“Me and Mrs. Jones, we got a thing going on / We both know that it´s wrong / But it´s much too strong to let it go now…» susurra Kevin Spacey al micrófono mientras damas vestidas de gala sostienen en eterna pausa un suspiro de alabanza. Sentado sobre un taburete, mira al foro sabiendo que tiene un as bajo la manga; nadie esperaba encontrarse hoy con Frank Sinatra. Ento­nando “Mr. Bojangles” y con unos pasos de baile rítmi­cos más, ya tiene al público femenino a sus pies, pero quiere más. Los caballeros le miran asombrados pero reticentes. Así que Spacey les ataca con la artillería pesada: el humor. Su cambio de registro es súbito, sin llegar a desconcertar o extrañar. Es él mismo, pero en otra faceta. Como si fuese un poliedro encerrado en una caja de espejos; una cara reflejada mil veces, siempre igual, pero con algo diferente.

Pocos lo saben, y muchos menos lo han oído en directo. Por eso acudimos a Miami desconcertados por la presencia de Kevin en el escenario. Paul di Mare —chair de la gala junto con su esposa Swanee— nos confiesa —minutos antes de que el actor irrumpa en la palestra— que cuando preparaban el evento, él se decantó por invitar a Michael Bublé. «Nadie sabía que cantaba y cuando le oímos —Kevin pasó un mes en la ciudad pre­parando el espectáculo— ya no quedó ni un ápice de duda: el show iba a ser un éxito.» El protagonista de la velada revela que le encanta dar conciertos y está par­ticularmente feliz de ayudar a recaudar dinero para los programas educativos que tienen en Arsht Cen­ter. «Hice un taller mientras preparaba la gala y pude conocer a algunos artistas emergentes de Miami. Tie­nen mucho talento», asevera el protagonista de House of Cards.

La posibilidad de escuchar al actor entonando un vasto registro de melodías no está al alcance de cual­quiera, por abultada que sea su cuenta corriente o numerosas sus propiedades internacionales. En esta ocasión, y para celebrar el octavo aniversario del Arsht Center de Miami, los invitados desembolsaron un mínimo de 2,500 dólares. Spacey no vio ni un centavo. Toda la energía y encanto que desplegó en el escenario fueron gratuitas, destinadas a sufragar una buena causa; transmitir el valor intangible que se desprende en el escenario. No podía haber mejor representante sobre las tablas para demostrarlo.

Kevin es sinónimo de complejidad. Es Frank Underwood en House of Cards, y también Frank Sina­tra sobre el escenario. Es Ricardo III sobre las tablas del teatro y Roger Kint, un ambiguo tullido —papel por el que recibió un Oscar— en The Usual Suspects y American Beauty. Durante los últimos 12 años ha sido el director artístico del teatro Old Vic de Londres. «El teatro es orgánico; el cine, no», asegura. Para Spacey, el teatro está vivo. Implica emociones que no se pueden revivir. La actuación cambia cada día y no se congela en el tiempo como en una película. «En el teatro siem­pre puedo ser mejor la noche siguiente. Y, como actor, es increíble.»

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Su viaje por el sinuoso sendero de la interpretación empezó gracias a Jack Lemmon —quién no recuerda a la encantadora Daphne en Some Like It Hot— y su consejo para que se convirtiera en actor. Cuando tenía 13 años asistió a un taller de teatro dirigido por él, su “ídolo”. Al ver a Kevin actuar, Jack se acercó y le dijo: «Eso fue excelente, chico. Tienes que ir a Nueva York y estudiar para ser actor.» Y es exactamente lo que hizo; se inscribió en la Escuela Juilliard lo antes que pudo. Entre sus recuerdos más valiosos está haber compar­tido tiempo y escenario junto a grandes actores en producciones profesionales. «Nunca olvidaré ver las actuaciones de Katharine Hepburn o Jack Lemmon en obras de teatro cuando era joven.» Lemmon fue el gran mentor de su vida. «Jack tenía una frase que ahora he adoptado como propia. Creía que si aciertas eligiendo tu camino, si eres capaz de darte cuenta de tu ambición, estás obligado a “enviar el ascensor de vuelta abajo”.» Esa es la razón por la que Spacey se aventuró a entrar en el universo de la filantropía y creó la Fun­dación Kevin Spacey (KSF). Quiere ser el mentor del talento emergente.

A través de las becas KSF desarrolla proyectos crea­tivos para que los artistas emergentes exploten la pasión que atesoran, descubran su auténtico potencial y logren tener éxito en el competitivo mundo de las artes escénicas (teatro, danza y música) y el cine. «Me encantaría mantener el ascensor en movimiento, y en buen estado de funcionamiento, para que podamos subir a tantos pasajeros como sea posible. Creo que es responsabilidad de todos donar tiempo, esfuerzo, concentración y, si se puede, dinero para causas en las que uno cree.» Como filántropo se asegura de que su donación llegue exactamente a donde debe llegar. «A veces se destina demasiado dinero a gastos de administración, así que me he propuesto verificar que el dinero va a quienes más lo necesitan, y no sólo a cubrir los costes de funcionamiento de una organización.»

Spacey cree firmemente que las artes escénicas pueden beneficiar a los niños más de lo que pensamos, e invierte tiempo y recursos en este ámbito. «Como herramienta educativa, las artes pueden enseñar a un joven sobre su propia autoestima y darle la confianza necesaria para ponerse de pie frente a un grupo y presentarse a sí mismo. Por no hablar de todo lo que el arte puede hacer para encender y avivar la imaginación de un niño.»

 

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