La banqueta se convierte en un espacio competido y arrebatado por decenas de intereses, menos el del interés común o ciudadano. Y las autoridades casi nunca se preocupan de mantenerlas libres, accesibles y transitables para los peatones.

 

 

No es un punto novedoso hablar de la disputa del espacio público ya sea por necesidad, ignorancia, prepotencia e impunidad, pero el tema ha llegado demasiado lejos.

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Desde siempre la organización social y política implementa el espacio público para la convivencia común y sin exclusiones, ordenar la circulación de diversos sistemas de transporte, los servicios básicos públicos y privados como los troncales de agua potable, drenaje, electricidad, telecomunicaciones, etc.; espacios de recreación y  también para definir la frontera entre la parte pública y la propiedad privada.

El desarrollo de las nuevas tecnologías tanto de transmisión, de equipos personales y creación de contenidos diversos, por un lado, y el desorden en la transmisión de energía eléctrica (legal e ilegal), por otro, han hecho una maraña desordenada de cables de telefonía y sistemas de televisión, convirtiéndolo en un interminable tendedero público que lucha con sostenerse en pie por el peso.

A nivel de piso, los propietarios de casas y negocios consideran que la banqueta y la calle que está frente a sí es suya y  tienen derecho de apartar el espacio o modificarlo a su antojo. La prioridad para ellos es que el auto pueda entrar sin contratiempos a su cochera sin importar si hay que poner una rampa que inhabilite la banqueta. También puede usarla como estacionamiento o para poner unas jardineras muy bonitas.

La moda (la buena moda) de andar en bicicleta por la ciudad envalentonó a los ignorantes de las reglas viales. Transitan por las banquetas o en carriles centrales de las calles, se pasan los altos, circulan en sentido contrario, se estacionan dónde quieren, no respetan los límites de velocidad, no se hacen visibles de noche, no llevan cascos o equipo de seguridad personal. Aquí incluyo también a las caravanas de bicicletas y motocicletas de servicios y  a los pizzeros kamikazes.

Luego está el comercio ambulante que generalmente tienen acuerdos legales e ilegales con las autoridades locales –previa cuota de por medio-, para ocupar la banqueta. Ya no digamos el comercio legal que también considera que su local es insuficiente y se extiende descaradamente a ocupar hasta el 90 por ciento de la banqueta. Si no me creen pueden darse una vuelta por la Condesa o la Roma.

Hace unos días la delegación Azcapotzalco anunció con bombo y platillo un nuevo sistema de depósitos de basura con contenedores soterrados, es decir, enterrados y con una embocadura a nivel de la banqueta que ocupa casi todo el espacio del peatón. El proyecto es muy bueno pero quitaron espacio público a los peatones.  Lo mismo podemos decir del mobiliario urbano público y privado que muchas veces es más útil para la publicidad que para el ciudadano.

A todo esto hay que agregar la privatización de calles y banquetas que realizan particulares o bandas organizadas que administran esos espacios para permitir que sean ocupadas por automovilistas o el valet parking a cambio de una cuota. Nada nuevo.

La banqueta, pues, se convierte en un espacio competido y arrebatado por decenas de intereses, menos el del interés común o ciudadano.

Las autoridades pocas veces o casi nunca se preocupan de mantener las banquetas libres, accesibles y transitables para los que deben circular por ahí, que son los peatones. Todo lo contrario de las calles o las avenidas donde las direcciones de obras públicas y vialidades se aprestan a resanar, tapar baches, pintar las rayas, colocar los señalamientos, etc., incluso los automovilistas se indignan o levantan la voz cuando su vialidad tiene un pozo que “maltrata” o daña su vehículo.

Las autoridades locales se desagarran las vestiduras en el discurso para defender a la comunidad discapacitada, solidarizarse con ella y anunciando su medida estrella: las rampas. Es así como las esquinas se llenan de rampas en apoyo a los discapacitados. Una medida totalmente inútil si un par de metros adelante la banqueta está obstruida, ya no digamos para que circule una silla de ruedas o una persona con bastón o muletas, muchas veces ni siquiera para un peatón común.

El mantenimiento de las calles que se deforman de manera natural por las raíces de los árboles o las fracturas geológicas, o de manera deliberada por “genios” que deciden poner losetas o pisos que hacen juego con el estilo arquitectónico o los acabados de un edificio pero que en la realidad afecta al peatón cuando colocan productos no aptos para exteriores.

Al final de cuentas, un recorrido a pie es una aventura zigzagueante, con trayectos combinados entre calle y banqueta, librando todo tipo de obstáculos, pidiendo permiso a ambulantes y automovilistas para pasar e incluso tener cuidado de no pisar los excrementos de perros que no fueron levantados por sus dueños.

Y así, podemos hacer un largo recuento de todo lo que sucede en una banqueta.

Los peatones hemos perdido la batalla de su espacio público, hemos sido avasallados por la impunidad, la corrupción, la prepotencia y la incapacidad gubernamental, que consideran las banquetas un espacio para todo menos para los peatones.

Las zonas peatonales deben ser territorios seguros para los ciudadanos, así como existen reglas básicas de tránsito para preservar la seguridad de los automovilistas o cualquier vehículo de ruedas, los peatones exigimos ese mismo respeto que busca transitar con seguridad, sin sobresaltos en el único espacio común que le queda.

 

 

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