Por Alfredo Kramarz*

 

“Hay que describir lo pasado, conocer lo presente, predecir lo futuro” (Hipócrates, Epidemias I). La cita define los contornos de la prematura historia clínica -acumulación del saber experiencial, descripción exacta de los hechos y formulación de un pronóstico- y aleja al médico de la antigüedad del sacerdocio o de la adivinación. Los siete libros de Epidemias, conjunto de anotaciones derivadas de visitas médicas, influirán por su método en los estudios históricos y será Tucídides -coetáneo a Hipócrates- quien indagará en la díada peste/política; una interpretación que debería releerse siempre que la humanidad esté amenazada por una enfermedad que ocasione altos niveles de mortandad.

Tucídides desveló los orígenes de la guerra del Peloponeso limando los elementos míticos de las causas del conflicto. Un proyecto intelectual que invita a trazar sugerentes paralelismos con otras épocas y que cautiva a los especialistas en relaciones internacionales que se declaran amantes del realismo. La descripción del segundo año de guerra es la llave maestra que abre el candado del conflicto y es la fase en la que se declara la peste en Atenas, un tiempo de muerte e inmoralidad.

El historiador es un testigo que confiesa su enfermedad y en su estilo de escritura observamos reminiscencias del corpus hipocrático, por ejemplo: la enumeración detallada de los síntomas (vómitos, ulceras, ampollas) o su referencia al calor sofocante (aspecto que recuerda el interés de Hipócrates por recopilar los datos climáticos o meteorológicos que acompañaban al desarrollo de las enfermedades). Describe una ciudad que muere sin remedio y su tono estremece al lograr transmitir los motivos del desanimo: los generosos fueron los primeros en contagiarse. Evoca un paisaje desolador con la intención de que el lector conozca las razones de porque la ciudad afortunada cayó en desgracia.

Aquella narrativa de los acontecimientos -los inicios del método semiótico inferencial diría Wenceslao Castañares- salta del ruedo de la historia a la arena literaria a través de La Peste de Albert Camus. El texto fue publicado en 1947 y su trama tiene como escenario fantasmático Orán. Es una alegoría de la Francia ocupada/colaboracionista y permite a su autor contar como una ciudad feliz deja de serlo. Si Tucídides observó el comportamiento de las aves ante los cadáveres insepultos y la reacción de los perros, Camus señalará lo que pasa desapercibido en una plaga de ratas muertas. La diferencia conceptual entre ambos relatos estriba en la capacidad de los médicos de leer los signos de la enfermedad y en la confianza otorgada al individuo que está dispuesto a intervenir en el curso de la historia.

La peste en la Atenas clásica o en el Orán literario vincula epidemia con descomposición moral de la sociedad y revela una lógica cultural subyacente en la reacción pública ante la “calamidad”: ¿Estigmatizamos a los afectados o diseñamos puentes de solidaridad con los atrapados por el destino? ¿Es el cosmopolitismo culpable de la extensión de un mal letal? Preguntas que nos sitúan ante el precipicio etimológico de la palabra epidemia: “visitas a ciudades extranjeras” (Werner Jaeger, Paideia); en realidad un mero reflejo de la condición ambulante del médico y que, a pesar del vértigo, no responde a su uso actual.

El coronavirus de Wuhan -una “peste” moderna- es otro punto de encuentro de la epidemia con la política. Difunde entre los espectadores la percepción de una imagen apocalíptica del mundo sobretodo cuando la experiencia está mediada por un background compuesto de guiones zombis y fomenta especulaciones que apuntan a ciertos animales salvajes como portadores del virus. Alarma a la ciudadanía por el recuento diario de los fallecidos y favorece impactantes decisiones biopolíticas como la construcción televisada de un hospital en 10 días. Introduce dudas en la transparencia de las estadísticas oficiales, desata conjeturas sobre el perfil de los propagadores y genera un miedo que es tentado por la xenofobia (Tucídides ya habló de los rumores que explican a los profanos lo que vive oculto en los decesos: los peloponesios envenenaron los pozos).

Toda tragedia crea a sus propios liquidadores y gracias a ellos sobrevive lo decente. Hoy vemos en los médicos enfermos por el virus una apología de la responsabilidad individual y en sus malogradas vidas resplandece el carácter del juramento hipocrático. Cuando todo pase -ojalá sea pronto- despejaremos las dudas sobre el sentido de su sacrificio: ¿Sus nombres pasarán a integrar una épica progubernamental o serán los héroes comunes de la moral crítica? Atenas, Orán o Wuhan -ciudades dañadas por la peste real o imaginada- nos hablan de la naturaleza humana y en su resolución también expresan las funciones de lo político.

 

Contacto

Doctor en Humanidades por la Universidad Carlos III de Madrid

Experto en Política y Relaciones Internacionales

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