Uno de los momentos más complicados en la cotidianidad laboral es cuando acaba la junta, el que está a cargo sale sonriente de la reunión, va satisfecho porque su gente escuchó con claridad lo que se pretende hacer, cierra la puerta de la sala de juntas y el equipo de trabajo se queda solo. Las ondas trepidatorias se sienten, y eso que aún se escuchan en el pasillo los pasos del que se fue. ¿Cuántas fotografías de grupos sonrientes hemos visto, que al pasar las horas ya se están dando hasta con el teclado de la computadora y sencillamente no se pueden poner de acuerdo? Una de las dificultades más frecuentes es la convivencia entre pares.

Las relaciones más estrechas se van por la borda sin importar si se trata de amigos de la infancia, de esposos que decidieron trabajar juntos, de hermanos que heredaron un negocio, de padres e hijos que no saben hablar de temas de sucesión, de compadres que quieren poner en marcha una idea o de colegas que saben cómo hacer las cosas y deben coincidir en la vida de trabajo.

¡Tú no eres mi jefe!, es una de las frases más repetidas en los pasillos de las empresas y en los juzgados. ¿Quién se cree este que es? El día a día de los equipos de trabajo es complicado, especialmente cuando los involucrados son personas experimentadas que ya han probado las mieles del éxito.

Cuentan que en 2010, cuando Florentino Pérez situó a dos figurones al mando del equipo de futbol Real Madrid empezaron a salir chispas. Jorge Valdano estaba al frente de las operaciones deportivas y José Mourinho era el entrenador del equipo. En teoría, cada cual vigilaría su territorio, y dada la brillantez probada de ambos, las cosas tenían que ser perfectas. Los resultados esperados no podrían ser mejores.

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Sin embargo, un vendaval de desavenencias y desarmonías fue lo que en realidad se obtuvo. Gritos y sombrerazos, diferentes puntos de vista, egos inflamados, imposibilidad para llegar a acuerdos y una larga lista de desencuentros fue lo que terminó con la destitución de Valdano a un año de haber formado el equipo dorado con Mourinho.

La relación entre compañeros de trabajo es muy complicada cuando las partes tienen el mismo nivel jerárquico. Lo mismo sucede en el universo deportivo que en la política, el mundo del espectáculo o en una empresa familiar. Si no hay cuidado, los hermanos pueden ser tan amorosos como Caín y Abel, y las lealtades tan sinceras como la que Bruto le tuvo a Julio César.

Es increíble: gente que ha mostrado tener amplias capacidades para lograr objetivos y alcanzar metas, que ha impulsado grandes proyectos y conseguido estupendos resultados, a la hora de trabajar entre pares simplemente no sabe qué hacer.

Por absurdo que parezca, sucede tan frecuentemente que parece una epidemia. El problema recae en una incapacidad generalizada para relacionarse en forma efectiva y saludable. Es el impedimento que existe para bajar las armas, abrir los oídos, amarrar la lengua. La imposibilidad de entender que no se está en un terreno de guerra elimina la posibilidad de sumar y restringe ese efecto multiplicador en que la suma de dos talentos tiene resultados majestuosos.

Para que el trabajo dé frutos, la convivencia entre pares debe propiciar una comunicación efectiva. ¿Qué es eso? Es entender que debemos relacionarnos sin hacer daño, privilegiando la amabilidad y aceptando la crítica constructiva que venga de los demás.

Algo que resulta tan evidente y que tal vez aprendimos en el jardín de niños es lo que ayuda a la armonía entre iguales: entender la perspectiva de los otros, aceptar que desde su experiencia pueden tener un punto de vista útil y que su forma de hacer las cosas puede ser mejor que la mía. Es aprender a usar más los oídos y a cerrar más la boca. Es comprender los ritmos, como en un baile. Si alguien está hablando, es tiempo de escuchar. Si me toca decir algo, debo conseguir la atención y darme a entender. Si todos hablan a un tiempo, se atropellan las ideas. Si todos callan a la vez, el silencio entorpece.

La comunicación entre pares se refiere a personas que, teniendo la misma jerarquía, deben trabajar por un fin común. En esta condición, de por sí complicada, lo pertinente es la claridad. Desde un principio es vital dejar clara la línea de mando. No dejar claro quién lleva el mando es la principal y más peligrosa fuente de roces.

Sí, el liderazgo horizontal es la circunstancia en la que alguien debe llevar la voz cantante entre sus compañeros. Así no hay dudas. Es necesario establecer responsabilidades y dejar normas claras que sean acompañadas de líneas de actuación específicas para evitar que uno traspase las fronteras de otros y uno se inmiscuya en las tareas de alguien más.

Para conseguir una buena convivencia entre pares y aceptar que alguien de mi misma jerarquía marque el ritmo sin que haya intenciones de golpe de Estado, hay que tener la cabeza fría y los ojos puestos en los resultados:

  1. Generar compromisos, recordarlos siempre y valorar el esfuerzo de cada integrante en lo particular y del grupo en general.
  2. Hacer conciencia de los problemas que se pueden presentar y saber que hay que abordarlos con madurez antes de tirar todo por la borda.
  3. Crear ecosistemas laborales, de emprendimiento y empresariales en los que se favorezca el reconocimiento a los pares.
  4. Hacer conciencia de que hay que llegar juntos a cruzar la línea de meta. Es más fácil cuando todos reconocen el objetivo común y saben que se puede llegar más lejos juntos que separados.
  5. Tener en mente el promover a profesionales para que tengan carreras horizontales y no sólo verticales. Una persona que ha visto diferentes áreas, que ha enriquecido su experiencia conociendo diferentes aspectos tiene una mejor posibilidad de ver problemas en su conjunto y una capacidad más amplia para ponerse en el lugar de sus compañeros de otras divisiones.

La tendencia es la movilidad y la capacidad de adaptación. Es buscar personas que han visto mucho de diferente, en vez de focos especializados que no alcanzan a ver el punto de vista de otro.

Adiós a la burocracia interna y a las máscaras que nos dejan ocultar intenciones no tan buenas. La mejor forma de convivir entre pares es sencilla: se resume a la voluntad de ayudar y dejarse ayudar.

 

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Blog: Las ventanas de Cecilia Durán Mena

 

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