Dentro de unos meses se cumplirán nueve años del inicio de la mayor crisis financiera que hemos vivido en Occidente, después de la Segunda Guerra Mundial. Es necesario reconocer que cuando inició, en el verano de 2007, hubo algunos visionarios que vaticinaron que, como mínimo, se necesitarían diez años para empezar a recuperarse de la misma. Para otros, sin embargo, ese horizonte les pareció excesivo. La realidad ha venido a demostrar que –en los inicios de 2016– las economías occidentales todavía no han superado dicha crisis.

La aproximación al fenómeno impresionante y destructor de la crisis debe enfocarse, primero, desde sus causas; segundo, desde la reacción política que deriva de ella, y por último, viendo sus efectos sobre el tejido social, ya que sus cicatrices cierran muy lentamente.

El análisis de esta triple dimensión y, particularmente, la solución a los problemas de fondo inherentes a la misma, deben servir de guía para encontrar la salida a una situación socioeconómica que, como mínimo, debe calificarse de laberíntica.

El origen de la crisis encuentra su caldo de cultivo en la desregulación excesiva de la economía en los dos últimos decenios del siglo XX. Ello tuvo como consecuencia la aparición de un amplio espacio de actuación para el sector financiero, en detrimento tanto del resto de sectores de la economía real como del propio consumidor de activos financieros e inmobiliarios. Las actuaciones de carácter especulativo por parte de algunas instituciones financieras muy relevantes acabaron por minar la estabilidad de la economía real, que se encontró desnuda frente a la caída, cuales fichas de dominó, de grandes colosos de la banca de inversión.

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Un modelo basado en un crecimiento elefantiásico de la deuda, tanto la del sector público como del privado, se derrumbaba por no haber optado por el desarrollo de una economía productiva sana.

Si en algo se necesita clarividencia y lucidez en las decisiones políticas es, precisamente, para hacer frente a situaciones críticas. Todavía más necesarias ante esta Gran Crisis que domina el espacio económico de, casi, la última década.

Llegados a este punto, conviene preguntarse si Estados Unidos y la Unión Europea han reaccionado de igual forma y con decisiones similares para enfrentarse a ella.

Aunque no es del todo exacto comparar modelos de organización económica y social dispares, como es el caso de EU y la UE, si nos ajustamos a las medidas de política económica impulsadas en una y otra área es evidente que la Reserva Federal estadounidense ha aplicado una política expansiva que ha conducido a un mayor crecimiento económico y creación de empleo que en la UE, y que incluso recientemente la ha llevado a elevar los tipos de interés.

La UE, por su parte, sigue sin resolver su problema de desempleo, ya que su crecimiento es débil y sin claras perspectivas de consolidación al alza. Tampoco la política del Banco Central Europeo de compra masiva de bonos ha conseguido los efectos esperados de estimulación de la economía.

Decía Antoine de Saint-Exupéry que el hombre se descubre cuando se mide contra un obstáculo. La crisis que vivimos nos ha introducido en una nueva época. Nos ha descubierto, como miembros de la sociedad, un contexto de frialdad y dureza, propio de la Edad de Hielo, azotado por vientos glaciares en forma de desempleo, pobreza y desigualdad. Tres elementos que cuestionan profundamente nuestro Estado de bienestar y, por supuesto, lo debilitan.

A ello se une el menguante poder tributario del Estado como consecuencia de las evasiones y elusiones fiscales, así como la ausencia de una regulación necesaria del sistema financiero con el fin de evitar una nueva crisis.

Es fundamental que la Unión Europea se dote de una unión bancaria, en la que no sólo se reduzcan los riesgos, sino que sobre todo se mutualicen, y que los requisitos de capital de las entidades financieras garanticen la salud de las mismas.

La economía productiva debe ser impulsada en la Unión Europea, tanto en el plano público como en el privado, a través de una decidida política inversora. Sólo así se podrá evolucionar hacia una situación de progreso y bienestar para Europa.

The Ice Age: Bailing Out the Welfare State in the Era of Austerity es el primer libro editado en español y en inglés que compara el modo en que Estados Unidos y la Unión Europea han reaccionado ante la Gran Crisis de la economía capitalista en el siglo XXI. Trata de explicar esta crisis como un hecho que excede incluso al propio campo económico y que afecta a las bases mismas del Estado democrático occidental. Ese golpe aún no ha sido respondido adecuadamente, en especial por la Unión Europea, que tiene la capacidad política para hacerlo. Éste es nuestro mayor desafío para los próximos años.

La respuesta a la “Edad de Hielo” no sólo consiste en medidas adecuadas y oportunas desde las instituciones europeas, sino a la revisión de las propias instituciones hasta llegar a lo que es la gran aspiración europeísta: la Unión Política.


Desarrollado por Diego López, vicepresidente de la Asamblea Parlamentaria de la OTAN, y José Isaías Rodríguez, vicepresidente de Asuntos Europeos en LLORENTE Y España.


 

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