Como si se tratara de dos personajes distintos, este 1 de diciembre de 2018 atestiguamos, por un lado, ante legisladores federales e invitados especiales, al presidente constitucional de los Estados Unidos Mexicanos, Andrés Manuel López Obrador, en su primer discurso con tal investidura, por el otro, vimos a AMLO en el Zócalo, el presidente cercano a la gente, el que ha recorrido todos los municipios y que ambiciona terminar con la corrupción de este país.

En el Congreso, el presidente reiteró su postura ante el neoliberalismo y la privatización como sinónimos de corrupción y fuente de los males de este país. Sobre esa base y el recuento histórico de las últimas décadas, la idea central es separar el poder político del económico y recuperar la justicia social en la agenda de gobierno. El momento estelar fue su llamado a que la Presidencia se abstenga de solicitar investigaciones y de juicios sumarios a personeros de la corrupción del periodo neoliberal. Si bien no es la primera vez que lo dice, en esta ocasión fue más evidente que esta apuesta del perdón y de poner punto final a “esta horrible historia” será uno de los aspectos más importantes que podrían definir su sexenio. Contra lo atractivo de la propuesta de “empezar de nuevo”, están las voces de distintas organizaciones y víctimas que piden justicia transicional y que se castigue a los corruptos, pero también de políticos que buscan ganar fuerza con base en los desatinos del mandatario.

Aun cuando los dos discursos pronunciados fueron reiterativos de los que ha venido diciendo López Obrador, hubo una diferencia importante en términos de su simbolismo. Mientras que en la mañana veíamos a un presidente tomar protesta ante los legisladores, en un acto formal que fue más bien sobrio y que fue perdiendo rigidez conforme avanzaba, en la tarde vimos a un presidente emocionado, cómodo, en un acto inédito para el público nacional: la entrega del bastón de mando de parte de los representantes de 68 pueblos originarios y afromexicanos de este país.

Este acto viene a reforzar el halo de grandeza y a la vez humildad que ha logrado construir este político a lo largo de su andar. Y si de manejo de símbolos se trata, el evento en el Zócalo ante miles de personas, en medio de un ritual de purificación, sonidos de caracoles y oraciones dirigidas a cada uno de los puntos cardinales, fue el momento cúspide del día de toma de protesta del presidente de México. Y no es que otros políticos en su momento no hayan recibido un báculo por las comunidades indígenas. Sin embargo, lo que hoy lo ha convertido en un momento inédito es la imagen del presidente con la recién puesta banda presidencial en un acto multitudinario, televisado, arrodillándose ante un médico indígena. Lo que hace 18 años provocó fuertes críticas al expresidente Fox por romper con una tradición de laicismo, al asistir a la Basílica de Guadalupe a orar unas horas antes de rendir protesta, hoy son menos las voces que acusan una transgresión a esa tradición, aun cuando durante la ceremonia hubieran estado presentes rituales religiosos, con solicitudes a la virgen de Guadalupe. Más allá de esas y otras críticas, lo que queda para la posteridad es este acto que recupera un pasado ancestral con tintes de mestizaje, en un recordatorio de que el bastón de mando es para “mandar obedeciendo al pueblo”.

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De ambos discursos destaca desde luego lo que no se dijo. Temas como el federalismo, el papel de los órganos autónomos o la Suprema Corte estuvieron ausentes en los posicionamientos del presidente que quiere pasar a la historia como lo hizo Juárez con las Leyes de Reforma. Lo que ambos discursos nos confirman, es que López Obrador sabe que en política son tan importantes la técnica como las emociones, y que los símbolos pueden ser más poderosos que los discursos.

 

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