Si la reputación de un producto se merma, si una marca pierde prestigio, si la corporación se mancha resultará muy complicado limpiar su imagen. La pérdida del componente ético supone para cualquier compañía una condena segura hacia la desaparición.

 

Hasta hace muy poco, el mundo empresarial se circunscribía a asuntos financieros, fiscales o legales y era casi impensable incorporar temas filosóficos. El lema parecía ser: un lugar para cada cosa y cada cosa en su lugar, es decir, los empresarios no hablamos de filosofía, pues esos son cuestiones concernientes a otros terrenos. Me atrevería a decir que había cierto prurito para evitar esa materia y lo mejor era evitarse esas honduras en la medida de lo posible. Sin embargo, de unos años a la fecha, las doctrinas del pensamiento van avanzando para tomar un lugar protagónico en el escenario corporativo.

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Lo que empezó como una tendencia débil se fue potenciando. Las empresas se empiezan a preocupar por su prestigio, entienden que la reputación es una influencia que va más allá. En esa condición, el componente ético se está incorporando en el vocabulario de dueños de pequeños y grandes negocios, así como de ejecutivos de corporativos internacionales. Actualmente, el ingrediente ético es un factor de éxito.

El panorama no es sencillo, los pronósticos económicos no son alentadores y, por si fuera poco, la evidencia de los estragos que causa la corrupción salta a la vista. La descomposición del tejido social es como una gran grieta que se abre, primero como una pequeña fisura que en un parpadeo se convierte en un abismo profundo e insondable que amenaza con devorarnos. Ante el sumidero, resulta imposible observar sin sentir vértigo. Frente al despeñadero hay dos opciones: abrazar valores éticos o pasarlos por alto. Ambos caminos tienen consecuencias.

Los datos duros evidencian los resultados que da caminar por rutas torcidas. A nivel global, la corrupción avanza rápidamente. La Universidad de Johannes Kepler, en Austria, calculó que los actos de corrupción importaban 1% del total del Producto Interno Bruto de España. En la zona euro, el importe alcanza la cifra de 120 millones de euros anuales. En México, según datos del Observatorio Económico, la cifra se eleva a 2% del PIB nacional.

La vergüenza de estas cifras no queda nada más en el escándalo, también hay que sumar el perjuicio económico, el impacto social desfavorable y el costo del desprestigio de las empresas. Una empresa que ha exhibido su proclividad a la corrupción está haciendo un mal negocio. El mal comportamiento de una corporación repercute en la sociedad en su conjunto.

Por desgracia, es difícil valorar en lo particular lo que es evidente en lo general. Resulta posible que un individuo esté convencido de actuar en forma recta en lo personal, pero en el terreno empresarial puede caer en la tentación de darse licencia de actuar sin atender a los principios éticos. No es hasta que las corporaciones empiezan a ver afectado su patrimonio, sus ventas y utilidades cuando se enteran de que la corrosión entra cuando le abrimos la puerta causando grandes daños, a veces, irreparables.

No se trata de perder de vista que el fin último de la empresa es generar utilidades. Los negocios se abren para hacer dinero. Eso es cierto y es así. Un proyecto que no es capaz de generar beneficios va camino a la muerte. Lo que también es cierto es que un negocio que quiere generar utilidades a como dé lugar y que quiera obtener dinero sin parar a reflexionar sobre la rectitud de sus actos también se está condenado a morir.

Las empresas están empezando a detectar los riesgos que se enfrenta en un escenario en el que el prestigio se ha perdido. Los ingredientes de fraude, corrupción, soborno, la falta de transparencia, la ausencia de un buen gobierno corporativo, se traducen en pésimo servicio al cliente, malos productos que se entregan al mercado, incoherencia entre lo que se dice y se hace.

Un negocio que es incapaz de sostener las condiciones de una negociación, de respaldar lo dicho y de cumplir lo prometido se va desgranando hasta quedar totalmente inmaterializado. El riesgo que implica tener una mala reputación impacta directamente a los resultados de la empresa. Los resultados son catastróficos: al perder la confianza, se reducen los ingresos y empieza a girar una rueda purulenta que enferma a la corporación.

Desde este punto de vista, ¿quién puede negar la importancia de la ética en el terreno empresarial? Según la firma PwC, la pérdida del componente ético supone para cualquier compañía una condena segura hacia la desaparición. Si la reputación de un producto se merma, si una marca pierde prestigio, si la corporación se mancha resultará muy complicado limpiar su imagen.  Evidentemente, una compañía que entrega menos de lo que dijo, que hace trampa para llegar antes, que toma atajos prohibidos, tarde o temprano, reducirá sus ventas, perderá clientes y será rechazado por proveedores. No hay reto más complicado y con menor probabilidad de éxito que el querer restaurar un ícono de corrupción.

Todavía hay empresarios que piensan que los temas éticos deberían estar reservados para el púlpito. Concientizar sobre los beneficios que tiene el actuar conforme a la corrección toma tiempo. Claro, todo se acelera cuando somos conscientes que un fraude puede impactar irreversiblemente la caja de la empresa y puede poner en riesgo el ciclo del negocio en marcha.

Hay que hacer consciencia: la corrupción destruye todo. Abraza los ámbitos macroeconómicos y también a nivel micro, erosiona la fertilidad empresarial y acaba con el ímpetu creador. No. El camino ético no es fácil, sin embargo, es mucho más redituable y seguro.

 

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Blog: Las ventanas de Cecilia Durán Mena

 

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