Como Arquitecto mexicano especializado en preservación histórica, Carlos Huber dio un giro a su futuro y creó la marca Arquiste con el objetivo de transportar al usuario a momentos evocadores de la historia a través del sentido del olfato. ¿Su último proyecto? Recrear la opulencia olfativa del inicio de la alta sociedad neoyorquina.

“El recuerdo es el perfume del alma”, decía George Sand, seudónimo de la rebelde escritora francesa Aurore Dupin —baronesa Dudevant por matrimonio—, que acostumbraba a fumar en público y llevar pantalones en la constreñida sociedad  decimonónica.

Para Huber, “el perfume es una cápsula del tiempo”. Ambos tienen razón. El perfume siempre apela a la memoria y al tiempo como aliados en el juego. Carlos llegó por casualidad a este universo olfativo. “Me contrataron en Ralph Lauren para renovar edificios históricos donde iban a ubicar tiendas, como la de París o la de Nueva York. Conocí a Rodrigo Flores, también mexicano, el perfumista con el que más colaboro hoy día. Nos hicimos buenos amigos y, como siempre me ha atraído el mundo del perfume, comenzó a darme clases. Es mi mentor”.

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Huber se define como un desarrollador de perfumes. “Tengo la idea y selecciono los ingredientes”. El perfumista es el alquimista. El símil con la arquitectura es perfecto: él coordina la “obra” olfativa. “Imaginé restaurar o reconstruir momentos que te lleven a una historia emocionalmente seductora, ya sea un convento donde las monjas cocinan un chocolate o un bar en Londres donde humea una pipa de tabaco mientras paladeas un gin-tonic. Mi labor de arquitecto entra ahí: no dejas que un material gane a otro”.

Acaba de asociarse con St. Regis para desarrollar el aroma de la firma hotelera, presente en todos los hoteles del mundo a  través de la vela Caroline’s Four Hundred. Mientras nos sentamos en la mesa del chef Olivier Deboise, en J&G Grill, y nos presenta un plato de sashimi de salmón con mayonesa de chipotle, Carlos reconoce que “el mundo del perfume es un negocio lento.

Convencer a alguien de que use una fragancia nueva es un reto. Además, hablamos de creaciones personales. Aunque no sea mi historia la que se plasme en una esencia, decido cada detalle de ella. Si a alguien no le gusta, te duele, pero también hay que saber aceptar el ‘no’”.

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¿Qué es lo más difícil de ser emprendedor?

Conquistar el miedo a qué va a funcionar o no. Hay empresas que están 50 años en la cumbre y luego colapsan. Siempre vas a tener que invertir, innovar, tomar riesgos…  Conseguir separarse emocionalmente del negocio es difícil. Hay que lograr una relación sana con él.

¿Por qué elegiste la historia de Caroline para el aroma de la vela?

A Caroline Astor se le considera la fundadora de la alta sociedad neoyorquina. Creó una serie de rituales como anfitriona que se convirtieron en su sello. St. Regis se convirtió en heredero de esas tradiciones a través de su hijo, fundador del hotel. En un artículo de 1904 leí cómo eran las fiestas, hablan muy detalladamente de las flores. Para mí era bonito evocar estos valores: hospitalidad, saber ser un gran anfitrión, dar la bienvenida… Es la carta de presentación de un hotel. Y son valores femeninos, por eso la figura de Caroline era importante. La vela es un acceso moderno a ese universo olfativo, y lo hemos democratizado abriendo el club de los 400.

¿Qué significa esta aventura?

Tengo una pasión enorme por lo que hago, así que mientras más oportunidades y estabilidad tenga para seguir con este negocio, mejor. Para mí es una alianza prestigiosa e internacional. Mi marca es joven, así que es un activo importante. Es una inversión financiera. A diferencia de lo que hice con J. Crew, donde le vendí los perfumes finales, con St. Regis es un proyecto conjunto. Decidimos comprar entre los dos una cantidad de producto. Comenzamos con 2,000 unidades, y soy responsable de la mitad del stock. La vela es el primer ejercicio, luego viene el spray. Cuando lo presenté las asistentes se lo ponían en la piel, ¡y es para el ambiente! Tenemos una relación a largo plazo y una exclusividad, lo cual como emprendedor es importante.

¿Las velas son un buen negocio?

En Europa vender velas no es un negocio. El mercado te orienta. Esta vela se vende a 80 dólares. En Europa y Estados Unidos mis perfumes están casi a la par en precio, pero en Japón tengo que subir el precio.

¿Tu último perfume?

Nanban. Su historia es sobre un galeón que atraviesa el Pacífico con una comitiva de samuráis a bordo, la primera embajada de Japón en el extranjero. A su paso fue recolectando maderas tropicales, cuero español, incienso, pimienta negra y otras especias exóticas. Es un viaje que nunca se volvió a repetir. Justo después, los japoneses cerraron sus puertas a Occidente durante más de 250 años. Es uno de los perfumes más cautivantes que hemos hecho Rodrigo Flores-Roux y yo.

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