En el año 2015, Betsy Davies, de tan sólo siete años, logró hackear una red WiFi y acceder a datos de terceros de forma ilegal, en apenas 11 minutos. En 2017, el virus “extorsionador” WannaCry afectó a 200,000 cibernautas en 150 países, a menos de 24 horas de ser propagado; este virus “secuestra” los archivos de una computadora para pedir dinero a cambio de su “rescate”. Estos hechos demuestran la facilidad de acceder a la información y la posibilidad real de ser víctimas de un ciberataque de forma inmediata.

En la actualidad, la sociedad enfrenta amenazas no únicamente múltiples, sino, incluso, difusas. Los avances tecnológicos del siglo XXI y, con ellos, nuestra dependencia a la interconectividad, nos hace vulnerables a otro tipo de peligros, como las ciberamenazas, clasificadas como: ciberguerra, ciberataque, ciberterrorismo y hacktivismo. Debido a la existencia de estas amenazas reales, el ciberespacio ha sido añadido a la lista de factores sensibles que pueden desestabilizar la seguridad mundial.

Estratégicamente, el ciberespacio tiene un gran valor, ya que “contiene” todos los recursos de información y comunicación disponibles en la red. Debido a ello, el Departamento de Defensa de Estados Unidos definió el ciberespacio como un nuevo dominio bélico, esto es, un campo de operaciones (como lo son la tierra, el mar, el aire o el espacio) en el que también se desarrollan maniobras defensivas y ofensivas, pero cibernéticas.

La ciberguerra (cyberwar) es la principal ciberamenaza a nivel global. Las tácticas de ésta consisten en identificar vulnerabilidades y hackear sistemas para acceder a información que afecte, desde la credibilidad institucional de un país, hasta su infraestructura crítica.

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En la última década, se han registrado continuos y sistemáticos ciberataques que hacen suponer que, en la actualidad, se desarrolla una ciberguerra. En 2008, se logró hackear la Secret Internet Protocolo Router Network (SIPRNet), la red interna de comunicación del ejército estadounidense; y, en 2010, el virus malicioso Stuxnet dañó las centrifugadoras de uranio en la planta nuclear iraní de Natanz, siendo el primer ciberataque con un propósito bélico capaz de inhabilitar una infraestructura física. La tendencia de que los ejércitos del futuro estén conformados por bots, trolls y hackers, capaces de vulnerar y dañar cualquier sistema de información, ya sea civil o militar, adquiere fuerza.

En el escenario de un ciberataque masivo que ponga en riesgo infraestructura crítica de Estados Unidos, este país respondería con un “ataque estratégico no nuclear”, de acuerdo con el documento “Nuclear Posture Review”, presentado por el Departamento de Defensa. Esta reorientación de la política de seguridad de Estados Unidos demuestra la preocupación de un ciberataque a gran escala por parte de Rusia, China, Corea del Norte o Irán.

Los ciberataques son ya una de las armas más destructivas. Hasta hace poco, se pensaba que las consecuencias de un ciberataque serían limitadas, pero los hechos recientes han demostrado que su impacto es de grandes dimensiones. En 2013, Yahoo! sufrió un ciberataque que afectó a 3,000 millones de usuarios.

Igualmente, las redes sociales, como Facebook y Twitter, son vulnerables a programas informáticos (bots) para difundir noticias falsas (fake news) para dañar la credibilidad del afectado. Cabe mencionar que las redes adquieren cada vez mayor fuerza en los procesos electorales a nivel mundial.

En México, de acuerdo con la encuesta ENDUTIH 2017, publicada por Inegi, el principal uso de internet es la búsqueda de información. Los 71.3 millones de cibernautas mexicanos debemos estar conscientes del riesgo que implica vivir en un mundo bajo ciberamenazas.

Ante la coyuntura del próximo proceso electoral, México puede ser objeto de ciberataques contra las instituciones, o bien, utilizar las redes sociales para influir en la opinión pública. Como estrategia de seguridad nacional, nuestro país debe tomar las medidas necesarias para evitar que cualquier ciberamenaza afecte a ciudadanos, empresas e instituciones, tanto en el mediano como en el largo plazo.

 

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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