Si el nuevo Godzilla tiene un tema, éste es el de la soberbia humana contra la naturaleza y su eminente pequeñez cuando ambas colisionan.

 

 

 

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En su sorpresiva ópera prima, Monstruos: zona infectada (Monsters, 2010), el director Gareth Edwards implementaba un acercamiento al cine de monstruos que arrancaba en un asunto trivial y escalaba poco a poco hasta llegar a un final épico. Las criaturas no eran tan importantes como los sentimientos humanos, incluso la humanidad era vista como la verdadera monstruosidad. Hay una aproximación temática similar en Godzilla (2014).

La última intentona por hacer una versión hollywoodense del famoso kaiju japonés fallaba gracias a que era una demostración de fuerza, llena de efectos especiales –de dudosa calidad– y personajes sin mucha resonancia emocional. Además dirigió uno de los reyes del espectáculo vacío, Roland Emmerich. Así, Edwards opta por desarrollar primero a sus personajes para, después, desatar la furia del depredador más grande sobre la tierra.

Si el nuevo Godzilla tiene un tema, éste es el de la soberbia humana contra la naturaleza y su eminente pequeñez cuando ambas colisionan. Una y otra vez las decisiones tomadas por los humanos palidecen contra la furia desatada de la Tierra. El individuo es un ser insignificante, el dominio del hombre es una ilusión. Nada más.

Posterior a un intro que remarca los aspectos darwinistas de Godzilla, la historia toma como personaje central a Joe (Bryan Cranston), encargado de una planta nuclear en Japón que pierde a su esposa tras un incidente en las instalaciones. El suceso ha provocado un distanciamiento entre Joe y su hijo, Ford (Aaron Taylor-Johnson), un soldado experto en desactivar bombas con una linda esposa (Elizabeth Olsen) y un cachetón retoño. De esta manera, padre e hijo se convierten en el núcleo emocional de la película, sobre todo en un primer tercio que podría destantear a varios por su falta de “acción”.

La propuesta no termina de cuajar por la notoria mano del estudio imponiendo decisiones en actores y situaciones que rompen con el tono general de la cinta. A pesar de muchos intentos la carrera de Taylor-Johnson como protagonista no levanta y su talento tampoco, la decisión de colocarlo como cara de la franquicia a futuro lastima el producto final. A diferencia de Cranston, no tiene la capacidad de catalizar emociones con un simple fruncir del rostro. Un monstruo preñado es otro cliché que parece estar hondamente enraizado en el imaginario norteamericano.

Es interesante ver el uso que hace el director de sus influencias. En una jugada que recuerda

a Tiburón (Jaws, 1975) y, sobre todo, a Parque Jurásico (Jurassic Park, 1993), Edwards se toma su tiempo en mostrar a la bestia en su máximo potencial destructivo. Creando tensión poco a poco, dejando que la torpeza humana y su soberbio comportamiento cobren verdadero peso dentro de la trama.  A diferencia de Emmerich, quién sólo copió los tics visuales spielbergianos durante su turno al bat. Asimismo, su monstruo recupera la ambigüedad del Gojira original, que ha sido villano y héroe por partes iguales.

A pesar de las imposiciones, el talento de Gareth Edwards es suficiente para dotar al proyecto de una profundidad y textura rara vez vistas en un blockbuster de verano. Este titán de la naturaleza impacta por su destrucción, también por sus ideas.

 

 

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