos efectivo”, dice Bernardo González, secretario eje­cutivo del Consejo Nacional de Inclusión Financiera (Conaif).

 

Un sistema abandonado

Una y otra vez, los especialistas en el sector financiero repiten una verdad sin números: la gente con una tarjeta de nómina o con un monedero electrónico otorgado por algún programa de subven­ciones acude a una sucursal bancaria o cajero el día de pago, retira todo el dinero de la tarjeta y opera el resto del mes con efectivo, en lugar de utilizar el instru­mento para hacer los pagos electrónicos para los que está diseñado.

Por cada 10,000 adultos en México hay más de 11,000 contratos de tarjetas de dé­bito y más de 11,000 contratos de cuentas de ahorro y a plazo. Sin embargo, sólo 35% de los adultos utiliza los instrumentos formales de ahorro. ¿Dónde quedan todas las demás cuentas de ahorro y débito? Algunos especialistas estiman que la mitad de estas cuentas pueden estar sub­utilizadas o simplemente abandonadas.

“No sólo tienes que ver la parte de la oferta de cuántos productos hay, sino qué tanto se utilizan”, dice González.

Según datos de la Secretaría de Hacienda, 97% de la población tiene po­sibilidad de acceso a servicios financieros formales. ¿Cómo lograr que los productos financieros lleguen a los últimos rincones y que la gente que tiene acceso a ellos realmente los aproveche? La respuesta tal vez no está en tu cartera, sino en tu mano.

 

¡Es el móvil, estúpido!

“Gran parte del reto es el acceso para la gente que actualmente está excluida, muchos de los cuales están en la base de la pirámide […] Nos consideramos una empresa tecnológica, aunque la mayoría de la gente piensa en nosotros como una compañía de tarjetas de crédito. Inten­tamos mejorar nuestras capacidades digitales para, ya sea mediante el teléfo­no celular o mediante distintos tipos de herramientas electrónicas, ofrecer a las personas servicios de alta calidad y bajo precio en lugares que típicamente eran muy difíciles de alcanzar”, dice Brandt, de Mastercard.

Tres de cada cuatro personas en México recargan “saldo” en sus teléfonos celulares para hacer llamadas, enviar mensajes y conectarse a Internet, según datos de la consultora The Competitive Intelligence Unit (CIU). Estas transacciones representan a nivel nacional 173,247 mdp anualmente, y la oportunidad de ofrecer este servicio y además ampliar el menú de operaciones electrónicas no ha pasado desapercibida ni en México ni en el extranjero.

Paul Coppinger, autodefinido “inven­tor”, nació, dice, “a un tiro de piedra” de México: en Phoenix, Arizona. A sus casi 50 años dejó la presidencia de Apriva, la exitosa empresa de seguridad de comuni­cación y pagos móviles que cofundó y de la cual todavía es accionista en Estados Unidos, y se mudó a la Ciudad de México para emprender Unipagos.

Con la aplicación Unipagos puedes crear una cuenta anónima en tu celular en tan sólo 30 segundos y en cuanto le ingre­sas dinero, recargar saldo, hacer pagos en establecimientos, compras por Internet, pagar servicios públicos e impuestos, hacer y recibir transferencias spei e inter­nacionales y vincular la cuenta con una tarjeta de débito o crédito.

“Uno de cada seis hogares en México es emprendedor, tienen típicamente un negocio familiar, venden agua, gas, paste­les o pan o lo que sea, y ninguno de esos negocios puede aceptar ninguna forma de pagos electrónicos […] Ahora incluso las microtiendas podrán proveer un servicio más competitivo y defenderse frente al avasallamiento de las cadenas nacionales”.

Cada transacción con Unipagos cuesta aproximadamente un peso, con excepción de las transferencias internacionales. Además planea ofrecer servicios de anuncios perso­nalizados, basados en los comportamientos de compra de los usuarios. “Ese tipo de marketing directo no puedes hacerlo con efectivo”, dice Paul Coppinger.

Una oferta similar hace Pademobile, una aplicación diseñada por el español Raúl Nogales y el mexicano José María Basagoiti, que inició operaciones en enero de 2013 en México y actualmente ya cuenta con más de cinco millones de usuarios; aproximadamen­te cuatro millones de ellos en México y el resto en España.

Además, en agosto arrancó servicios en Estados Unidos “muy orientado a la relación de la comunidad mexicana en Estados Uni­dos con sus familiares en México”, explica Raúl Nogales.

Pademobile agrega al menú la oportu­nidad de hacer retiros en efectivo en las tiendas 7-Eleven, además de ofrecer una innovador formato: en la plataforma App Exchange puedes chatear con los contactos de tu red, enviar y recibir imagen y video y hacer recargas de saldo para otras personas, envíos y recepciones de dinero y otras tran­sacciones financieras.

En el caso de Pademobile, sólo aproxima­damente 15% de las cuentas están vinculadas a cuentas de debito o crédito, lo cual nos hace preguntarnos: ¿los monederos electrónicos móviles son realmente inclusión financiera, cuando en su mayoría todavía se activan y “recargan” con efectivo?

“Lo que queremos es que los mexicanos que no tienen cuenta bancaria, que trabajan con efectivo, encuentren un camino tangible en inclusión financiera y que la gente vaya elevando el grado de conocimiento y cultura financiera”, dice Nogales.

“Hay que encontrar caminos y canales e ideas que de verdad beneficien a estas per­sonas y que esas personas encuentren útiles. Y eso hay que hacerlo con una mentalidad completamente diferente a la que ahora mis­mo se encuentra en el mercado”, agrega.

“Se observa un amplio espacio para desarrollar la banca móvil en el país”, con­cluye un estudio publicado en 2013 por BBVA Bancomer y GAUSSC, según el cual, 46% de las personas manifiesta interés en utilizar banca por celular.

Sin embargo, sólo 2% de los adultos en México tiene este servicio de banca móvil y 4.7% usa banca por internet, según los datos más recientes, de la Encuesta Nacional de Inclusión Financiera 2012 (ENIF).

“La banca móvil es el futuro para el tema de la inclusión financiera en México”, asegura García, de Deloitte.

Claramente hay un vacío de servicios financieros móviles en el mercado que están llenando nuevos jugadores. Con las reglas de la banca móvil delineadas en la reciente reforma financiera y con la infraestructura y penetración digital en pleno crecimiento en México, sólo queda ver quiénes serán los primeros en entregar el menú a un mercado de comensales, si no hambriento, al menos curioso de nuevas opciones.

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