DW.- La quema de la selva amazónica con sus jaguares, monos y coloridas aves, ha captado la atención pública de todo el mundo. La destrucción de las turberas cubiertas de musgo, por el contrario, apenas ha llamado la atención mediática. Sin embargo, la protección de estas áreas, que almacenan el doble de carbono que los bosques, es fundamental en la lucha contra el cambio climático.

Las turberas surgen cuando restos de plantas se sumergen en terrenos encharcados. Con el tiempo, se acumula materia orgánica en forma de turba, con el carbono de las plantas almacenado allí. Cubren alrededor del tres por ciento de la superficie terrestre y se encuentran repartidos en 175 países, principalmente en el norte de Europa, América del Norte y el sudeste asiático.

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Escocia presenta un porcentaje particularmente alto. El 2O% de su superficie terrestre (alrededor de 1,7 millones de hectáreas) está compuesta de turba, principalmente en las islas menos pobladas del norte y del oeste.

Décadas de degradación

Sin embargo, el gobierno escocés estima que alrededor de un tercio de estas áreas (unas 600,000 hectáreas) están dañadas. Las turberas de Escocia se originaron en áreas anegadas por el derretimiento de los glaciares durante la Edad de Hielo. Permanecieron intactas durante miles de años hasta que los agricultores comenzaron a cavar zanjas para drenar el agua hacia los ríos.

Las turberas pueden almacenar más del doble de carbono que los bosques.

Tales zanjas datan de la época romana en algunas partes de Gran Bretaña, pero durante la década de 1950 se intensificó su construcción en Escocia, con la llegada de nueva maquinaria y subvenciones gubernamentales destinadas a mejorar el pastoreo.

Sin el agua ácida que caracteriza a las turberas, los restos de plantas muertas comienzan a degradarse en la turba, liberando dióxido de carbono (CO2) a la atmósfera. El sol y el viento aceleran el proceso.

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Planes de restauración

Con el fin de corregir los errores del pasado, el gobierno escocés ofrece a los terratenientes subvenciones para rellenar las zanjas de drenaje que cavaron sus predecesores. Este año se han distribuido un total de 16.3 millones de euros (unos 18 millones de dólares). Se espera que para finales de 2020 se hayan recuperado 50,000 hectáreas, y 250,000 para 2030.

La restauración se hará de dos maneras, según Andrew McBride, que trabaja para Scottish Natural Heritage, la agencia gubernamental responsable de la asignación de subvenciones. Se rellenará una zanja con turba de las cercanías o se construirá un dique de madera dentro de la zanja para frenar la pérdida de agua y regar la turbera.

Cuando se bloquean las zanjas, el agua de la lluvia aumenta el nivel del agua subterránea. La erosión se detiene y en dos años regresan plantas típicas como el musgo. En un plazo de cinco a quince años, los humedales volverán a estar en pleno funcionamiento, según McBride.

La velocidad es clave

“Queremos hacer las cosas lo más rápido posible”, señala a DW, “porque obviamente hay una emergencia climática”.

Las turberas de Escocia cubren alrededor del 20 por ciento del país.

McBride cuenta que los terratenientes se muestran interesados en la restauración de sus propiedades, ya que los beneficios agrícolas del drenaje no han resultado ser tan grandes como se esperaba. Según McBride solo mejoró el terreno colindando la turbera. Asimismo, el drenaje de las zanjas también causa problemas. En las grandes haciendas, las ovejas errantes a menudo caen en las zanjas y se quedan atrapadas.

Escocia también está tratando de restaurar sus turberas mediante la deforestación selectiva. En la década de 1980, el gobierno británico introdujo incentivos fiscales para animar a los propietarios de tierras a drenar las turberas para poder plantar árboles. Esto fue un doble golpe para los humedales. Primero el drenaje secó la tierra y luego los árboles absorbieron el resto de la humedad del suelo.

Aunque los árboles absorbían carbono a medida que crecían, eso no compensaba la pérdida de CO2, liberado a la atmósfera por la destrucción de las turberas.

Las protestas de los conservacionistas terminaron finalmente con los incentivos fiscales y ahora incluso la agencia del gobierno escocés, Forestry and Land Scotland, pretende transformar en cinco años 2,500 hectáreas de bosque en turbera.

Amenaza por animales

Las ovejas y los ciervos que comen y pisotean las plantas son la tercera gran amenaza para las turbas. Con depredadores naturales extinguidos hace mucho tiempo, como el lobo y el lince, los ciervos se han propagado masivamente en Escocia, dañando muchos de sus ecosistemas. Con el fin de controlar las poblaciones, se han creado grupos para la gestión de la vida silvestre en todo el país.

Despliegue de bomberos en las turberas de Indonesia a principios de 2019.

Los grupos están formados por terratenientes vecinos que controlan las poblaciones de ciervos disparando a los animales más viejos. “Ahora se espera cada vez más que los grupos coordinen proyectos de expansión de turberas y bosques, además de proyectos de gestión de la vida silvestre, como una contribución a la agenda del cambio climático”, explica Richard Cooke, presidente de la Asociación de Grupos de Gestión de Ciervos (ADMG, por sus siglas en inglés).

En abril de 2019, Escocia declaró una “emergencia climática” y su gobierno se propone alcanzar emisiones “netas cero” para 2045. Las emisiones de las turberas no están incluidas actualmente en las estimaciones oficiales del Reino Unido, pero lo estarán en el futuro, por lo que, a menos que se restauren, será mucho más difícil reducir las emisiones de Escocia.

Las turberas de todo el mundo, especialmente las de Europa, se enfrentan a problemas similares a las de Escocia. Hans Joosten, un destacado investigador de turberas, cuenta a DW que cerca de la mitad de estos humedales han sido drenados en Europa, especialmente en las regiones densamente pobladas del oeste, centro y sur.

Medidas de protección global

La restauración de las turberas es clave para alcanzar los objetivos climáticos de Escocia.

Países de todo el mundo están tratando de restaurar sus turberas. En Sudáfrica, la conservación de la naturaleza se ha combinado con la reducción de la pobreza. El programa gubernamental “Trabajando por los Humedales” ha recibido 56,6 millones de euros (unos 63 millones de dólares) de financiación y ha creado 15,000 puestos de trabajo para rehumedecer y controlar la erosión de 20 turberas.

En Europa, no se ha producido ningún drenaje importante desde 1990, pero en otros lugares continúa a día de hoy. Malasia e Indonesia son responsables de la mitad de las emisiones de efecto invernadero procedentes de las turberas de todo el mundo. Allí se han drenado grandes áreas para cultivar aceite de palma, lo que provoca frecuentes incendios forestales. En Uganda y en la Amazonía occidental del Perú, las turberas también se están drenando cada vez más para fines agrícolas.

Joosten se dedica a la restauración de turberas, pero quiere subrayar que las soluciones naturales solo contribuyen menormente a la lucha contra el cambio climático. “Las turberas no van a salvar al mundo”, dice. “Tenemos que reducir nuestras propias emisiones, que no podrán ser compensadas por las turberas u otros ecosistemas”, concluye.

 

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