Los cómics y los superhéroes están de moda. Desde la década pasada, el cine apoderó poco a poco del papel para nutrir al celuloide. Muchos lo habían intentado con anterioridad (Corman, Burton, Donner), sólo el avance tecnológico permitió a los nuevos dioses tomar la pantalla del cine por completo hasta controlar el imaginario colectivo. Sus hazañas se resuelven entre pixeles y pantallas verdes, sabemos que son falsos, imposibles, pero eso no disminuye nuestra adoración por su poder.

El amplio espectro de los hombres con grandes habilidades y mallas apretadas tiene un nicho especial para aquellos que intentan ofrecer alternativas más aterrizadas, más terrenales. Piensen en Lloyd Kaufman con su Vengador Tóxico (The Toxic Avenger, 1984) o el Darkman (1990), de Sam Raimi. No dejan la fantasía y la irrealidad de lado, pero sus aventuras están nutridas de un elemento casi mundano.

El cineasta de origen indio M. Night Shyamalan (El sexto sentido, El fin de los tiempos) propuso una revisión similar en el 2000 con El protegido (Unbreakeable). La premisa de dicha cinta era, en realidad, muy sencilla: ¿qué sucedería si Superman no supiera que es Superman y un día casi por accidente lo descubriera? ¿Cómo funciona un hombre con sus dones en nuestro cotidiano? Era una película que nunca olvidaba su lado humano. Fragmentado (Split, 2017) intenta una jugada similar, aunque el mito a revisar en esta ocasión no es del último hijo de Krypton, sino el del protector de Ciudad Gótica: Batman.

Tres adolescentes esperan ir a casa después de la comida de cumpleaños de una de ellas, al subir al automóvil son secuestradas por un hombre. Al despertar descubren que se encuentran encerradas y que su captor parece cambiar constantemente de estado de ánimo y comportamiento. La realidad es que Kevin (James McAvoy), su secuestrador, tiene 23 personalidades listas para tomar el control de su cabeza en cualquier momento.

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Alejado del cine de alto presupuesto (por su bien), Shyamalan ha encontrado una nueva vena creativa en su trabajo. Atrás parece haber quedado la ineptitud para el gran espectáculo de El último maestro del aire (The Last Airbender, 2010) y Después de la Tierra (After Earth, 2013). La restricción monetaria lo llevó a regresar a su lado más contenido y, por momentos, humano.

Fragmentado es muestra de ello: la cinta hace un paralelo entre la tormentosa niñez de Cassey (la solvente Anya Taylor-Joy) y la de Kevin. Ambos son víctimas de maltrato infantil y su etapa adulta se encuentra marcada por esas experiencias. La mente de uno de ellos optó por la locura, en lugar de la retracción, como herramienta para superar el trauma infantil.

Es dicho espacio nace la revisión al mito de Batman. A diferencia de otros superhéroes, Bruce Wayne nunca abandona su humanidad, puede combatir con verdaderos dioses, no obstante su fragilidad siempre está presente. Su mente podrá ser superior (el alcance de su cartera también), sin embargo su cuerpo está condenado a permanecer vulnerable. Es, además, el héroe más cercano a su lado oscuro, es un vigilante que tiene poco interés por seguir las reglas sociales si estas no se apegan a su sentido de justicia. El origen de su obsesión por la justicia nace del asesinato de sus padres a temprana edad. Ése es el trauma que da forma a sus dos personalidades.

Batman es, en esencia, un loco que sale todas las noches vestido de murciélago para aterrorizar a sus adversarios. Bruce Wayne y Batman son dos entidades distintas conviviendo en el mismo cuerpo, tema que ha sido explorado en los cómics por autores como Grant Morrison (R.I.P Batman) o Darwyn Cooke (Batman: Ego). Curiosamente Lego Batman (2017) explora temas similares a los de Fragmentado. Objetivamente Batman debería estar encerrado junto a los locos que combate.

Por eso Fragmentado comparte algo más que un par de tomas con El protegido. Shyamalan reinterpreta la figura del Caballero Oscuro, ubicándola en un plano (hasta cierto punto, claro) más real. En un mundo lleno de “universos” cinematográficos, Shyamalan plantea el suyo alejado de las apretadas mallas de Marvel.

 

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