¡Cuidado! Los hábitos se convierten en la llave que abre la cerradura de las puertas del éxito o del fracaso en nuestras vidas.

 

 

Los hábitos personales son actividades que, a fuerza de repetirlas varias veces en forma rutinaria, se vuelven acciones automáticas, es decir, son acciones que llevamos a cabo casi sin pensar y en ocasiones casi sin esforzarnos, y que forman parte de nuestra cotidianidad. Pero hay que tener cuidado: aquello que hacemos por costumbre se convierte en la llave que abre la cerradura de las puertas del éxito o del fracaso en nuestras vidas. Los hábitos, así como pueden ser catapultas que trabajan a nuestro favor, pueden volverse en nuestra contra. El problema con los malos hábitos es que forman parte del paisaje diario, nos acostumbramos tanto a ellos que ni los vemos ni notamos la forma negativa en que están actuando en nuestras vidas. Evidentemente, los malos hábitos influencian directamente la forma en la que tomamos decisiones.

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En ocasiones nos preguntamos ¿por qué la carrera profesional de gente talentosa e inteligente no progresa?, ¿por qué ciertos proyectos no prosperan? o ¿por qué gente bien intencionada termina mal? La respuesta se circunscribe al ámbito de la toma decisiones, de la mala toma de decisiones. Sobra decir que nadie elige una mala opción por gusto; es más bien por la falta de claridad. Cuando la visión se obnubila es difícil decidir. Gente sometida a mucha presión o que no tiene tiempo y actúa apresurada o que no tiene acceso a información relevante, toma malas decisiones. Sin embargo, la falta de claridad es una consecuencia; lo interesante es llegar a la raíz. ¿Qué nos lleva a tomar malas decisiones?

Esta misma pregunta se la plantearon Jack Zenger y Joseph Folkman, consultores en liderazgo. Realizaron un estudio en el cual entrevistaron a más de 50,000 líderes y compararon las formas de actuar de aquellos que estadísticamente tomaban buenas decisiones con aquellos que no lo hacían. Lo curioso es que llegaron a la misma conclusión a la que llegaron nuestras abuelitas hace años: “En la vida no hay malos motivos, hay malas costumbres.” Y ellos conducen a motivos mal empleados a la hora de decidir.

Zenger y Folkman detectaron que el origen de las malas decisiones se encuentra, en gran medida, en las malas costumbres de la gente que las toma, y descubrieron que hay nueve malos hábitos que engendran malas decisiones.

En primera instancia se encuentra la flojera, entendida como el mal hábito de no corroborar la información recibida, no verificar los datos sobre los que se sustentan ciertas hipótesis o que se niegan a recolectar mayores evidencias para sustentar una decisión. Este tipo de flojera inhibe la iniciativa y bloquea la posibilidad de encontrar soluciones. Los líderes que se apegan a las mismas formas de hacer las cosas sin abrir la mente a nuevas posibilidades, que esperan que los resultados lleguen de forma repetitiva están limitando su visión y aumentado el riesgo de tomar una mala decisión. Un líder debe ser abierto.

El segundo lugar en el ranking de los malos hábitos se la lleva la falta de previsión, es decir, la incapacidad de anticipar eventos, sean positivos o negativos. Si el que toma las decisiones no logra anticiparse a las circunstancias dejará de lado ventanas de oportunidad o caerá en baches que pudieron ser evitados con un buen pronóstico. Un líder debe tener la capacidad de anticiparse.

La tercera posición en la escala de malos hábitos para decidir es la vacilación. El titubeo permanente inhibe el progreso; llega un momento en el que después del análisis y la evaluación hay que elegir el rumbo. Si el proceso para tomar decisiones toma más tiempo del debido, las oportunidades se desvanecen en el horizonte. Un sobreanálisis lleva a la parálisis. A menudo, la vacilación es peor que tomar una mala decisión. La duda se engendra por un miedo mal conducido, por escenarios mal analizados. Un líder debe alejarse de la indecisión endémica.

Quedarse encerrado en el pasado es el cuarto mal hábito. Hay líderes que toman malas decisiones por la simple razón de estar recurriendo a procesos desactualizados o con información obsoleta. Tener la mirada fija en tiempos anteriores nos lleva a asumir cosas que no se sustentan en la verdad porque ya no son vigentes. Un líder debe estar actualizado.

El quinto lugar lo ocupan los hábitos que no se apegan a un lineamento estratégico. Las malas decisiones frecuentemente son aquellas que se toman sin tener en cuenta el panorama completo del problema. Sin la claridad que conlleva tener una planeación estratégica adecuada, es decir, sin tener en cuenta el rumbo para conseguir las metas, la toma de decisiones se convierte en el juego de pegarle a la piñata con los ojos vendados. Es difícil acertar y el riesgo aumenta. Un líder debe ser un estratega.

La dependencia exacerbada se lleva la sexta posición. Cuando un líder tiene que esperar la decisión de otro, quien a su vez está haciendo tiempo para que llegue la decisión de otra persona, o cuando un ejecutivo está permanentemente a la espera de sustento externo o aprobación general de sus ideas, está evitando su responsabilidad y eso engendra malas decisiones. Un líder debe tener claridad y oportunidad de decisión.

El aislamiento es la posición número siete en la lista de malos hábitos. Algunos líderes son estupendos técnicos pero carecen de habilidades de negociación o incluso de las más elementales destrezas sociales, y prefieren construirse una barrera de protección para no hacer evidente sus carencias. Hay dos tipos de aislamiento: el social, ya descrito, y el de la soberbia, esa soledad que se crea a partir de asumir que siempre se tiene la razón y de la imposibilidad de escuchar a los demás. Por desgracia, ambos tipos llevan a tomar malas decisiones. Un líder debe integrar equipos de trabajo.

Otro mal hábito es la falta de actualización de los líderes. No hay persona, por brillante que sea, que no necesite actualización. Ésta conlleva a la profundidad técnica con la que debe afrontarse el reto de la toma de decisiones y al entendimiento de las consecuencias implícitas. Un líder debe estar al día.

Por último, la falta de comunicación es otro mal hábito que lleva a la mala toma de decisiones. Un líder tiene que comunicar el qué, cómo, dónde y con cuánto pretende llevar a cabo sus proyectos. Asumir que la gente es capaz de leerle la mente y entender a la perfección lo que se requiere de ella es un punto germinal de malas decisiones. Un líder debe comunicar efectivamente.

En conclusión, dilatar más tiempo del necesario, esperar demasiado a que llegue retroalimentación, fallar al dar instrucciones, el mal entendimiento de ciertas situaciones, la mirada en el pasado, la falta de actualización, la flojera, no contar con información adecuada y el cultivo de malos hábitos lleva a gente talentosa a tomar malas decisiones. Es cierto, el camino para la adecuada toma de decisiones es muy estrecho y está lleno de curvas; los malos hábitos son esas piedras que nos impiden conducir adecuadamente y llegar a la meta. Los hábitos son la clave para la toma de decisiones. Los buenos requieren de disciplina, del acompañamiento del equipo de trabajo y del reforzamiento colectivo para potenciarlos. Al retirar las ocasiones que nos llevan al rumbo de los malos hábitos empezamos a cultivar buenas decisiones.

 

 

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Blog: Las ventanas de Cecilia Durán Mena

 

 

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