Conocido en el mundo de la moda como el artesano de la aguja, Azzedine Alaïa es el último creativo de la alta costura parisina: no diseña, esculpe. Durante siete años no organizó ningún desfile, no publicita su marca y en el 2011 se negó a dirigir  Dior. Un genio con una visión propia de la industria más bella.

Por Patricia Erroz

Huye del star system. Para él, la moda no es una máquina de fabricar dinero. Azzedine Alaïa no brilla por su look extravagante de famoso diseñador. El franco-tunecino de 75 años posee una figura peculiar, es bajito y regordete. Siempre viste quimonos oscuros. Además, reconoce abiertamente su timidez. El leit motiv de su vida —y probablemente la razón de su éxito en el mundo de la alta  costura— es que funciona con sus propias reglas. Su independencia es su bien más preciado y nada ni nadie pueden arrebatárselo. Ha dicho que no sin titubear a proyectos por los que otros diseñadores hubiesen vendido su alma.

Se confiesa alérgico a las entrevistas. Estudió Escultura y, quizá por eso, su reconocida destreza le lleva a conseguir vestidos que brazan y envuelven el cuerpo de la mujer a la perfección. Cuando ingresó en la Academia de Bellas Artes de Túnez lo escondió a su padre durante un año. El disgusto familiar fue mayúsculo. Su tijera es como un cincel que da forma a las telas esquivando el peso y la gravedad. Es un maestro de la sensualidad y de la belleza.

Alaïa nació en Túnez en 1940. Llegó a París a los 17 años, ciudad en la que se formó y que le ha consagrado como un auténtico artista en el mundo de la moda. Ha trabajado con grandes diseñadores como Christian Dior, Guy Laroche y Thierry Mugler. Ha vestido a mujeres de la talla de Greta Garbo o Grace Jones. Hoy, Michelle Obama, Victoria Beckham, Gwyneth Paltrow, Eva Longoria o Nicole Kidman, entre otras, visten su firma. Hasta Lady Gaga quiso que diseñara su vestido de novia.

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ALAÏA Y NAOMI CAMPBELL

El modisto es el padre emocional de la top de ébano. Fue él su auténtico descubridor. Le recordaba a Josephine Baker. Alaïa pidió a Campbell que se probara algunos de sus vestidos. El flechazo fue inmediato a pesar de que su cuerpo no estaba plenamente desarrollado. Él la acogió en su casa, ella recién había llegado a Londres y tenía 15 años. Le preguntó si podía trabajar con él en sus desfiles y ella le respondió que tenía que llamar a su madre. «Sólo puede quedarse si la acoges en tu casa», espetó esta. La top pasó largas temporadas en el desván del diseñador. Cuando necesitaba ropa —Naomi siempre se ríe al contarlo— sólo tenía que bajar a la tienda y elegir algún atuendo del modisto. Desde entonces ella es su musa y le llama «papá».

Alaïa no es un diseñador común. Cuando cree que ha terminado una colección es cuando la presenta, y no cuando el calendario indica que es Fashion Week. Llegó a estar siete años sin presentar una colección con un desfile. No le importó, los editores de moda y sus más fieles seguidores lo continuaron venerando. Se ha labrado un nombre internacional en apenas medio siglo y sin publicidad. «No pienso en la elegancia cuando hago mi ropa. Creo en el cuerpo de la mujer. Para mí es lo que realmente importa».

Coherente con lo que piensa, Azzedine cree que el mundo de la moda ha demostrado ser una industria poco cuerda. Opina que no hay por qué presentar hasta ocho colecciones al año. «No sé de dónde sacan las ideas», ha señalado en referencia a sus compañeros de profesión. Ha llegado a advertir que el mundo está cambiando rápidamente y con él la industria de la moda, pero no por ello considera que hay que fabricar colecciones sin parar. «Podríamos hacer un menor número de colecciones y obtener los mismos resultados. No perdemos dinero si hacemos menos», afirmaba en una de las escasas entrevistas  que ha concedido a un rotativo europeo.

Su ropa es casi siempre oscura. Trabaja con nuevos materiales y no para de innovar. Sabe mezclar con osadía distintas texturas, aunque siempre intenta que los materiales se ajusten al cuerpo de la mujer como una segunda piel. Su lema: «La base de la belleza es el cuerpo». No obstante, sus prendas no pasan de moda. Sin conocer cuándo fueron diseñadas, un vestido confeccionado en los años 90 puede encajar perfectamente en la propuesta de moda de 2015. En este sector esta cualidad poco frecuente se conoce como Zeitgeist. No sigue las corrientes y tampoco le preocupao importa. Su éxito radica ahí.

Le interesan las posibilidades que una tela o material  pueden ofrecerle a la hora de esculpir el cuerpo de una mujer, la forma en la que lo puede manipular para idealizarlo. Busca una obra atemporal. En la década de 1980, por ejemplo, cuando la tendencia eran las prendas amplias, él apostó por ceñirlas al cuerpo. No cree en la ropa unisex y siempre ha pensado que las mujeres van a estar más cómodas si sienten que van bien vestidas. Cuenta que Greta Garbo llegó a su taller cuando ya contaba con cierta edad. Le sorprendió que siempre le pidiera abrigos de hombres. Le cubrían el cuello y las manos de forma que podía esconder su vejez. Alaïa consideró que se trataba de algo moderno y elegante. Todo el mundo usaba minifalda.

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Aquí la segunda parte de esta historia

 

 

 

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