“Denme un punto de apoyo y moveré el mundo”

Arquímedes.

Cada proceso electoral es diferente, tiene su propia emoción, sus propias características y sus propias circunstancias. Es esa emoción subyacente que está en el inconsciente colectivo es la que, inadvertidamente, mueve al electorado ya en forma consciente a elegir y votar ya sea por uno u otro candidato. Porque finalmente, como dirían algunos especialistas, todo argumento racional se funda en premisas no racionales aceptadas desde la propia emoción. Así, las emociones constituyen un estado de ánimo de tipo social que es en última instancia el que determina por quién votan los ciudadanos, por quien no votan y por quien votarían en caso de tal o cual circunstancia.

Así, tuvimos una elección en el 2000 que se centró en el “cambio”. La emoción que dominó en ese momento era la de la esperanza hacia una alternancia democrática. La elección de 2000 se caracterizó por una tendencia antisistema contra el partido hegemónico. En este caso fue Fox el candidato que mejor pudo acercarse a la emoción primaria de la ciudadanía que -si bien era antisistema- planteaba un alternancia relativamente moderada y centrada de sacar a los dinosaurios de Los Pinos comparada con una oferta política alternativa de también antisistema -básicamente una vuelta a políticas económicas del pasado- que era la que ofrecía Cárdenas en ese momento. El electorado optó por el cambio con estabilidad, dejando atrás la radicalización o la continuidad.

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En el 2006 tuvimos una elección muy diferente, había una emoción distinta en el electorado. La emoción que dominaba era la del miedo. Miedo de ir hacia un modelo populista de país, en el que se limitaran las libertades, la política económica se anclase en políticas obsoletas y fallidas del pasado, el pavor a ir hacia una “venezuelización” que acabara con lo que habíamos construido. Las crecientes clases medias bajas fueron clave al negarse a poner en una “catafixia” los avances que habían logrado estos nuevos “clasemedieros” por una promesa incierta de un mejor futuro. La polarización, la efectividad de una campaña “anti” y los errores en la política del candidato de la izquierda -que exacerbó los miedos de gran parte de la ciudadanía- dieron como resultado un cambio. El electorado quería fundamentalmente estabilidad y no cambio.

En 2012, la emoción del hartazgo dominó la escena política. El surgimiento de la violencia con beneficios poco claros para la ciudadanía acabó por hartar al electorado. La sensación de que México perdía rumbo y estaba en guerra, el deterioro de la imagen internacional, así como el desgaste natural de 12 años de un partido en el poder dieron como resultado ese giro en los votantes que prefirieron ir hacia un cambio moderado que dar continuidad o ir al cambio radical.

En cambio, en 2018 estamos viendo una elección dominada por otro tipo de emoción: la molestia, en una sola palabra: la ira antisistema. De un electorado con ira hacia la clase política que, si bien no es fenómeno exclusivo de México y está en sintonía con lo que pasa a nivel global, tiene una gran molestia con muchos aspectos de nuestra sociedad actual. Muy particularmente molestia con la percepción de la corrupción, con los excesos en el ejercicio público, con el tema de la desigualdad y las oportunidades, así como también con el repunte de la violencia que ha irritado a la población en general. Y para muestra basta un botón:  la actual administración es la que ha tenido el mejor desempeño en la mayoría de los indicadores económicos de los últimos gobiernos: el mayor nivel de crecimiento económico y la mayor inversión extranjera directa en los últimos tres sexenios; el mayor nivel de creación de empleos y la menor inflación en los últimos cinco sexenios. Esto ilustra perfectamente que estamos frente a un tema que trasciende el aspecto de desempeño económico, en donde la ira y el malestar tienden a explicar más el sentir y revelan lo que es importante para la ciudanía.

Por definición, una elección con “ira antisistema” tiene implícita de alguna manera la idea de cambio. Sin embargo, la pregunta de ese electorado que todavía no se ha decidido por quien votar -alrededor del 25% de los encuestados- es el proceso de cambio mismo. Como vimos anteriormente, el cambio con estabilidad es algo que quiere la ciudadanía en México. En este sentido, uno de los grandes temas de discusión en las sobremesas y en la mente colectiva del electorado -aún con esa ira- es si las propuestas de cambio, con todo y sus matices, tendrán algo de estabilidad que no interrumpa lo que funciona del país. La percepción de estabilidad dentro de la idea de cambio se ha convertido en el lubricante, u obstáculo, para pensar en uno u otro candidato en una parte del electorado.

Históricamente, somos un país que nos cuesta trabajo y nos hemos resistido en cierta forma al cambio. Hemos tenido esta tendencia a privilegiar la estabilidad. Hoy en día en un mundo globalizado -y en un contexto de digitalización e híper conectado por medio de la tecnología- tenemos que cada vez es más necesario no sólo acostumbrarnos al cambio como la constante y la norma, sino también a aprovecharlo. Al mismo tiempo, también es innegable que el cambio es algo que genera resistencia -incluso a las personas más abiertas al mismo- y que dentro de cualquier cambio buscamos siempre cierta estabilidad. Y pareciera que en esta noción de cambio y estabilidad estamos atorados. Algunos candidatos se van por el cambio y otros por la estabilidad. ¿Y el cambio con estabilidad? ¿Con un punto de apoyo?

Sin duda, el candidato que mejor ofrezca propuestas de cambio antisistema con un cierto grado de estabilidad y estructura será el que estará en la mejor manera de capitalizar la emoción de “ira antisistema” y demanda de cambio. Y hasta ahora esto no está para nada todavía claro. Lo que sí es seguro es que lo que nos trajo aquí no es lo que nos va a llevar al futuro. El México que anhelamos requiere una buena dosis de reinvención y cambio. Y también requiere de estabilidad y estructura en medio de mismísimo cambio. Ya lo decía Arquímedes.

 

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