Muchas empresas aún creen que para innovar hay que buscar la inspiración en mercados maduros, en casos de éxito de fuera, en importar productos… La verdad, eso no es suficiente.

 

En 1971, el diseñador, antropólogo y profesor austriaco Víctor Papanek publicaba su famoso libro Diseñar para el mundo real. En éste reflexionaba sobre los beneficios de solucionar problemas complejos a través de la exploración de las necesidades reales de las personas. Años después, en los ochenta, Rolf Faste, de la escuela de Stanford, popularizó el término design thinking como método formal creativo para la resolución de problemas.

Sin embargo, a Víctor Papanek no se lo conoce por esta pionera aproximación al campo de la innovación centrada en el usuario. Al profesor Papanek, por lo general, se le reconoce por su defensa a ultranza de un diseño social y ecológicamente responsable de productos y servicios para las comunidades. Visionario como pocos, no podemos negar que sus aportaciones han sido fundamentales a la hora de visualizar un mundo mejor, colocando en el centro a las personas, y promoviendo la generación de soluciones desde una perspectiva local: “Casi todas las necesidades de los países en desarrollo deberían resolverse in situ”, afirma el profesor. Detrás de este posicionamiento yace una simple cuestión capital en el design thinking: la observación y la empatía como herramientas de cambio.

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Apenas con la comprensión real e implicación de aquel que sufre el problema podrá surgir una solución relevante y duradera, que tenga un impacto significativo en las personas, la sociedad y las instituciones públicas y privadas. En muchas empresas todavía hoy en día se cree que para innovar hay que buscar la inspiración en mercados maduros, en casos de éxito fuera de nuestras fronteras, en importar productos y servicios existentes allá fuera. La verdad, eso no es suficiente.

Es adecuado escuchar e implicar a los que realmente tienen la necesidad, co-crear localmente la solución con agentes in situ, y escapar de modelos simplemente “importados”. Es fácil dejarse deslumbrar por lo que viene de fuera, especialmente si viene de un mercado maduro. Sin embargo, la innovación real y con mayor impacto es aquella que proviene de las mismas entrañas, aquella que surge para solucionar un problema propio.

Dicen que la creatividad y las formas de expresión más innovadoras surgen de lugares y épocas con escasos recursos, guerras o crisis: Apple de un garaje, el Guernica de Picasso de un bombardeo, o FedEx de la crisis del petróleo del 73. Países en desarrollo como China, México, Turquía o Brasil son el futuro de la innovación centrada en los consumidores, ya no sólo por su potencial de crecimiento económico y social, sino porque además son expertos en creatividad en situaciones adversas. En un mundo cambiante, complejo y globalizado, ser una empresa innovadora, adaptable y flexible es una ventaja competitiva. Sin duda, los países en desarrollo son los que están más preparados para escuchar e implicar a los que realmente tienen las necesidades: las personas, ¿listos para exportar innovación?

 

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