Avanzar en pendientes no es la única tarea a la que los emprendedores deben dar prioridad. Tomar tiempo para analizar y diseñar estrategias puede marcar la diferencia en los resultados de las empresas.

 

 

Platicando con emprendedores, no puede uno más que aplaudir la excitación que transmiten cuando hablan de sus ideas y proyectos de negocio. La verdad es un estado de ánimo que se antoja. Sin embargo, conforme los proyectos emprendedores caen en la dinámica de la creación y desarrollo de la nueva empresa, muchas veces se pierde esa excitación y se les ve, incluso, desanimados.

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Este proceso es natural, la generación de un proyecto empresarial nuevo también está estructurada y las actividades diarias relativas a la implementación se convierten en la “rutina” del emprendedor.

Cuando hablamos de emprendimiento, constantemente subrayamos que una de las características más importantes del emprendedor es su capacidad de ser flexible, adaptable a los cambios del ambiente en donde desarrollará su nuevo negocio. Sin embargo, durante el proceso de generación e implementación de una nueva idea de negocio (corto o largo, dependiendo de la dedicación y actividades del emprendedor) al desarrollar el proyecto puede sentir que mientras hay días en los que se “hacen muchas cosas”, hay muchos más días en los que su actividad se limitará a idear, iterar, diseñar, etc., frente a una hoja de papel, un pizarrón o su computadora. Es decir: pasa horas PENSANDO.

Esta actividad es parte fundamental del emprendimiento, pero no siempre se aprecia en su justo valor.  Pensar le da al emprendedor estructura, le proporciona la habilidad de construir y evaluar escenarios y de adecuar su idea original a los requerimientos y exigencias de un mercado en constante evolución (no es extraño que el emprendedor empiece con una idea de negocio, y tras iterar la misma y evolucionarla y consolidarla a través de un proceso racional, termine con un negocio diferente al que originalmente ideó).

En la reflexión constante se encuentra uno de los grandes valores ocultos del emprendimiento. La capacidad de generar valor a través del análisis y razonamiento es una característica del hombre moderno. Hasta hace unos años, pensar siquiera en que alguien pudiera trabajar sin utilizar las manos era inconcebible. El emprendedor, como todo creador, es fundamentalmente un pensador. Lo comprobamos en los emprendedores llamados “seriales”: siempre tienen la mente en el siguiente negocio, en la siguiente empresa. Ese proceso de creación merece tanto respeto como cualquier trabajo manual.

Este proceso implica que, por lo menos durante el proceso de incubación de la nueva empresa, el emprendedor se convierte en, de acuerdo a las propuestas de Peter Drucker, un “trabajador del conocimiento” modificado: aquella persona que piensa para que le paguen o, en el caso del emprendedor, aquel que piensa para generar valor.

Cabe destacar que una de las ventajas de acercarse a un proceso formal de Incubación empresarial es precisamente la oportunidad de realizar un ejercicio metodológico y ordenado de pensamiento sobre el nuevo negocio.

Si ha decidido emprender y se siente agobiado por las largas horas frente a una hoja de cálculo, o preparando una presentación, o pensando cómo hará funcionar su modelo de negocio, considere: cada hora invertida en pensar, resultará en un mejor proyecto de emprendimiento, una mejor estrategia de implementación del mismo y, eventualmente, en un mejor negocio. Así que, aunque duela la cabeza, generemos valor utilizándola.

 

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