Hace casi un año que México enfrentó un septiembre letal, una serie de sismos que a su paso dejó un saldo de más de 12 millones de personas afectadas y cerca de 500 muertos, de acuerdo al gobierno federal.

El mundo entero recuerda la voluntad del pueblo mexicano y cómo, ante un escepticismo de las autoridades, salió a las calles para aliviar los daños con sus propias manos. Tal como en 1985, la ciudadanía no escatimó en esfuerzos, ya fuese preparando comida, recolectando víveres o recogiendo escombros hasta el cansancio.

“Se debe aplaudir la acción ciudadana, no hay forma de negar el impacto que tuvo el esfuerzo de la sociedad civil”,asegura Luz Rodea, coordinadora de comunicación para la respuesta humanitaria de Oxfam México.

Fueron cientos de voluntarios que por cuenta propia se movilizaron a comunidades remotas a donde el apoyo gubernamental no llegó a tiempo. Fueron los ciudadanos los que crearon una red de verificación tan efectiva que tiempo después fue retomada por los medios de comunicación y las autoridades.

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Sin embargo, de ser administrado, ese empeño descomedido de los ciudadanos hubiera tenido mejores resultados. “Hubo errores, pero fue porque no teníamos suficiente organización, algo que debió haber corrido de mano de las autoridades” afirma Rodea en entrevista.

“Se dio ayuda, pero no la necesaria”

La brecha fue muy amplia en cuanto a la detección de necesidades y los donativos. No solo llegaron artículos sin propósito como vestidos de noche o zapatos de tacón, sino que incluso muchos de los productos que se solicitaron no respondían a las principales urgencias.

“A Oaxaca llegaron muchos víveres, pero sin un plan de manejo de residuos. Las comunidades, que no estaban acostumbradas a consumir productos como atún en lata, tampoco tenían infraestructura para manejar los desechos. Meses después tenían un gran problema de basura”, agrega.

En opinión de la académica, esto surge a partir del poco entendimiento que hay respecto a la desigualdad en la que vive el país, algo determinante para identificar el tipo de ayuda que debió recibir cada zona. “En la misma Ciudad de México, las necesidades de La Roma y La Condesa, no fueron las mismas que las de los habitantes de Xochimilco”, afirma Rodea.

“Llegaron los recursos, pero no el apoyo técnico”

La falta de diagnóstico y administración de recursos también salió a relucir en la reconstrucción de las comunidades afectadas. Ante el estado de emergencia y la llegada de materiales y aportaciones monetarias, los damnificados comenzaron a construir inmuebles sin contar con la orientación de un experto.

“Muchas de estas casas se caerán de nuevo si vuelve a temblar. Y el panorama será peor, pues una vez recibido el apoyo del Fonden, ya no son candidatos a ser beneficiarios de nuevo”, advierte la académica.

Y es que en el caso de la población que recibió las tarjetas del Fondo de Desastres Naturales (Fonden), por hasta 120,000 pesos, la ayuda llegó a sus manos, pero sin un apoyo técnico que lo respaldara.

La afectación fue una consecuencia directa, no solo del fenómeno natural, sino de una desigualdad latente y la carencia de un plan de acción con estructura. Pues más allá de una ayuda descomedida, la respuesta a los desastres naturales debe estar respaldada por una cultura de prevención, señala Rodea.

“Si no tenemos una población preparada que tenga las herramientas y el conocimiento para responder, esto va a seguir sucediendo”.

 

 

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