Esteban Cortázar, único latinoamericano incluido este año en el programa oficial de la Semana de la Moda de París, funge de anfitrión y nos muestra su Bogotá natal, una ciudad vibrante que despunta en la escena mundial del ‘arte callejero’. 

Cuenta la leyenda que en 1538 fray Domingo de las Casas ofició una misa en una iglesia levantada con medios y materiales rústicos  cerca de la actual catedral de Bogotá, situada en el barrio de La Candelaria. Ese día, la región recibió el nombre de Nuevo Reino de Granada, y el pueblo se llamó, en un inicio, Santa Fe. La historia de este núcleo urbano ha sido turbulenta durante cinco siglos. Y requeriríamos varias decenas de páginas para dar un mínimo contexto de su evolución.

En la década de 1950 algo cambia. Comienza una etapa profundamente cultural y se desarrollan a velocidad considerable disciplinas como la  arquitectura, la escultura, la pintura, la música o la literatura. En 1991, la nueva Constitución otorga una predominante estructura administrativa a esta ciudad y Bogotá se convierte en Distrito Capital. Hoy más de nueve millones de personas insuflan vida al corazón de Colombia y sus muros cubiertos de graffiti nos hablan de ciudadanos de mente abierta y espíritu libre.

Al aterrizar me recibe una calidez humana inesperada y una cantidad de ceros desorbitada en cualquier etiqueta que veo a mi alrededor: 100 mil pesos colombianos son unos 34 dólares, más o menos, así que el susto de la primera factura es mayúsculo.

Ian Ciappara, gerente del hotel W, nos comenta que Bogotá se ha convertido en la «nueva capital de moda en Suramérica». ¿La prueba? En la habitación me recibe un aterciopelado y jugoso albornoz verde con detalles dorados —un guiño a las esmeraldas y el oro colombiano— firmado por el diseñador Esteban Cortázar, que a la edad de 23 años fue director creativo de Emanuel Ungaro.

Muchos conocen una parte de la historia que el graffiti del bar lounge —firmado por El Pez, artista español miembro de Vértigo Graffiti— del hotel W relata a base de aerosoles fosforescentes. El descubrimiento del Nuevo Mundo es un amalgama de mitos y leyendas fascinantes. La leyenda de El Dorado y otros mitos del , de Christian Kupchik (Nowtilus, 2008), relata cómo la fiebre del oro fue la guía de todas las promesas e ilusiones, motivando más de una matanza. «En medio del delirio y la codicia, una leyenda se impuso sobre todas: la existencia de una ciudad de oro donde sus habitantes vivían eternamente, su nombre: El Dorado».

Según relatan en el Museo del Oro del Banco de la República —cuya colección es Monumento Nacional— en la aldea de Guatavita el jefe del poblado Muisca practicaba un rito: desnudaba su cuerpo y se cubría de pies a cabeza con una capa de oro molido y piedras preciosas. Era el «hombre dorado». A orillas del lago, el cacique navegaba sobre una balsa hasta llegar al centro, saltaba al agua y dejaba que se desprendieran de su cuerpo los tesoros. Era una ofrenda. Pero ¿por qué lo hacía? Para expiar la culpa por la muerte de su esposa. Ésta yacía en el fondo del lago ahogada por voluntad propia. Se había enamorado de otro hombre y su esposo, al enterarse, ordenó asesinarlo.

«El mito de los rituales ancestrales cobra vida en cada detalle de W», señala Ian. Las camas se iluminan en la base para dar la sensación de ser la balsa del cacique, el tocador se cubre de ‘pepitas’ doradas —aumentan cuanto más cara es la suite—, y la piscina del hotel posee una escenografía que le asemeja a la laguna de la leyenda.

El Dorado

Visión de ‘insider’

Mientras degustamos el menú Farm-to-Table en Market Kitchen, del chef Jean-Georges Vongerichten, nos empapamos de la fascinante trayectoria de Esteban Cortázar. Una suerte de leyenda moderna de la moda. El anglocolombiano lleva una década sin vivir en Bogotá y va a ser nuestro guía. ¿La genda perfecta según Esteban? Descubrir la galería Casas Riegner, visitar
la casa-estudio de Mateo López uno de los artistas más prometedores  de Colombia—, caminar por la calle de los Anticuarios para empaparnos de la creatividad nacional y visitar Artesanías de Colombia, un local que reúne piezas de todo el país para incentivar el desarrollo artesanal sostenible y conservar el patrimonio cultural.

Cada vez que Esteban regresa a Bogotá hace lo mismo: «Puedo parecer aburrido, visito a mi familia —adora a su abuela, tanto que es la invitada estrella en la cena celebrada en su honor en el hotel W—, acudo a cenas en casa de amigos y siempre voy a Andrés Carne de Res». Un lugar único en el mundo, imposible de describir. Hay que vivirlo. Cuando le pedimos que nos dé un referente para entender su cultura señala a Carlos Vives. «Personifica todo lo que los colombianos somos».

Hotel W

Graffitti Tour

Desde 2008 nueve de los mejores artistas de graffiti de Colombia tienen un objetivo en mente: «Que el graffiti colombiano sea protagonista en las nuevas tendencias mundiales de este género y, sobre todo, se enmarque como una expresión artística de alto impacto social». Camilo Fidel, abogado y miembro de Vértigo Graffiti, nos guía por Bogotá —una de las ciudades que más mima esta disciplina junto con Berlín— para comprender el significado de las pinturas murales que responden al instinto primario de pintar.

Letras como símbolos: iniciales con forma de flecha significan movimiento y velocidad, siluetear una corona es la autoproclamación de ser el ‘rey de la zona’, etc. Aprendemos que hay tres categorías distintas de graffiti de acuerdo a su elaboración más o menos detallada.

Y también nos revelan cuál es el alfabeto que utilizan los vándalos —aquellos que no quieren ‘hacer arte’ sino destruir espacios públicos— a lo largo y ancho del mundo. Imprescindible ver El beso de los invisibles, el graffiti más emocional y grande de la ciudad. «El graffiti sólo se da donde hay libertad. No es bueno ni malo, es una herramienta de comunicación». Una experiencia cultural innovadora y realmente propositiva.
vertigograffiti.com

Graffiti Hotel W

Alerta Foodie

Las mejores recomendaciones siempre vienen del corazón de un buen gourmand. Jonathan Schmidt, W Insider, nos desvela algunos de los restaurantes que los viajeros con paladar inquieto deben probar.
whotels.com/BOGOTA
@WHotels

Cacio e Pepe
Esencia pura italiana en mitad de la capital con un diseño interior contemporáneo. ¿Nuestra recomendación? Las coles de Bruselas —sí, nunca lo hubiésemos averiguado sin probarlas— con aderezo de miel-limón, nueces pecanas y semillas de mostaza; quesos Brie y Manchego fundidos con speck, chile y miel; tortelloni de ahuyama con mantequilla dorada, salvia y crocante de almendras y como colofón dulce el Napoleón de manzana con crema pastelera, crumble de arequipe, caramelo y helado de vainilla.
cacioepepe.com.co

Madre
Un homenaje a la mujer, por eso sus platos tienen nombres femeninos. Ubicado en el barrio de La Candelaria, ocupa un antiguo edificio de aspecto industrial. Para acceder a Madre hay que cruzar un pequeño centro comercial donde las esmeraldas y el oro dan la bienvenida. Su especialidad son las pizzas al horno de leña, como Dolores (berenjena, alcachofa, pimentón y mozzarella de búfala) y María Antonia (mozzarella, arúgula, jamón serrano y tomate).
madre.la

Bandido
Bistró con influencia francesa en la decoración y en la mesa. Aquí las largas sobremesas tienen prioridad. Situado en la calle de los Anticuarios —donde encontramos interesantes tiendas de moda y diseño—, tiene música en vivo de miércoles a sábado durante la noche. Los platos más demandados: pulpo a la parrilla, lomo a la bearnesa y ensalada de cous cous. Pero su punto fuerte es el ambiente, sin duda.

Bandido03