El cine de ficción mexicano parece estar alejado de nuestra realidad, al menos el de producción más robusta y marqueteable, enfrascado en comedias románticas o crisis existenciales de personajes con la vida resuelta, distanciados de la cotidianeidad que viven miles de paisanos. Se entiende, el cine es un producto de entretenimiento, un escape para evadirnos de la realidad opresiva del país.

Sin embargo, un par de veces al año, el cine documental se esfuerza por regresarnos a tierra, poniendo el dedo sobre la llaga hasta que el dolor o la incomodidad selle las imágenes en nuestra mente. Pensemos en las infamias cometidas contra la protagonista de Tempestad (2016), los avasalladores fotogramas de La libertad del diablo (2017), o las mentiras tejidas por el gobierno en Hasta los dientes (2018), por mencionar algunos ejemplos recientes.

En la novena edición del Festival Internacional de Cine UNAM (FICUNAM) se exhibe uno de los ejemplos más recientes de esta tendencia: Niña sola. El primer largometraje de Javier Ávila tiene como protagonista a Arcelia, una madre de Tijuana que desde hace varios años busca justicia para Cintia, su hija asesinada. Un crimen que, como muchos, pasó desapercibido ante la ola de violencia que vive nuestro territorio.

La cámara de Ávila acompaña a Arcelia en un doloroso recuento del día en que a Cintia le fue arrebatada la vida, además de explorar cómo llegó su vida a ese punto (pasando por el nacimiento de sus hijas, el maltrato de su primer marido y su extensa/conflictiva relación con “Omar”, el principal sospechoso del asesinato) y darle voz a la hermana mayor de la joven, también enfrascada en una relación llena de violencia.

El documental se convierte así en una radiografía de la violencia contra la mujer en México, donde el machismo (ejercido por mujeres y hombres por igual) es mitigado por las estructuras familiares en que nos desarrollamos. Sin olvidar la poca prevención y educación para actuar a tiempo en este tipo de casos.

En una de las escenas claves de la película, se escucha en pantalla a la hermana de Cintia y a Arcelia narrar lo normal que lucía Omar, un hombre sin rasgos “aparentes” de su comportamiento errante. Al mismo tiempo, Ávila muestra un grupo de jóvenes jugando futbol, luchando en una cancha, sugiriendo que el próximo violentador podría ser cualquiera. Lo monstruoso está enmarcado por la normalidad. No todos la desarrollarán, aquellos que sí lucen como “cualquiera”.

Es un hallazgo visual que Ávila repite a lo largo de la historia, ilustrando una y otra vez cómo la sociedad nos empuja a normalizar comportamientos violentos o a tolerarlos. Cuando recuerda cómo la madre de Omar la culpaba a ella por los celos enfermizos de su hijo, la cámara muestra un escaparate con uñas postizas o con vestidos de quinceañera, por ejemplo, para mostrar esa cárcel creada por el machismo.

Como lo explica el joven realizador: “uno como hombre nunca sentirá el miedo que ellas sienten. Soy muy consciente de eso y no pretendo decir cómo son las cosas. Mi perspectiva no es la de una mujer, pero todos somos parte del problema. Yo me siento parte del problema por ser hombre. Es preocupante que los hombres no sientan remordimiento, es una enfermedad.”

 

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