Es innegable que sin la existencia de Estados democráticos el desarrollo económico y social en general no habría llegado a los niveles de participación que se han alcanzado hoy en día.

Y son los Estados democráticos los que han dado pie a la conformación de condiciones de bienestar y desarrollo social que ha llegado incluso, al mundo del trabajo, reconociendo una serie de derechos, condiciones y obligaciones laborales que requieren evolucionar y transformarse conforme se transforman y evolucionan todos los espacios de participación social.

Durante la segunda mitad del siglo XX resurge con fuerza el concepto de empresa, libre mercado y la capacidad de la iniciativa privada para la innovación y el desarrollo, para detonar un auge económico, comercial y tecnológico que logró contrarrestar la recesión de la posguerra.  Sin la empresa es imposible comprender y explicar el desarrollo logrado, la vida real contemporánea en sus aspectos comerciales, sociales, económicos, tecnológicos e incluso la identidad social actual. En este sentido, la postmodernidad no es sólo el resultado de las nuevas ideologías sino también de la nueva configuración postindustrial en nuestras sociedades en las que la empresa moderna es dinamismo, variabilidad y capacidad de cambio. La empresa flexible se ha convertido en aspiración e ideal.

 La flexibilidad capacita a la empresa para responder a los vaivenes permanentes del mercado, en el desarrollo de nuevos productos y servicios, en la respuesta a nuevas tecnologías y al desarrollo de competencias. Pero esa misma flexibilidad de la empresa como organización ha conducido inevitablemente al “trabajo flexible”, que conlleva inevitablemente la inseguridad y la incertidumbre del mismo mercado, del trabajo y del trabajador. La misma empresa flexible acaba produciendo ella misma las turbulencias a las que debería responder. La empresa como tal se convierte en factor de riesgo para el mercado, para la economía, y lo que es más importante, para el mismo trabajador, si no desarrolla los entornos organizacionales favorables para la prevención de los factores de riesgo intrínsecos y extrínsecos a la empresa y al trabajador mismo.

Desde la Revolución Industrial hasta el día de hoy, la empresa moderna ha recorrido un largo camino en el que, desde el punto de vista organizacional más positivo, las organizaciones no sólo han descubierto el valor de los trabajadores como recursos humanos y el valor de la experiencia adquirida, sino que se ha desarrollado un nuevo paradigma que busca revalorar el sentido más humano del trabajo. 

El descubrimiento organizacional más profundo consiste en que los colaboradores son personas activas, agentes de cambio y responsables de su propio comportamiento y es tarea fundamental tanto de la organización, como del Estado, procurar la prevención de todos aquellos entornos que mermen el bienestar individual y colectivo.

 

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La autora es Licenciada en Relaciones Internacionales por el Tec de Monterrey Campus Estado de México, con Mención Honorífica (1998), Maestra en Diplomacia con especialidad en Terrorismo por la Universidad de Norwich (2010) donde también realizó estudios de Doctorado en Relaciones Internacionales.

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

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