Nuevamente, un caso de corrupción acapara el centro del debate político y se convierte en un nuevo episodio de la larga historia del ecosistema y el estigma imperantes que caracteriza tanto a la clase política como a los gobiernos en México.

Cuando se ocupa un cargo público, las excusas y pretextos no caben. La lógica democrática exige que quienes detentan una responsabilidad prioritaria para la sociedad; son representantes de la voluntad popular, desempeñan una función republicana o ejercen la autoridad del estado deben observar una conducta integra, eficiente, imparcial y moralmente solvente.

Sin duda, el servicio público es altamente demandante, requiere de un esfuerzo permanente para resistirse a la tentación cotidiana; no es fácil conciliar, dar resultados y rendir buenas cuentas a una sociedad crítica que perdió la fe en las leyes, las instituciones y todo lo que represente al gobierno.

Ese hartazgo, el cinismo y la impunidad acumulados son el motor de una inconformidad que demanda el ejercicio de la justicia y -hasta cierto punto- de un ajuste de cuentas, un desglose de los agravios y el pago de los excesos, la francachela y la soberbia de los corrompidos.

La lista de las formas de corrupción es interminable. Cabe, en efecto, la denominación de delincuencia organizada para los corruptos; se trata de verdaderos especialistas que actúan de forma concertada, arman estructuras y utilizan todo tipo de recurso para evadir la ley y enriquecerse a costa del erario.

Hasta hace unos días, parecía que -como de costumbre- un escándalo de corrupción se iba a mantener como un mero asunto mediático y que los señalados se mantendrían impunes, protegidos y el caso pasaría a una bodega donde se enfriaría y olvidaría.

La vuelta a escena de la “Estafa Maestra” y la reclusión de su protagonista central hicieron recordar episodios como el quinazo, el diazserranazo o el elbazo de sexenios anteriores (para los que están muy chavos pueden buscar esos casos en Internet si no tienen algo más que hacer).

Aunque ya hemos visto la película, esta vez, la tragicomedia incluye elementos de venganzas personales, resentimientos y pagos de deudas electorales, además de un tórrido romance. Fuera de esos elementos que sin duda son persuasivos y agregan seguidores en redes sociales, lo importante es que se llegue al fondo de las investigaciones y que terminen en la cárcel cada uno de los responsables. La lista debe ser muy larga.

Del trabajo periodístico que desenmascaró el caso se desprende que se tejió una red muy amplia de complicidades para operar la estafa, cubrir huellas, triangular recursos, ocultar información, falsificar documentos y que no solamente gente del gobierno sino de empresas, bancos y diversas instituciones pudo -en mayor o menor grado- haber participado.

En casos como estos no existe el papel de víctima ni de chivo expiatorio, mucho menos el uso del género como suavizador del agravio. En la función pública, recibes un sueldo por saber, por ser capaz y por cumplir tus funciones, si no sabes, no puedes o no cumples entonces o eres parte del problema o eres… (simplemente, no la haces).

De lado de los presuntos responsables queda la tarea de probar su inocencia, de parte de los acusadores el ejercer la autoridad y las leyes con transparencia, intachable desempeño, imparcialidad y con mucha eficacia.

Cada uno buscará influir en la opinión pública, abrirá debates, pedirá a expertos consulta y gastará recursos para ganar la simpatía de las audiencias, convencer y denostar a su contraparte.

Que nadie se asuste, así es el juego de la política, las revanchas son normales, típicas de lo que siembras; es una rueda que sube y baja, oscila y se acelera en ocasiones. La imprudencia, la falta de tacto, la mezcla de sentimientos personales, el eslabón más débil, los delatores y la soberbia se revierten, te hacen pagar en el momento que menos te imaginas.

En política -como todo en la vida-, todas las amistades, los favores, las concesiones, los honores, los privilegios y las luces pueden desvanecerse en un segundo y ser sustituidos por la negación, el olvido, el rechazo, la soledad y la sombra.

El gobierno no debe olvidar que siguen abiertos otros casos, la expectativa es que se irá al fondo en cada uno de ellos y que habrá contundencia y mano firme en una cruzada que fue parte central de las promesas electorales. Bien se puede empezar por llamar a cuentas a las empresas que siguen obteniendo contratos del gobierno mientras mantienen expedientes de investigación y severos señalamientos de corrupción pendientes.

Una acción de esta naturaleza siempre acota a los adversarios, pone a temblar a quienes tienen cola que les pisen; suaviza las críticas y mediáticamente es muy rentable.

Ojalá que no se pierdan las pruebas ni los expedientes; que no se incendie casualmente algún edificio o bodega; que algún testigo se desdiga; una falla garrafal de procedimiento; que no aparezca una herencia olvidada o billete de lotería premiado, alguna cosa así pondría en entredicho muy grave (otra vez) a todo el sistema anticorrupción.

 

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