Escribir sobre la amistad sin caer en clichés y frases gastadas me parece un ejercicio que bien merece la pena realizar. Y es que desde tiempos inmemorables han corrido ríos de tinta sobre el sentimiento romántico del amor y no me queda duda que también se ha hecho sobre la amistad, pero siempre desde la retaguardia.

Los fines de semana largos son una gran cosa en la vida laboral y estudiantil de todos los que vivimos inmersos en el día a día y tenemos la suerte de alejarnos de la rutina y respirar otros aires. Fue así como a recomendación de Gabriel Sandoval y Julio Patán cayó en mis manos un libro que con una gran narrativa hace referencia a la amistad entre dos chicas napolitanas a mediados del siglo pasado.

El libro se llama La amiga estupenda y está escrito por Elena Ferrante. Para empezar, la propia identidad de la autora fue un misterioso hasta hace muy poco pues en efecto nadie sabía quién era en realidad Elena Ferrante y sus editores procuraron mantener un silencio absoluto sobre su identidad. Hoy sabemos que es una traductora italiana bastante conocida que se llama Anita Raja.

El no saber la identidad de la autora a ciencia cierta, y aun sabiéndolo conocer casi nada de ella, me parece de lo más curioso, cautivador e inquietante; pero lo que logró atraparme en sus 386 páginas para leerlas en un par de días, lo que me cautivó es la fluidez del relato, la familiaridad de los momentos íntimos entre dos mujeres, el desconcierto de la miseria familiar y humana.

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Pero más allá de lo anterior, de las referencias históricas, de la narrativa ágil, de las leyendas engarzadas, lo que me cautivó del libro de Elena Ferrante son las personalidades de las protagonistas: Lila y Lenú.

La amiga estupenda deja ver la filosofía de José Ortega y Gasset “yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella no me salvo yo” porque es una historia donde dos mujeres, jóvenes, tratan de salvarse de una circunstancia sin poder lograrlo en realidad, sin huir de un barrio pobre, de una sociedad rota, de unas costumbres dolorosas, misóginas y ruines.

Cada quien intenta, intentamos, escapar de aquello que nos ata de una u otra manera. El cielo y sus límites, el suelo y sus raíces, son distintos para cada ser humano. Lo edificante, lo esperanzador, lo sublime es conocer y descubrir las infinitas formas de estrellar nuestras propias limitaciones. Y es ahí donde se desdobla la maravilla de la amistad: en tener a lo largo del camino quien (quienes) nos acompañen a estrellar en mil pedazos una realidad que nos aferra y que desesperadamente queremos cambiar.

Por último, hay algo que también me atrapa de esta narrativa: las protagonistas utilizan tres herramientas muy poderosas para salir, quebrar, cambiar su circunstancia: la astucia, el conocimiento y la literatura. La buena noticia es que La amiga estupenda es parte de una saga y el segundo volumen, La niña perdida, ya me espera en casa.

Hasta el próximo martes…

 

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