El adiós, eso es lo que han venido advirtiendo, pero antes, el 4 de febrero, está asegurado el son, el bolero, el chachachá, el mambo, el jazz afrocubano… Hablo de la gozadera de la música cubana, pues…

 

Conste: el título de esta colaboración mía no es peyorativo. Por el contrario: tiene que ver más con el respeto y cariño y admiración a unos músicos que fueron, son, y seguirán siendo superlativos.

También, el título de este texto tiene que ver con otra cosa (importante), y mejor apúntelo en su agenda —si es que todavía anda extraviado—: este miércoles 4 de febrero, a partir de las 20:30 horas, pasará por el Auditorio Nacional la gira del adiós de ese supercombo llamado Buena Vista Social Club. O eso es lo que han venido advirtiendo…

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En efecto: fue hace exactamente un año que los integrantes de la mítica orquesta anunciaron su Adiós Tour: el último recorrido por el orbe para poner punto final a su andar en carretera, que siempre tuvo como propósito seguir difundiendo los ya tradicionales sonidos de Cuba.

El boletín oficial que distribuyó Montuno Producciones —en los primeros meses de 2014— era claro: luego de 16 años emocionando al público de todo el mundo, la orquesta Buena Vista Social Club ya se prepara para decir “adiós” con una gira mundial de despedida. (Una gira que inició, por cierto, en junio del año pasado, y que se tiene prevista concluya en otoño de 2015.)

Así, y encabezados por la legendaria Omara Portuondo, el grupo regresa al país a repasar sus grandes éxitos por última vez con varios miembros originales: aparte de Omara, estará el tremendo Manuel Guajiro Mirabal (trompetista); también el arrebatador Barbarito Torres (laúd); además, el sensacional Jesús Aguaje Ramos (trombonista y director de la orquesta).

Y más vale tener esto en cuenta si está pensando o no comprar sus entradas, por dos razones (que tienen que ver con el tiempo): si seguimos la lógica del mercado musical, puede ocurrir que dentro de dos o tres años haya una nueva reunión. Y seguro venderán todo el boletaje (ahí donde se presenten); sin embargo, también el tiempo no corre a su favor: la base principal del ahora Buena Vista Social Club anda entre los sesenta y setenta años. Algunos, incluso, se nos han adelantado: es el caso de los queridos y admirados Compay Segundo, Rubén González, Ibrahim Ferrer, también Orlando Cachaíto López, entre otros.

Y hay más.

Hace unos días, en declaraciones recogidas por la agencia Notimex, Jesús Aguaje Ramos apuntaba algo interesante: “Todas las despedidas causan dolor; aún más, porque llevamos 20 años haciendo música juntos. Sin embargo es momento de hacer ya nuevos proyectos y que las nuevas generaciones se encarguen de seguir llevando la música por todo el mundo.”

Eso mismo decía Daniel Florestano —presidente de Montuno Producciones— en una conferencia (que registraba Prensa Latina): “El adiós del Buena Vista, entre otros motivos, se debe a un necesario relevo generacional en defensa de la música tradicional cubana, y a la variedad de proyectos personales que tienen previstos sus integrantes.”

Visto con frialdad, también tiene cierto sentido: cuando todo el proyecto explotó —en un sonado renacimiento, reconocimiento y éxito mundial—, varios músicos jóvenes no estaban precisamente muy a gusto. Me explico: la música cubana no ha dejado de ser semillero y ni ha dejado de producir (extraordinarios) músicos, con nuevas propuestas y estilos. Muchos de ellos, sin embargo, fueron opacados, en menor o mayor medida, por el atronador renombre y notoriedad del proyecto Buena Vista. Se entiende, entonces, lo del relevo generacional, y, por ende, cobra mayor importancia que estas presentaciones las estén promocionando como las ya últimas del proyecto Buena Vista.

Así que no se trata de cualquier concierto, ni de cualquier gira: hablamos de una agrupación que, desde 1997, ha estado girando por todo el mundo con diferentes formatos y configuraciones y combinaciones, y que está dando fin a una historia verdaderamente extraordinaria.

Si digo esto es porque alrededor del proyecto también crecieron mitos y leyendas que hoy, incluso, se siguen reproduciendo. Por ejemplo, aquella leyenda que dice que fue Ry Cooder el artífice del Buena Vista, o aquella que cuenta que el cineasta Wim Wenders retrató de forma puntual todo lo que sucedió alrededor de él. Me temo que ninguna de las dos es cierta.

Veamos. Si bien es verdad que el documental que realizó el director alemán tuvo una enorme influencia para el éxito inusitado del Buena Vista Social Club, lo que retrató Wenders no fue el proceso de ninguna de las tres grabaciones originales, que son las que dieron origen a esto. No. La película de Wenders se filmó mucho después, y no retrata en lo absoluto la verdadera historia.

De hecho, la cinta fue precisamente la que creó el mito de que Ry Cooder —quien, dicho sea de paso, es un excelente músico— había llegado a la Habana y ahí había descubierto a unos pobres viejitos olvidados por el gobierno, quienes vivían en cutres tugurios.

Cuando hace unos años le pregunté a Juan de Marcos González —él sí el verdadero impulsor de esto— qué pensaba de este retrato que hizo Wenders, con una sonrisa (algo) irónica me dijo: “¡Qué te puedo decir, chico! No pasa nada. Es sólo eso: un mito que se inventaron para venderlo al público del primer mundo.”

Lo cierto es que Juan de Marcos fue fundamental. Él tejió las redes necesarias y los contactos esenciales. Entre ellos estaba Nick Gold: un inglés enamorando de las músicas folclóricas (y populares) de otros países, y presidente de la disquera World Circuit. Era 1996.

La idea original de Juan de Marcos era la de agrupar en Cuba a viejos músicos y hacerle un homenaje a su padre, Marcos González, tremendo cantante sonero y rumbero de la orquesta de Arsenio Rodríguez. Nick, por su parte, quería hacer una gran jam session para descargas, al estilo de Las Estrellas de Areíto o Benny Moré.

Al final decidieron hacer dos discos: A toda Cuba le gusta (que recreaba el sonido de las llamadas Big Band) y Buena Vista Social Club (acústico con cantores de la trova). Para este último habían invitados a algunos músicos africanos; sin embargo, por azares del destino, éstos se quedaron varados y no pudieron llegar por problemas con las visas. El que sí llegó fue Ry Cooder, para entonces ya un interesado y un pionero en el trabajo con las músicas del mundo.

Atronador renombre (Imagen: Cortesía Montuno Producciones).

Atronador renombre (Imagen: Cortesía Montuno Producciones).

Lo que siguió después de aquellas primeras dos grabaciones fue un éxito sin precedentes, que sorprendió a todos. Incluidos los propios músicos.

Si somos francos, el proyecto tuvo la suerte de surgir en un momento clave.

Mirando en perspectiva: el Buena Vista no tenía ninguna sorpresa. Era la misma música que muchos de nosotros veníamos escuchando en México durante años, como la que tocaban Miguel Matamoros o Ignacio Piñeiro.

Buena Vista logró trascender por varias razones: en primer lugar, el descalabro del bloque comunista en Europa del Este; cuando ocurre eso en los años noventa, todos los ojos se vuelven hacia Cuba, esperando que pasara lo mismo. Estaba así en el foco de atención.

Por supuesto, en el éxito también tuvieron que ver sus protagonistas: eran músicos que normalmente no resultan trascendentes en ninguna cultura. Me explico: no es común que los protagonistas de un disco sean gente de la tercera edad.

Desde luego, otra de razón fue la propia colaboración de Ry Cooder con Juan de Marcos: para entonces era un tabú la reunión de estadounidenses con cubanos. Con la ruptura de las relaciones entre ambos países desde los años sesenta, no se podía realizar ningún proyecto que implicara a gente de ambos países.

Y, claro: la calidad del disco. Aunque no traía mensaje nuevo, la calidad de los músicos y de la música era, es, indiscutible.

Así que para este 4 de febrero está asegurado el son, el bolero, el chachachá, el mambo, el jazz afrocubano… Hablo de la gozadera de la música cubana, pues…

 

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