Con que a mí no es bien mirado

Que como mujer me miren,

Pues no soy mujer que a alguno

De mujer pueda servirle.

Sor Juana Inés de la Cruz

Siempre he creído que en todos los temas, el primer escalón es definir el concepto al que nos vamos a referir. En este caso, la dificultad brota desde el primer momento y eso nos da una idea del tamaño del reto al que nos tenemos que enfrentar. Para muestra un botón: el Diccionario General del Español define lo femenino como aquello que tiene órganos para ser fecundado; La RAE dice que es aquello relativo a la mujer y Wikipedia profundiza diciendo que se trata de todo lo relativo a diferentes significados, según se utilice para definir una realidad biológica, sociológica o gramatical. Lo cierto es que el tema nos pone nerviosos, incluso desde su definición más sencilla.

Según los datos de las Naciones Unidas en el mundo hay actualmente un 50.5 % de hombres y un 40.5 % mujeres. Los datos del INEGI dicen que somos 125 millones de mexicanos, de los cuales el 51% somos mujeres y el 49% son hombres, lo que nos da una proporción de 96 varones por cada 100 mujeres. A groso modo, somos la mitad de la población y todavía nos cuesta mucho trabajo definir lo que es ser mujer y entender el concepto de lo femenino. El arco corre por conceptos tan diversos como el término ofensivo feminazi, pasa por el techo de cristal, la inequidad de oportunidades y la violencia de género. Todas, realidades que enfrentamos de una forma u otra y en diferentes grados de intensidad y según la circunstancia que nos toque vivir a cada mujer abarcan lo femenino. De entrada, resulta importante encontrar una definición, porque si no podemos definir este tema, menos sabemos cómo abordarlo y no encontramos una forma adecuada para tratarlo.

Por supuesto, hablar de lo femenil significa tomar en cuenta factores como la edad, las condiciones de vida, la etnia, la orientación sexual, el nivel socioeconómico en el que viven, el país en el que se encuentran. No es lo mismo ser una intelectual en Harvard que una quinceañera en Chiapas o una recién nacida en Somalia. No es igual ser una trabajadora hoy en Finlandia que en Portugal en tiempos de Oliveira Salazar, es distinto trabajar en una oficina, en el campo o encargada de las actividades domésticas en el hogar.  Referirse a lo que significa ser mujer es entrar a un mundo de discrecionalidad y arbitrariedad, especialmente si partimos de considerar que la subjetividad femenina ha sido construida en función de la dicotomía de lo masculino. En esta condición, se ha complicado definir del concepto. Y, como resultado vemos que se distribuyeron en forma distinta de los roles entre los hombres y las mujeres en el concierto mundial —no podría ser de otra manera, somos diferentes—, pero tristemente, también observamos una distribución inequitativa de las oportunidades. Los hombres han tomado un pedazo más grande y las mujeres nos hemos quedado con un trozo que no siempre nos ha gustado. El reclamo de espacios equitativos no siempre ha sido amigable y es que, no siempre ha sido posible ser escuchadas si se piden las cosas en tono moderado.

Es curioso ver como el reclamo airado de una mujer produce tanto miedo, cuando la agresividad de un hombre es vista como un atributo positivo. Ese susto ha resultado conveniente porque ha retrotraído a las mujeres a un espacio delimitado que a muchas ni nos gusta ni nos complace, sin criticar a aquellas a las que lo encuentran cómodo y placentero. El problema está cuando hay cada vez más mujeres que quieren explorar un extrarradio más amplio porque nos sentimos capaces de hacerlo y ejecutarlo bien. Necesitamos libertad y oportunidades equitativas para desempeñarnos en plenitud.

Si hoy gozamos de espacios de participación más amplios, es gracias a que muchas mujeres han sido valientes y han decidido salir de su zona de confort para pedir, reclamar, denunciar aquello que nos pertenece. En México, en las últimas décadas, ha existido una serie de procesos que han incidido en la construcción de ciudadanía, en la incorporación de mujeres a las luchas sociales y en el avance en terrenos profesionales. No es suficiente. El desafío ha sido y sigue siendo enorme, los esfuerzos requieren de luchadoras titánicas. En ocasiones, nadar contra corriente ha significado chocar con otras mujeres. El fiel de la balanza nos da cuenta de que la realidad sigue siendo dispareja.

Por supuesto, mucho de lo femenino ha estado entintado con una serie de idealizaciones que no corresponden con la realidad. Muchas lecturas de la mujer van por tonos que no son exactos ni aplican para todas: la dadora de vida, la paciencia ilimitada, la entrega sin límites, la tierna y fuerte, es decir, las definiciones siguen estando en función al otro. Entonces, si no soy madre, ¿no soy mujer?, o si no tengo paciencia ilimitada, ¿qué soy? Por eso, un factor que ha caracterizado la lucha feminista es romper con los estereotipos que nos imponen conceptos decimonónicos como el amor romántico y la maternidad como obligaciones, no como elección.

No hay un consenso de lo femenino, hay diferentes lecturas y posiciones encontradas. También, por fortuna, hay momentos en los que los puntos de vista concuerdan. Por ejemplo, el término feminazi es peyorativo y se refiere a una burla a mujeres que se creen superiores. Pero, cuidado, los hombres y mujeres que utilizan la palabra, justifican su uso con argumentos como: que el feminismo es lo mismo que el machismo, son mujeres queriendo dominar al hombre, están locas y una larga serie de enunciados que enarbola gente que, en general, no sabe ni por qué usan la palabra. El abuso y difusión del término ha generado violencia. La violencia contra las mujeres en este país nos tiene en un sistema de muerte por razón de género. Evidentemente, el consenso se da cuando vemos la emergencia en la que hemos desembocado. No hay quien, en pleno goce de sus facultades humanas, se felicite de ver a una mujer victimizada.

Encontrar un título adecuado para referirse a lo que significa lo femenino es difícil, sin embargo, estamos en un tiempo en el que tenemos la oportunidad de encontrar esa definición. Hay una multitud hablando del tema y es importante que la libertad de expresión sea un hilo conductor. Que las mujeres podamos actuar como una especie de coro —con diferentes tonos— porque requerimos de esa diversidad de pensamiento es relevante. Los diferentes puntos de vista son riqueza y tenemos que ir en busca de la armonía, el riesgo es la disonancia. Podemos lograrlo.

La oportunidad que tenemos frente a nosotros es muy valiosa, es la ocasión de transformar y de resistir. Es encarnarnos como una red de mujeres unidas por algo que es a la vez personal y profesional. Es la búsqueda de una definición que nos defina y nos agrade a todas, en forma afectiva, para conquistar aquellos espacios que nos gusten y a los que queramos acceder, sin que esto signifique amenazar a nadie: ni a hombres ni a otras mujeres.

 

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