El viaje continuaba por Andalucía. Ahora la carretera era protagonista y nos acercaba a Montefrío, un pequeño pueblo de 6,500 habitantes enclavado en un barranco.

 

Lo primero que llamó nuestra atención fue la Iglesia de la Encarnación, pues su cúpula es un círculo perfecto, que por su aspecto podría ser, sin duda alguna, un templo ubicado en Turquía, y no un recinto católico. En su interior no encontramos gran lujo, pero la acústica del lugar fue una muestra de su perfección al ser construida. Recorrimos cada una de sus pequeñas calles, en las que no hace falta repetir que el color que mandaba era el blanco, decoración característica de todo el sur de España, así como sus patios públicos.

Subimos la cuesta que nos llevó hasta el Castillo de La Villa, otra fortaleza que sirvió durante la dominación árabe para controlar desde la altura el territorio y alertar la llegada de enemigos. Nos resultó impresionante ver en sus muros pequeñas cuevas en las que con dificultad podrían caber dos personas acostadas y saber qué éstas servían como hogar a los refugiados de la guerra civil española, quienes para sobrevivir vivían en su interior.

La iglesia, construida en la cima de la montaña, tiene una arquitectura sencilla, pero la larga caminata valió la pena cuando subimos al campanario y vimos un panorama que incluía las casas blancas, la cúpula circular de la Encarnación y, a lo lejos, los campos de olivos, en los que aún sobrevivían rastros de nieve.

 

Antequera

2okContinuamos la ruta hasta llegar a Antequera, un municipio de casi 50 mil habitantes ubicado en la provincia de Málaga. Nombrada por sus locales como una comarca por descubrir, no pudimos sucumbir al encanto de este pueblito en el que –aunque encontramos características similares con los que habíamos dejado atrás en el recorrido– la hospitalidad y su toque de ingenuidad nos hicieron disfrutar con ánimos renovados lugares como la Real Colegiata de Santa María la Mayor y el Parque Nacional del Torcal. Nuevamente pudimos contemplar desde las alturas, ahora en este lugar, la belleza total del pueblo. Aquí no sólo se trataba de casas pintadas del mismo color; tiene un aire medieval que la hace especial, y esto se complementa con las montañas que lo rodean, especialmente la Peña de los Enamorados (una piedra casi vertical bautizada así debido a una leyenda según la cual un cristiano y una mora prefirieron lanzarse desde lo más alto de ella antes que renunciar a su amor), así como sus baños romanos, su castillo árabe, una gran cantidad de iglesias barrocas y palacios renacentistas.

Para cerrar a la perfección el tiempo que dedicamos a este lugar, pasamos la noche en el Convento de la Magdalena, un antiguo monasterio del siglo XVI recién remodelado que aún conserva el ambiente de un sitio de oración.

 

Osuna

3Este pueblo nos dio la bienvenida a la provincia de Sevilla. Una vez más pudimos disfrutar de paisajes plagados de campos de olivo y cereal, así como los restos del periodo musulmán, renacentista y barroco.

En cuanto entramos a la Colegiata de Santa María de la Asunción, una mujer dedicada a su custodia me tomó del brazo para llevarme inmediatamente ante la imagen de la virgen de Guadalupe. Después de haber creado un primer vínculo con este gesto, nos llevó a ver lo que se conoce como la catedral más pequeña del mundo: una capilla que cuenta con una colección de lienzos de José de Ribera, El españolito, realizados expresamente para el duque de Osuna. En su interior también está el Panteón Ducal, donde reposan los restos mortales de la nobleza local.

Aunque el cansancio parecía ganar la batalla, no pudimos perdernos la visita al Monasterio de la Encarnación, en el que vimos la imagen del Cristo que llora sangre, una estremecedora estatua hecha por Alonso Cano y que sin duda es el símbolo del lugar.

Esta escala nuevamente sirvió para que fuéramos deleitados por la gastronomía de la región. Fuimos agasajados con un banquete de pucheros, gazpacho, migas y repapalillas (un platillo hecho a base de huevo, leche, harina, ajo, perejil, cebolla y bacalao), todo esto acompañado de un delicioso vino de la casa, con el que recuperamos energía para seguir al próximo destino.

Colegiata de Santa María de la Asunción.

Colegiata de Santa María de la Asunción.

 

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