El 1 de diciembre marca el inicio formal del nuevo periodo de gobierno. Las demandas y las expectativas populares llegan a la mesa y el protagonista del cambio arriba al ejercicio oficial de su encargo.

Esta administración nace dibujando un régimen inédito y por lo tanto, tenía que hacerlo en congruencia con las imágenes, los simbolismos, el discurso, los significados y las percepciones populares.

El día marca los contrastes, la caravana presidencial no es aquella de 20 camionetas enormes y oscuras; de marcha acelerada, tensa y rodeada de motociclistas y elementos castrenses abriendo el paso.

El presidente electo se dirige hacia la ceremonia con calma, escucha, se toma selfies y departe con quien se cruza a su paso. Su seguridad es mínima, su actitud de calma y sobriedad. Para las audiencias, se confirma su vocación humilde y austera; ocupa la presidencia alguien cercano, accesible, similar que -además- no puede fallarles.

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La fiesta arranca desde muy temprano, la sociedad civil accede a Los Pinos, se abre el refugio inalterable de los expresidentes, se devuelve a la gente la sede de la corrupción y la residencia oficial de la soledad, los excesos y los acuerdos de la vergüenza.

La protesta ante el Congreso cumplió las formalidades y el discurso resume mucho de la propuestas compromisos y promesas de campaña; los jóvenes, los adultos mayores, las personas con capacidades especiales, los pueblos indígenas y los pobres al frente; mensajes de austeridad y disciplina presupuestaria, proyectos transparentes y acciones de gobierno populares, pero enfocadas al crecimiento.

Hacía mucho tiempo que no se escuchaba la voz del Ejecutivo en el Congreso; los electores jóvenes no conocieron los escándalos, las injurias y los desplantes que se vivieron en el pasado y que esta vez, no sucedieron. El consenso y la autoridad moral retornaron, el discurso se dio en un marco de apertura, respeto y divergencia cordial.

El modelo económico será el que impulso el crecimiento y desarrollo -sin deuda-; se impulsarán reformas para una mejor distribución de la riqueza y sobre todo se acabará con la corrupción. Un EPN mudo, impávido, sonrojado, sudoroso y derrotado tiene que aguantar la dureza de la andanada de frases que lo sumergen en su asiento.

Las alocuciones al fracaso del neoliberalismo son contundentes: para lo único que sirvió ese modelo fue para impulsar la corrupción y la impunidad; profundizar las inequidades, las injusticias, para beneficiar a unos cuantos y para hacer de los recursos públicos un negocio personal y de grupo.

Cambia la historia, se invierten las prioridades, ahora el barrido de lo malo viene desde arriba y los beneficios desde abajo. La Cuarta Transformación que inicia traerá medicamentos, escuelas, atención, servicios, obras y proyectos para las comunidades, los recursos se otorgarán sin intermediarios y la austeridad será certificada a nivel internacional.

Las frases se condimentan con la picardía y la simpleza de siempre; el “me canso ganso”, “no voy a fallarles” y “si se pudo” se viralizan, enuncian los hashtags, inundan los memes y se adhieren a la memorabilia del evento.

Un mensaje es clave: no hay ambiciones materiales, esa no es esa la motivación. Se impulsa un proyecto de cambio, una transformación radical, revolucionaria, pero social y políticamente responsable. Además de Juarista y Cardenista, AMLO se apunta Maderista por lo que promete no buscar la reelección, más aún, se someterá a la voluntad popular apostando incluso a la revocación del mandato si no cumple.

En este 2018, se hace presente otra gran diferencia, el cambio de administración se vive en las redes, no es el oficialismo de otrora en la televisión ni los medios tradicionales el que vibra, se mueve, se regocija y canaliza a miles de ciudadanos de todas las edades y clases sociales. Las redes y los sitios especializados recogen puntos de vista de toda naturaleza, desde la alegría y la revancha, hasta la nostalgia, incertidumbre y la crítica mordaz de los derrotados.

Durante el recorrido de San Lázaro al Zócalo el apoyo popular se expresa, se muestra de nuevo el arraigo, las expectativas crecientes y la cercanía con la gente. Cobijado por el pueblo que le dio el triunfo en las urnas, accede a la plaza mayor el presidente legítimo y moral (según sus propias denominaciones) de otros procesos electorales, ahora sí, con la envestidura oficial.

Se sellan 100 compromisos, se abre la puerta a lo que comienza por la gente y para la gente, el discurso ofrece lo que son los ejes de un gobierno enmarcado en la expectativa popular abierta, intensa, demandante.

La misión es clara, pueblo y gobierno no deben descuidarse, los de arriba, los fifís y la “Mafia del Poder” siguen al acecho, tocando la puerta, buscando contratos, solicitando audiencias, tramando, conspirando. Trabajo, fortaleza, integridad, unidad, coraje en eso hay que enfocarse.

 

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