Como una crónica de una muerte anunciada, Carlos Urzúa, secretario de Hacienda, renunció a su cargo. No tanto es su renuncia sino la forma en la que lo hace, pues dicen que en política la forma es fondo. Al hacer pública su dimisión en redes sociales y anticipándose al presidente, deja muy en claro el carácter irrevocable de esta a poco más de siete meses te haberse desempeñado en el cargo.

Esto supone un golpe importante para la percepción del rumbo del gobierno de Andrés Manuel López Obrador, pues Urzúa se había constituido como el principal representante de la moderación en el gobierno actual. En ese sentido, Urzúa representaba para mercados y analistas la fuente indiscutible del manejo responsable de las finanzas públicas y de la preocupación en mantener una estabilidad macroeconómica fundada. Representaba ese “superávit primario” que daba alivio a los resultados de las finanzas públicas y el buscar una salida digna mediante un “arreglo” con los tenedores de los bonos por la errada cancelación del NAIM.

¿Y qué decir de sus motivos?

Más aún, dentro de los motivos del ahora exsecretario se esgrimen como razones gravísimas: tomar “políticas económicas sin evidencia”, “sin cuidar sus efectos” y con “extremismo”. También acusa la “imposición de funcionarios sin el conocimiento respecto a la Hacienda Pública” motivado por conflicto de interés. Por donde se le vea, la salida de Urzúa del gabinete presidencial vía su incendiaria dimisión necesariamente manda una señal respecto a un triunfo del grupo más extremo dentro del Gobierno Federal. Un grupo más comprometido con la ideología, con nociones como que “el pasado es la mejor solución del futuro”, comprometido con la improvisación, con las cosas que suenan bien pero no tienen fundamento o no son implementables, con los vendedores de fantasías sin los pies en la tierra. No hay mayor golpe a la credibilidad en la conducción económica que los motivos de Urzúa.

La decisión de Urzúa y sus motivos serán un gran elemento de juicio para mercados financieros y analistas respecto a lo que se percibe de la operación interna y la viabilidad macroeconómica, así como desde el punto de vista de las políticas públicas. México necesita crecer y requiere mayores niveles de inversión pública y privada. ¿Cómo conciliar la cancelación del NAIM, el revivir el Pemex de los setenta, cancelar la Reforma Energética, la austeridad mal entendida y la inversión en proyectos que no son viables de acuerdo a las valoraciones técnicas de especialistas?

Resulta bastante claro, ahora a la distancia, el porqué de algunos exfuncionarios que en su momento fueron señalados como potenciales secretarios de Hacienda previo al inicio de la actual administración, rechazaron participar. Y es que “políticas económicas sin evidencia” matan a cualquier ego.

El relevo de Urzúa es todavía más sintomático de lo que pasa. Arturo Herrera había sido un subsecretario bastante activo, pero también a quien el presidente había, al menos, aplicado “el muchacho no sabe lo que dice” públicamente en varios temas como fue el caso de la postergación de la Refinería de Dos Bocas, la implementación nacional de la tenencia o el uso del Fondo de Estabilización de Ingresos Presupuestarios.

Esta es la primera verdadera llamada de atención para la actual administración y viene de quien generaba en gran medida la credibilidad.

 

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