El Duke de Wellington, un militar irlandés del siglo XIX fue la inspiración para este contemporáneo restaurante en la Colonia Condesa.

 Una tradicional casona de los años 40 fue remodelada para crear un ambiente íntimo envuelto en paredes grisáceas, largos gabinetes, sillones de estilo vintage y un alto techo que da espacio a un jardín vertical a modo de terraza interior.

El lugar resulta un rincón poco pretencioso sobre la calle de Ámsterdam con no más que un pequeño letrero que indica el nombre. Sin embargo, al entrar se encuentra un amplio espacio con una larga fila de mesas que se prestan a largas sobremesas. El salón principal es el que da la bienvenida para desayunos sustanciosos y cenas románticas. Sin embargo, para algo más privado se encuentran los salones del segundo piso que incluso tienen el estilo de un tradicional cigar lounge inglés.

 

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La cocina franco-inglesa es la que cubre las páginas de su menú. Platos tradicionales de ambos países europeos adquieren una personalidad propia en este restaurante que juega con grandes porciones. Por ejemplo, como entrada tienen los tradicionales escargots, pero también se animan a experimentar con fusiones de ingredientes como el robalo con mango caramelizado o las cremas realizadas con leche de almendra o de coco. Además, tienen opciones de platos veganos para quienes son exigentes con su alimentación. La carta de bebidas tiene una buena selección de vinos y coctelería con ginebra, mezcal y whisky.

En Forbes Life hicimos una visita a este nuevo rincón de la Condesa para elegir aquellos platos que no podrían dejar de probarse. La hora de la comida resultó bastante tranquila, con tan solo unas cuantas mesas ocupadas, por lo que es una excelente hora para disfrutar de una comida sin preocupaciones. Ya que si lo que se busca es sentir el ambiente en su mayor expresión sin duda se debe visitar para cenar en fin de semana.

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Elegir un carpaccio resultó difícil, pues tienen una muy buena selección que va desde los tradicionales como el de res hasta algunos más exóticos como el de avestruz. Nos quedamos con el de atún con semilla de mostaza que resultó una opción muy fresca para verano.

La sopa de cebolla no podía faltar en esta selección, pues aunque se trata de un clásico es una de las mejores en la ciudad. Con toques de vino tinto, la porción es bastante generosa, con un gran trozo de pan que se envuelve con el queso gratinado.

 

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Nuestro favorito definitivamente fue el Filete Wellington, pues la combinación de sabores es victoriosa, no por nada es la especialidad de la casa. Este filete de res con aceite de trufa está envuelto en una primera capa de setas con paté de foie gras y una última capa de hojaldre al horno. Por supuesto, acompañado de un cremoso puré de papa.

Y aunque después de todo pareciera que ya no se debería ver la carta de postres, esto es inevitable. Los profiteroles son una buena opción para compartir porque son tres piezas pequeñas. El giro está es que uno de los tres helados que se presentan es de plátano. ¿Cómo saber cuál es? Sólo probándolo, pero al descubrirlo es una agradable sorpresa.

Para cerrar no nos podíamos ir sin disfrutar uno de sus lattes. Como el resto de las opciones del menú, viene en una amplia taza y con una grandiosa capa espumosa.

 

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