¿Con qué criterio se cubre mediáticamente la actividad de un ex presidente: por el valor y oportunidad de la información, o por el escepticismo cargado de nostalgia por las reglas del antiguo régimen?

 

 

 

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“En el avión que en estos momentos sobrevuela Palacio Nacional, va el General Calles con rumbo al exilio”, cuentan que dijo el Presidente Lázaro Cárdenas, al azorado gabinete que se había reunido aquella medianoche en la que se escribió la primera y más importante regla del sistema político mexicano: el monarca dura seis años y ni uno más.

Carlos Fuentes escribió que la bendición de ser Presidente de México sólo era equiparable a la maldición de ser ex Presidente de México. Así de inflexible y claro era el canon. Ex presidentes mudos, muertos o exiliados. Ni una sombra al Tlatoani en turno.

 

“La forma es fondo”

Las cosas en nuestra democracia han cambiado bastante en las últimas dos décadas, no así nuestra forma de interpretarlas. Me explico: el complejo sistema de reglas y símbolos del nacionalismo revolucionario –ese idioma aparte, catálogo de jeroglíficos- está en los hechos menos vigente que la costumbre de los medios de comunicación a interpretarlos. La prensa publica nuevos tiempos con viejos filtros y obsesión por la forma.

En las últimas semanas hemos visto más notas de Carlos Salinas, Ernesto Zedillo, Vicente Fox y Felipe Calderón, que del propio presidente Peña Nieto. Cada ex presidente con su agenda: Salinas con esa incansable necesidad de interpelar el juicio que la historia hizo de su gobierno, Zedillo agazapado entre un interés corporativo y otro, Fox y su habilidad nata de dar nota aunque sea a costa de sí mismo, y Calderón que es demasiado joven y terco, como para dejar la política. No hubo en ninguno una revelación importante o declaración de verdadera trascendencia. La relevancia que los medios asignaron a sus palabras y acciones atiende al morbo añejo de escuchar a un ex presidente mexicano; el mayor sacrilegio en la doctrina que por décadas fue sinónimo de “hacer política” en este país.

La reacción de la prensa -particularmente de la comentocracia, diría Jorge Castañeda- fue prácticamente unánime: ¡que se callen, que se vayan, que se escondan! Es natural: una de las tantas victorias culturales del PRI estriba en haber enseñado a la prensa a descifrar sus jeroglíficos; transformara los medios en guardianes del dialecto político en el que la clase política -se- comunicaba.

 

El que se mueve… ¡sí sale en la foto!

Lo cierto es que estamos viviendo la evolución de esos códigos en un parpadeo de la historia. De la huelga de hambre de Carlos Salinas, al abierto activismo de Fox, pasando por el funeral de Estado para Miguel De la Madrid -sutil esfuerzo de Felipe Calderón de romper con la maldición de todo ex presidente- y la inauguración de centros y fundaciones, el ostracismo está quedando atrás como sentencia inherente a la silla del águila.

Por eso valdría la pena debatir con qué criterio se cubre mediáticamente la actividad de un ex presidente: por el valor y oportunidad de la información, o por el escepticismo cargado de nostalgia por las reglas del antiguo régimen. ¿Seguirán siendo nota los ex presidentes esas reglas prescriben?, ¿pasarán de la portada a interiores?, eso literalmente está por verse.

Enrique Peña Nieto será un ex presidente muy joven. Tendrá la misma edad que Calderón al ordenar la mudanza de Los Pinos. Más importante aún, será en 2018 el primer ex presidente del PRI tras el proceso de alternancia democrática. Le ha tocado gobernar un país nuevo con viejas formas que -como hemos visto en este febrero de ex presidentes- no son monopolio de los políticos.

 

 

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