En la nueva entrega de la trilogía más famosa del mundo la nostalgia y el revisionismo aprietan pero no ahogan, el relato camina por las leyes ya marcadas, llevándolas a su desarrollo lógico no obstante nunca sean quebradas.

 

Hace unos diez años George Lucas decidió expandir la trilogía original de La Guerra de las Galaxias, ganándose el repudio de miles de seguidores de la saga alrededor del mundo. Aunque financiera y técnicamente el trío de películas obtuvo buen resultado, no así con la crítica y el público. La chabacanería abundaba. Ya desde los 70 había quedado claro que el peor obstáculo de la franquicia era el mismo Lucas, un hombre de limitada (a veces de banal gracia) visión narrativa, lo que sólo terminó por confirmarse.

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La llegada de un nuevo episodio fue recibida con beneplácito, ¿podría J.J. Abrams arreglar la plana del creador y relanzar la marca a futuro? ¿Jugar al equilibrista combinando generaciones de seguidores sin dejar a insatisfechos en las butacas? Sí y no, porque en Star Wars: El despertar de la fuerza la nostalgia y el revisionismo aprietan pero no ahogan, el relato camina por las leyes ya marcadas, llevándolas a su desarrollo lógico no obstante nunca sean quebradas.

La Generala Leia Organa ha enviado a su piloto mas osado a una misión suicida: encontrar y poner a salvo un pequeño pedazo de mapa que podría ser la clave para hallar al último Jedi de la galaxia –Luke Skywalker–, quien lleva años desaparecido. Pero una fuerza se levanta de las antiguas cenizas del Imperio Galáctico, el Primer Orden (de marcada inspiración nazi, por si no había quedado claro), que no se detendrá ante nada con tal de ejecutar sus planes.

Quizá la mejor decisión de Disney, nueva dueña de toda la marca gracias a 4,000 millones de dólares, sea haber encargado el guión a Lawrence Kasdan, escritor del libreto del Episodio V: El Imperio contraataca, a distancia el mejor de la serie y ejemplo para muchas secuelas de cómo hacer avanzar una historia.

El regreso de la serialización al cine ha traído como consecuencia que héroes y protagonistas vivan a salvo a lo largo de los años, por qué preocuparse por alguien si sabes que vivirá para contarlo. No hay peligro, ni riesgo verdadero. Vean como ejemplo más claro las cintas producidas por Marvel, con superhombres incapaces de fallar. Esa sensación de estar en un rincón derrotado, abrumado por la desesperación del Episodio V, regresa por momentos de manera efectiva en El despertar…

Es loable lo logrado por Abrams y sus colaboradores, creadores de un perfecto vehículo pop, cumplidor en sus metas aun cuando la propuesta narrativa se quede en el pasado. No hay un nuevo génesis, sino un juguetón pasatiempo sobre las reglas ya establecidas. Los colores nunca se salen de las rayas, pero que bien se ven.

 

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